Opinión

Lo nuestro vale

Los granos ya no están solos: los precios internacionales de los lácteos, la celulosa y la carne se afirman, componiendo un buen escenario para los agronegocios. Los costos suben también, y no siempre en forma justificada. Las nuevas tecnologías (en especial en carnes) podrían “mover el piso”, pero hay fundamentos para estar bien parados.

Nicolás Lussich /Ing. Agrónomo MBA / Periodista

En los últimos días se registraron nuevas e importantes subas en diversos precios de productos de origen agropecuario en el mercado internacional. Siguiendo la tendencia que marcaron inicialmente los granos, el precio internacional de los lácteos está en una clara trayectoria de afirmación, con el precio de la leche en polvo marcando nuevos máximos en casi siete años, según los datos del mercado en Nueva Zelanda. Con matices, lo mismo se da en otros productos lácteos.

Asimismo, el precio internacional de la celulosa -que estuvo en mínimos históricos el año pasado y parte del anterior- está mostrando una fuerte remontada. La referencia para la tonelada de pulpa de fibra corta -como la de eucaliptus que produce Uruguay- se está acercando a los 600 dólares en China, luego de haber caído a menos de 400 U$S/ton. También se recupera el precio Internacional de la lana, esperanzadora noticia para un producto que estuvo entre los más castigados por la pandemia.

Los valores de las carnes en general, también se afirman. Tanto la carne como la leche en el mundo se producen mayoritariamente en base a granos, por lo que el aumento en el precio de éstos, hace subir a aquellas.

¿Cuáles son los fundamentos de estas subas? Si se busca una respuesta sencilla, aquí va: China. El gigante asiático sigue haciendo historia, configurándose como la gran locomotora económica mundial, al sortear la pandemia mucho mejor de lo que lo han hecho los países desarrollados de Occidente. Esto se suma -diría que multiplica- a las virtudes previas del crecimiento chino, conducido con mano firme por el régimen comunista, en esa singular combinación con fundamentos de economía de mercado.

No hay riesgo de exagerar con China. Su éxito económico, a diferencia de otros casos destacados en la historia, tiene el agregado de su magnitud abrumadora: millones de personas aumentan su consumo cada año, salen de la pobreza y mejoran su calidad de vida, se urbanizan y se enriquecen, proceso que no tiene antecedentes en la historia humana.

También es cierto que este ciclo de altos precios internacionales que se inició en los últimos meses, es consecuencia -además- de la debilidad del dólar: la decisión de la Reserva Federal de los Estados Unidos (su Banco Central), de pautar una política monetaria fuertemente expansiva y por varios años, para salir de la recesión, ha reducido notoriamente la tasa de interés y el dólar se devalúa, lo que lleva a los precios internacionales medidos en dólares a subir. Pero la debilidad del dólar también puede verse como un síntoma – tal vez aún no definitivo- de un nuevo equilibrio de poder mundial.

Alimentos y economía. Asistimos así a un nuevo ciclo de altos precios internacionales de los alimentos, una muy buena noticia para Uruguay, productor y exportador neto de estos productos. Estamos lejos de pretender que los agronegocios sean el centro de todo: Uruguay deberá recuperar y relanzar su sector turístico (que tiene interesantes interacciones con los alimentos, dicho sea de paso) y seguir avanzando en la incorporación y el crecimiento de las nuevas tecnologías de la información, así como en el desarrollo científico general. Pero es claro que el agro tendrá un escenario particularmente auspicioso este año.

Para aprovecharlo, el país tiene que reafirmarse en algunos principios clave de política agropecuaria que fueron respetados por todos los gobiernos recientes, de cualquier signo. Tal vez lo más importante es entender al agro como un sector abierto al libre mercado -tanto fuera como dentro de fronteras- y, por lo tanto, con márgenes acotados por esa propia dinámica de permanente competencia. Así, con el aumento en los precios llegan también aumentos en los costos. Algunos están lógicamente justificados: fertilizantes, agroquímicos y otros insumos tendrán mayor demanda por la mejora en los precios de los productos; pero otros aumentos no parecen tener explicación tan clara.

Por ejemplo, esta semana los transportistas de carga definieron una tarifa en los fletes para la próxima cosecha de verano que está 10% por arriba de la del año pasado, en dólares. Esto cuando el gasoil no se movió y los aumentos salariales son modestos. Difícil de entender, salvo que los camioneros busquen aprovechar la circunstancia del aumento de los precios de los granos para actualizar tarifas que consideran retrasadas y no reflejan los costos reales; de ser así, es entendible, pero hay que apuntar más a acuerdos que incorporen productividad y la ganancia sea por más producción y más fletes, como se ha hecho en el transporte forestal.

Lamentablemente, además, la discusión se abre cuando falta muy poco para la cosecha. Bien le vendría al Uruguay introducir legislación que proteja a las producciones zafrales de presiones oportunistas. Esto no quita que hay que mejorar las condiciones del transporte, en especial combatir más la informalidad, que compite deslealmente con los transportistas que cumplen sus obligaciones. El Uruguay está precisando recomponer el empleo y llevarlo a un mínimo de 1.600.000 puestos de trabajo (gráfica). El agro lo genera en el campo y en las rutas, pero tiene que ser en regla. El Sistrac -que tenía entre otros el objetivo de controlar la informalidad- quedó empantanado, pero habría que retomar la iniciativa. También es preciso mejorar la logística, para que los camiones no terminen siendo usados como depósitos por 2 o 3 días, mientras esperan descargar.

Todo esto no quita que el escenario de los agronegocios sea auspicioso, sí efectivamente la rentabilidad del sector mejora y la producción aumenta. Es -en definitiva- lo que la señal del aumento de precios pide: más producción ante la mayor demanda. Esto es clave -además-, para mitigar el impacto en el precio de los alimentos a los consumidores locales, que la suba en los precios internacionales seguramente traerá. Otra vez, es importante evitar el escenario argentino, con crispadas discusiones, desconfianza y escasez. El precio de los alimentos a nivel local podría subir, pero no en la dimensión de los mercados externos, pues el precio también depende del poder adquisitivo, que está resentido por la pandemia; en cualquier caso, si al país comienza a irle mejor, seguramente el tipo de cambio baje, moderando -en el plano local- la suba externa en dólares; lo clave es que haya buena oferta, y que la alimentación esté garantizada. Este escenario virtuoso ya lo tuvimos entre 2010 y 2014.

Puentes con Gates. Dejar libre la dinámica de los agronegocios y -si es posible- apoyarlos con más inversiones en logística e infraestructura, es clave también porque el futuro no está garantizado y la producción de alimentos enfrenta desafíos profundos, que los productores deberán encarar.

En los países ricos, la producción ganadera de carne sufre el cuestionamiento de importantes referentes y líderes de opinión, como Bill Gates (fundador de Microsoft), por su impacto en el cambio climático (básicamente, por la emisión de metano por la fermentación ruminal). Proponen como alternativa carnes sintéticas o de laboratorio.

Se omite olímpicamente que ese metano deriva del ciclo natural del carbono, que las pasturas toman de la atmósfera con la fotosíntesis. Si hay demasiadas vacas eructando, es discutible, pero no se puede poner esto en la misma categoría que la emisión de CO2 por la combustión de fósiles como petróleo o carbón.

Lo interesante es que el Uruguay puede diferenciarse de las producciones más intensivas (y con mayores emisiones) por su condición de productor de carne y leche en base a pasto. Los cuestionamientos pueden abrir oportunidades, si sabemos responder con fundamento. Esta semana, ante los planteos de Gates, el presidente del INAC -que tiene un rol clave en este asunto- respondió con firmeza y apertura, invitando al estadounidense a que conozca al Uruguay y su producción ganadera.

En cualquier caso, cuando se observa la tendencia de demanda de China, a la que se suman otros países con grandes poblaciones del Asia, todo indica que se precisará todo tipo de carne para abastecerla.