En la década del sesenta, trabajos como El Proceso Económico del Uruguay permitieron entender la estructura de propiedad de la tierra, donde la concentración de área, el estancamiento productivo y los bajos niveles de inversión en tecnología no respondían a posturas ideológicas ni a inercias culturales, sino a la ausencia de estímulos económicos concretos.
En un escenario con escasos incentivos para adoptar los paquetes tecnológicos disponibles de la época, los excedentes generados por los grandes establecimientos encontraban su destino más lógico en la ampliación de las unidades productivas. La compra de nuevas tierras operaba como mecanismo de acumulación de capital, reforzando progresivamente la concentración de la tierra.
Décadas más tarde, el agro uruguayo vuelve a enfrentarse a un nuevo dilema, aunque bajo un escenario productivo radicalmente distinto.
Hoy el productor ya no opera bajo un contexto de baja adopción tecnológica. Por el contrario, la intensificación productiva en escenarios de precios de tierra entonados resulta absolutamente necesario para mantener niveles de rentabilidad razonables y remunerar todos los factores. El desarrollo de sistemas de riego, la incorporación de genética, la agricultura de precisión, el manejo de datos y la optimización de procesos productivos describen un agro cada vez más sofisticado y exigente en capital.
Sin embargo, el actual ciclo productivo convive con un fenómeno menos visible, pero igualmente relevante: un persistente divorcio entre el sector agropecuario y el sistema financiero, cuyo vínculo continúa limitado casi exclusivamente al crédito bancario.
La escasa captación de ahorro en el agro y el pobre desarrollo del mercado de capitales en Uruguay constituye una doble señal de alerta. Por un lado, refleja la baja diversificación patrimonial que predomina dentro del propio sector, fuertemente anclado a la reinversión en el agro (zapatero a sus zapatos). Por otro lado, expone la ausencia de alternativas para atraer inversión al sector agropecuario basada en estructuras modernas, transparentes y adecuadamente reguladas, vacío que en ocasiones ha sido ocupado por esquemas deficientemente estructurados, como quedó en evidencia tras la crisis de los fondos ganaderos registrada un año atrás.
Agro vs sector financiero
Una de las principales causales de distanciamiento con el sector financiero surge de la propia idiosincrasia de los productores, quienes en muchos casos operan bajo una lógica de “visión de túnel”, donde la aversión al cambio, motivada por tradiciones familiares y sistemas de producción que se transmiten generacionalmente, prevalecen por sobre procesos de toma de decisiones más dinámicos y exploratorios.
Esta misma lógica que, en algunos casos suele enlentecer la incorporación de nuevas tecnologías, se replica también en la gestión del capital. La tendencia a reinvertir exclusivamente dentro del negocio agropecuario responde a la afinidad con el rubro, pero debilita la posición de los productores quienes concentran su producción en uno o dos rubros y por lo general no encuentran en el sector financiero soluciones para reinvertir sus excedentes y poner los huevos en diferentes canastas.
Así, el capital que antes se volcaba a la compra de tierra y hoy se orienta hacia el aumento de la eficiencia intrapredial, relega a un tercer o cuarto puesto la consideración de activos no agropecuarios como parte de una estrategia patrimonial más diversificada. Mientras la inversión en infraestructura, adopción de tecnología, optimización de procesos y profesionalización de la gestión continúen mostrando retornos competitivos, el incentivo para canalizar excedentes hacia instrumentos diversificados, probablemente seguirá siendo limitado.
¿El problema?
Pero ¿cuál es el problema de que exista un elevado nivel de inversión en tecnología? Sin duda es una señal positiva para la economía y contrasta con el panorama desolador que rigió durante buena parte del siglo pasado. No obstante, en los tiempos que corren, una distribución más equilibrada del capital fortalece a los productores frente a su exposición al riesgo, quienes se encuentran por definición sometidos a todo tipo de eventos climáticos, sanitarios y shocks de precios que escapan al control empresarial.
En ese sentido, resulta ilustrativo observar cómo economías basadas en recursos naturales han enfrentado desafíos similares. Noruega, como caso de éxito emblemático, transformó los excedentes provenientes de la explotación petrolera en uno de los fondos soberanos más grandes del mundo. La estrategia no buscó maximizar el consumo presente, sino convertir una renta no renovable en patrimonio financiero intergeneracional, mediante una diversificación global capaz de amortiguar los ciclos económicos.
Lo cierto es que Uruguay viene atravesando un prologando ciclo de precios de comodities al alza, el cual tiende a reducir la percepción del riesgo sistémico. Con frecuencia, los cambios en los modelos productivos no surgen por anticipación estratégica sino como respuesta a una crisis. La estabilidad relativa, lejos de ser una fortaleza, suele disipar la sensación de urgencia y posterga la necesidad de gestionar el riesgo.
En este marco, también inciden variables macroeconómicas que forman parte del entorno en el que operan los productores. Uruguay ha optado históricamente por sostener un elevado gasto público y un Estado sobredimensionado, que si bien responde a definiciones sociales y políticas respaldadas popularmente, genera tensiones sobre la competitividad del sector productivo. El persistente déficit fiscal, sumado a las limitaciones de la política monetaria para corregir desalineamientos de precios, ha contribuido a uno de los reclamos históricos del agro: el atraso cambiario.
Frente a este escenario, la incorporación de instrumentos financieros como las Letras en Unidades Indexadas, podría constituir una estrategia válida de diversificación patrimonial. Este tipo de herramientas no solo permiten diversificar la fuente de ingresos de los productores, sino que, indirectamente, funcionan como cobertura frente a los efectos que generan los desajustes macroeconómicos sobre la competitividad del sector. Pese a tratarse de instrumentos relativamente simples y accesibles, su adopción continúa siendo limitada dentro del agro.
Rol del sector financiero
En este contexto, el desafío no parece recaer únicamente sobre los productores. El sistema financiero también enfrenta una deuda histórica con el agro. Tradicionalmente, su rol se ha concentrado en resolver necesidades de financiamiento o colocación de capital, pero con escaso desarrollo de soluciones adaptadas a la lógica productiva y a los flujos de caja característicos del sector.
El futuro probablemente exija una mayor complementariedad entre ambos sectores. No solo mediante instrumentos de inversión diversificada, sino también a través de soluciones modernas en la cadena de pagos, herramientas de cobertura de riesgo, vehículos de inversión híbridos y modelos financieros que comprendan la biología, los ciclos productivos y la volatilidad inherente a la actividad agropecuaria.
El agro uruguayo atraviesa hoy un momento de transformación estructural. La intensificación productiva, impulsada por la innovación tecnológica, está redefiniendo la forma de producir y de asignar capital dentro de los sistemas. Sin embargo, este mismo proceso genera modelos más insumo-dependientes, más exigentes financieramente y potencialmente más expuestos al riesgo, en una dinámica que recuerda, con matices, los procesos de concentración y reducción del stock ganadero observados en Estados Unidos en las últimas décadas.
La historia muestra que los grandes cambios de paradigmas en el agro no han surgido únicamente de la disponibilidad tecnológica o de los ciclos de precios, sino de la interacción de estos factores. Tal vez el próximo salto evolutivo del sector no dependa solamente de producir más o mejor, sino de aprender a gestionar el capital con la misma precisión con la que hoy se gestionan los sistemas productivos.
Porque si algo ha demostrado el agro uruguayo a lo largo de su historia es su extraordinaria capacidad de adaptación. La pregunta que emerge es si esa capacidad logrará extenderse también hacia una nueva forma de entender el patrimonio, el riesgo y la integración con el sistema financiero.