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Volver a los 19...

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CAMILA_ALDABALDE

El griterío de las redes sociales y los aspavientos de la contemporaneidad nos hacen pensar que las cosas siempre fueron como lo son hoy. Nos resulta prácticamente imposible mirar la historia desprendidos de nuestras batallas diarias y siendo así, podemos llegar a encontrarnos con una serie de Netflix sobre la vida de Simón Bolívar, que destaca su firme postura feminista.

Esta dislexia temporal está particularmente arraigada en nuestras discusiones sobre filosofía política y economía. La ausencia o presencia del Estado en la vida de los seres humanos se presume como el eje de discusión que hemos heredado desde que el homo sapiens se despegó de las demás especies.

Pero esto no es así. Mucho menos para los uruguayos, que redactaron su primera constitución inspirados en la que - varias décadas antes - se había promulgado en Estados Unidos y cuyas tres primeras palabras la definían en su totalidad: “We, the people”.

Cuando escuchamos decir que “aquí es imprescindible la presencia del Estado”, estamos asistiendo a un supuesto tácito de que nada importante habría sucedido sin el activismo legislativo o la decisión de un organismo público.

Los más veteranos, que cuando niños viajamos en tren, no vivimos esa linda experiencia como fruto de la creación de AFE, en realidad dejamos de tenerla por su existencia. Fueron unos señores ingleses los que pusieron el dinero de cada metro de vía y fue el Uruguay de Maracaná el que decidió que allí faltaba Estado.

El gozo que genera ingresar al teatro Solís no fue el fruto de la preocupación del Ministerio de Educación y Cultura ni una iniciativa de la Intendencia Municipal de Montevideo. Fue la expresión del libre espíritu empresarial de una decena de empresarios montevideanos para una ciudad que apenas tenía 45 mil habitantes en 1840 pero que consideraba imprescindible “un teatro que esté en armonía con la prosperidad y la riqueza de la República”.

Otro tanto podríamos decir de la energía eléctrica, del agua corriente o las comunicaciones. Todos aportes de empresarios que buscaron el lucro satisfaciendo las necesidades de sus conciudadanos y mejorando sus vidas.

Que cachetazo, que mentís, para los que sostienen que, sin la existencia de un monopolio estatal, ninguna actividad que no deje ganancias se llevaría a cabo, condenando a la orfandad a los más necesitados. Pero claro, salvo para Ramón Díaz en su “Historia Económica del Uruguay”, ese país no existe, no funciona, y no es posible.

La vida a nivel mundial, sin embargo, es una sucesión de avances hacia el capitalismo y es por eso que aún en Uruguay y a regañadientes, se han formado algunas aldeas a las que el Estado le está parcialmente vedado ingresar.

Las zonas francas son hoy el 27% del sector industrial y concentra la mayoría de la exportación de bienes y servicios ya que los que han quedado fuera de esta Galia de Asterix y su resistencia, han evolucionado de fabricantes de bienes a importadores de bienes provenientes de esos otros países que padecen el capitalismo salvaje.

Pero para cerrar con una cuota de optimismo, el país viaja - a una velocidad uruguaya - desde aquellos aciagos días de la “Suiza de América” hacia algo que funciona y tanto funciona, que, si seguimos por ese camino, en algunas décadas, llegaremos al siglo XIX.

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