Hay historias que se explican mejor contando generaciones que enumerando premios. La de Juan José Martínez Ortiz y la raza Romney Marsh empezó mucho antes de que él pudiera imaginarse entrando a una pista junto a su hijo y su nieto. Empezó cuando era niño, en la década de 1950, siguiendo los pasos de su padre entre campos bajos y ovejas.
Más de 70 años después, aquella elección familiar sigue dando frutos. En 2026, tres generaciones compartieron una experiencia difícil de olvidar: Juan José Martínez Ortiz, su hijo Juan José Martínez Ubilla y su nieto Juan Pablo Collazo Martínez fueron jurados de la raza Romney Marsh en la 49ª Expointer, en Esteio, Brasil. Semanas después volvieron a encontrarse los tres alrededor de una pista. Pero esta vez fue en casa y del otro lado: como expositores en la Expo Prado. Allí, cabaña El Estribo se quedó con los dos grandes campeonatos de Pedigree de la raza, en machos y hembras.
Dos momentos muy distintos unidos por una misma historia. Para entender cómo llegaron hasta allí hay que volver al principio. “El que inició todo fue mi padre”, recordó Martínez Ortiz. En la década del 50, cuando su padre comenzó a trabajar el campo, eligió hacerlo con ovejas Romney Marsh. No fue una decisión casual: tenían campos bajos y encontraron en la raza las condiciones necesarias para producir en ese ambiente.
Juan José era apenas un niño, pero fue creciendo entre aquellas ovejas. Aprendió a conocerlas, trabajarlas y, fundamentalmente, quererlas. La majada se mantuvo hasta 1979, cuando falleció su padre. Durante un tiempo la familia continuó con ella, aunque posteriormente terminó liquidándola.
La Romney, sin embargo, nunca se fue del todo. Durante las décadas de 1980 y 1990, Martínez Ortiz trabajó en Casarone, una importante firma arrocera, también sobre campos bajos y con majadas Romney. “Estaba en mi salsa”, recordó. Aunque ya no se trataba de animales propios, siguió vinculado a una raza que conocía desde niño.
El regreso a una majada propia llegó años después y casi por casualidad.
Juan José administraba el establecimiento de una señora mayor. Era un año particularmente lluvioso y la majada que había encontrado al llegar estaba muy deteriorada. Frente a las condiciones del campo, no tuvo demasiadas dudas sobre qué camino tomar.
“Le comenté a mi hijo: ‘Es ideal poner Romney’”, recordó. Pesaban las mismas características que décadas antes habían llevado a su padre a elegirla: rusticidad, adaptación a campos bajos y una particular resistencia a los problemas de patas, además de sus condiciones maternales. Comenzaron entonces un proceso de absorción de aquella majada con Romney Marsh. Con el tiempo lograron ordenar el establecimiento y mejorar su situación. Antes de fallecer, la propietaria quiso agradecerle el trabajo realizado y le permitió elegir algunos animales.
Juan José no dudó: eligió vientres Romney. Fue un regalo, pero también el comienzo de una segunda parte de la historia. “Ahí arrancamos con mi hijo y mi nieto de vuelta. Te hablo del año 2004. Y desde eso vamos, pasito a pasito”, contó.
Tres generaciones en pista
Esta vez, Juan José ya no estaba siguiendo a su padre. Era él quien tenía nuevas generaciones detrás.
La pasión llegó a su hijo, también Juan José, y después a uno de sus nietos, Juan Pablo. En 2026, los tres tuvieron la oportunidad de compartir una experiencia que condensó décadas de trabajo: ingresar juntos como jurados a la pista de Romney Marsh de la 49ª Expointer. “Para mí es un orgullo jurar en Esteio, una de las principales exposiciones, junto a mi hijo y mi nieto”, expresó.
Más que una jura, aquella pista representó una fotografía de la historia familiar: abuelo, hijo y nieto mirando y comparando animales con conocimientos que, de una manera u otra, comenzaron a construirse más de siete décadas atrás.
Y después llegó el Prado. El Estribo lleva apenas cinco o seis participaciones en la principal exposición del país, según recuerda Juan José, pero en ese período ya consiguió hacerse un lugar entre los principales premios de la Romney Marsh. En 2026 dio un paso más. La cabaña obtuvo la Gran Campeona PI y el Gran Campeón PI, completando una jornada especialmente significativa para los Martínez.
La hembra campeona, de 130 kilos y preñada, fue definida por Juan José como una oveja muy correcta, con un importante volumen de carne y, sobre todo, con futuro dentro de la propia cabaña. La intención es que permanezca como madre y, por qué no, pueda dejar algún futuro campeón.
El macho tuvo otro significado especial. Fue el primer Gran Campeón PI obtenido por la familia en el Prado. Se trata de un carnero de seis dientes que ya había competido y ganado en otras exposiciones antes de alcanzar el máximo premio en la Rural.
Juan Pablo fue quien puso en palabras lo que buscan hoy en la selección.
“El carnero es completo, no tiene ningún defecto, es prolijo de cabeza, de pigmentación y todo eso acompañado por una buena res carnicera”, destacó.
Detrás de ese animal también aparece la evolución de la cabaña. Los Martínez vienen incorporando sangres de Ibarburu y Damboriarena con un objetivo definido: producir un Romney más moderno, de mayor tamaño y con más carne, alejándose del animal más bajo que caracterizó a la raza en otros tiempos.
Es, de alguna manera, otra expresión de aquella historia familiar: conservar una tradición no significa quedarse quieto.
“Eso lo mamé de chico”
Cuando se le pregunta a Juan José qué recibió de su padre y qué intenta transmitirles hoy a quienes vienen detrás, no habla primero de selección, conformación o lana. Habla de cariño.
“Me hizo tomar un cariño, yo diría una pasión, por la oveja y por cuidarla”, explicó. “La gente a veces le dispara porque da trabajo, pero te da mucha satisfacción. Es un animal muy noble”.
En la Romney destaca especialmente su condición de madre, su rusticidad y su capacidad productiva. Pero buena parte de ese vínculo no se explica únicamente por características técnicas.
“Eso lo mamé de chico”, dijo.
Y tuvo la suerte, reconoce, de que la historia continuara.
Juan José tuvo cuatro hijos: Juan José, Ana Inés, Macarena y Soledad. Su nieto Juan Pablo, hijo de Ana Inés, fue quien terminó conformando esa tercera generación que hoy trabaja y participa activamente junto a él.
Pero Juan José tiene una regla clara para asegurar la continuidad: la pasión no se impone. A los más chicos, sostuvo, hay que acercarlos de a poco al campo, hacerlos participar y permitirles descubrir por sí mismos si aquello realmente les gusta. “No podés imponerles. Tenés que llevarlos de a poco”, afirmó.
Por eso mira con entusiasmo la creciente participación de jóvenes en la actividad agropecuaria y procura que en su propia familia también tengan su espacio. Después de su padre llegó él; después, su hijo y su nieto. Y ahora observa a las más pequeñas de la familia acercarse también a los animales.
“Estamos preparando la quinta generación”, bromeó.
La continuidad no necesariamente tendrá que seguir un camino escrito. Esa es, justamente, una de las enseñanzas que Juan José defiende: mostrar, compartir y dar oportunidades, pero dejar que cada generación encuentre su propia forma de vincularse con el campo.
Él, por lo pronto, no piensa alejarse.
“Tendremos que seguir en la lucha mientras me dé el cuerpo y la energía”, aseguró. Y enseguida reconoció que tampoco sabría hacerlo de otra manera.
“No puedo dejarlo, es más fuerte que yo. Es como un vicio. Cuando paso días encerrado, extraño”. Quizás allí esté la explicación más sencilla de una historia que atravesó más de siete décadas.
La Romney Marsh llegó a los Martínez porque, en los años 50, un productor necesitaba una oveja capaz de adaptarse a sus campos bajos. Después hubo una majada que se terminó, años trabajando con animales ajenos y un regreso inesperado, cuando unos vientres recibidos como agradecimiento permitieron comenzar otra vez.
Desde entonces fueron “pasito a pasito”, como dice Juan José.
Hasta llegar a 2026: abuelo, hijo y nieto juntos como jurados en Esteio y, poco después, nuevamente los tres en una pista, esta vez en el Prado y celebrando los dos grandes campeonatos PI de la Romney Marsh.
Los premios cuentan una parte. La otra empezó hace más de 70 años y todavía no terminó. Porque mientras Juan José recuerda lo que aprendió de su padre, ya mira a las más chicas de la familia y piensa en una quinta generación.
La historia de los Martínez con la Romney Marsh, por ahora, sigue teniendo quién la continúe.