El Producto Interno Bruto (PIB) de la economía uruguaya cayó 0,8% respecto al trimestre anterior (cifra desestacionalizada) y un 0,5% interanual, cerrando el primer semestre con un aumento de apenas 0,3% respecto a igual período del año pasado.
El principal impacto negativo fue la sequía que afectó al agro, sector que cayó 22% interanual en el segundo trimestre, algo previsible por las caídas en las cosechas de soja y maíz (50% y 25% respectivamente). Dejando de lado el agro, la economía creció 1,3% interanual en el primer semestre, un dato mejor pero -de todas maneras- modesto: Uruguay precisa crecer más.
Además, la sequía ya no es un fenómeno tan excepcional. Recorriendo la evolución del rendimiento en el cultivo de soja en los últimos años, cada cuatro o cinco años hay una caída abrupta por falta de lluvias. Es parte recurrente de la realidad y hay que tenerlo en cuenta.
Aún con este panorama, el Ministerio de Economía mantiene una proyección de crecimiento para todo el año del 1,6%, algo que parece difícil de alcanzar. Es cierto que -según el informe sobre el PIB, elaborado por el Banco Central- hay algunos puntos alentadores en la actividad: se han acumulado inversiones en la industria forestal (Lumin, Urufor, Braspine), también inversiones en líneas de transmisión eléctrica y la construcción del Datacenter de Google, que han impulsado la inversión, que venía retrocediendo.
A su vez, el consumo de los hogares tuvo un impulso por el doble efecto de ingresos reales mayores y una oferta de productos importados a menor precio, lo que elevó las ventas en áreas diversas, como vestimenta y vehículos. En este último caso, además, con el impulso de la modalidad eléctrica, que merece un análisis particular.
Pero aún así, no se vislumbra un segundo semestre, que permita compensar el tropezón del primero. Entre otras cosas, porque es altamente probable que El Niño complique a la producción en alguna medida, aunque es difícil cuantificar esto con exactitud. De darse lluvias por encima de lo normal, puede complicar la producción de cereales de invierno; si esto se evita -ojalá- las lluvias pueden dar un impulso a las producciones agrícolas de cultivos de verano y a la propia ganadería.
Por otra parte, el escenario externo, en lugar de mejorar ha empeorado. El precio internacional del petróleo volvió a operar arriba de los 100 U$S/barril, mala noticia para un país como Uruguay, neto importador. La política de energías renovables de las últimas décadas no solo ha hecho a Uruguay más sostenible sino también más resiliente ante los shock petroleros, un notable acierto de política de Estado. Pero esto no quiere decir que se pueda evitar totalmente el impacto. A su vez, la tasa de interés internacional sube -la
Reserva Federal la elevó por primera vez en 3 años, esta semana- y eso encarece el endeudamiento que tiene que ir sumando el Estado, para cubrir el déficit y renovar la deuda. Aquí también hay una política de Estado para una buena gestión de la deuda pública, pero falta un consenso para reducir el déficit, que se mantiene por arriba de 4% del PIB anual.
Por todo esto, parece difícil que en el segundo semestre la economía crezca cerca de 3% interanual, que es lo que se precisaría para cumplir la meta oficial de crecimiento.
En cualquier caso, mejorar la trayectoria fiscal es hoy tanto o más importante que aumentar unas décimas la tasa de crecimiento. Porque el crecimiento puede variar por cuestiones coyunturales, pero la evolución del PIB es más una consecuencia que una causa de las capacidades de la economía.
Lo propio y lo ajeno
Sobre la peripecia de Trump en Medio Oriente y el aumento de la tasa de interés en EEUU, poco puede hacer Uruguay. Sí puede actuar sobre lo propio, pero para eso hay que desatar algunos nudos complicados. Lo de la terminal de contenedores del Puerto sigue siendo un problema serio, más allá de que se están cumpliendo los servicios mínimos establecidos por el gobierno. La pérdida de actividad comercial y -sobre todo- la incertidumbre y erosión de confiabilidad que trae aparejadas el conflicto (ya hoy claramente irracional), recaen en la producción, por la afectación de exportaciones e importaciones, incluyendo a los agronegocios.
Aún con esta y otras dificultades, en el campo hay una dinámica virtuosa de mayor productividad presente y futura. Los rendimientos de los cultivos no han hecho otra cosa que subir, a pesar de los bamboleos climáticos, y ahora -para continuar ese camino- se plantea promover el riego desde una política de Estado, tal como fue presentada esta semana en la Expo Prado. Allí, el Ing. Tabaré Aguerre -ex titular del MGAP y actual coordinador de la Comisión Interministerial para el Riego- anunció medidas que eran reclamadas por los regadores. Entre ellas, el aumento de la potencia mínima para considerar un proyecto como Gran Consumidor (de 250 a 800 kWh), lo que evita a muchos proyectos de riego caer en costos fijos elevados; también descuentos de 15% por zafralidad y uso de energía en el llano.
Y en la ganadería, los datos del stock vacuno confirman que sigue el avance de un rodeo cada vez más criador y productivo, con un nuevo aumento de los terneros destetados, que llegan a un nuevo récord (gráfica), y una suba en el rodeo de vacas, la base de la producción.
En este contexto, mientras persiste la discusión sobre competitividad y la presión que ejercen los costos internos respecto a los precios internacionales (la distancia entre precios, no transables y transables que hemos comentado recientemente), la gremiales reclaman ahora con mayor énfasis que mejoren las condiciones de crédito.
Es un tema clave: el crédito en el sector ha crecido fuerte en varios rubros y es clave mantener los costos financieros bajos, más ahora con el impacto del aumento en la tasa internacional. El sector arrocero es un caso particular y su situación amerita medidas
especiales. Se está articulando una herramienta para financiar la próxima zafra y sostener la producción; habrá garantías del SIGA (Sistema Nacional de Garantías), de la industria molinera y un fondo del propio sector. Se prevén créditos voluntarios de hasta diez años y por un máximo de 500 U$S/ha. Se estima que podrá movilizar unos U$S 50 millones y alcanzar a cerca de 400 productores.
En otros rubros, como la ganadería, los créditos vigentes con el sistema bancario han subido 13% en el último año (alcanzan U$S 1.360 millones), menos de lo que han subido los precios, aunque las tendencias de mercado pueden variar. La tasa de interés promedio en dólares para el sector está en 5,5%, con cierta suba en los últimos meses, pero en nivel similar que hace un año. Con la cautela del caso, el crédito es hoy más un apoyo que una preocupación.