La primera reacción casi siempre es la misma. Se despliega frente a la clase una imagen grande de una mesa servida, con cortes de las cuatro carnes que produce Uruguay, verduras y otros alimentos y desde los bancos un niño dice: “Esto me da hambre”. A partir de ahí la charla empieza a tomar forma, y al rato los propios niños llegan a una conclusión que nadie les dio antes: cada vez que hay algo importante con la gente que quieren, hay carne en la mesa.
Ese es el punto de partida de “El secreto de nuestras carnes”, un ciclo de charlas que 5 mujeres desarrollan junto al Instituto Nacional de Carnes (INAC) y que este año da sus primeros pasos como plan piloto en escuelas urbanas de Montevideo, Maldonado y San José. La propuesta apunta a alumnos de 5º y 6º de primaria y busca contar la cadena cárnica completa, “desde el suelo hasta que llega el plato a la mesa de las familias”, según explicó Virginia Guardia, una de sus integrantes.
Guardia es ingeniera agrónoma, al igual que María Inés Rovella y hay dos veterinarias: Patricia Rovella y Verónica Mailhos. Las acompaña, como “madrina de oro” según cuentan, la ingeniera agrónoma Rosanna Dellazoppa, con larga experiencia en comunicar el agro a diferentes públicos.
La elección de los departamentos tiene su lógica: es donde viven las integrantes del equipo, lo que facilita la logística de un plan que todavía se está ajustando. Además, Montevideo era imprescindible: allí está el público más alejado de estos temas. Por eso, en esta etapa el programa va a escuelas urbanas y no rurales.
El programa se lanzó a principios de octubre y las clases terminan a mediados de diciembre. Como todavía no cuenta con el aval de ANEP, cada visita se coordina directamente con la dirección de cada escuela, que decide si la temática es de interés y la acuerda con las maestras.
El material se pensó para que nada lo limite. No hay presentaciones que dependan de un proyector o de que haya luz: son láminas grandes que funcionan igual en un salón, en un espacio multiuso o en el patio.
Después de la mesa servida, la charla baja al origen de todo, que es el suelo. Las técnicas cuentan que los pastizales fueron la primera riqueza que encontraron quienes llegaron a estas tierras, y que hoy siguen siéndolo. Para mostrarlo hacen un experimento con dos recipientes de vidrio y dos panes de tierra de distinto tipo. Los niños vierten agua sobre ellos como si estuvieran regando: en un caso el agua sale transparente y en el otro, turbia. “A veces hasta las maestras se sorprenden”, contó Guardia. A partir de ahí se explica qué pasa con lo que se escurre hacia arroyos y ríos, y cómo cada suelo condiciona lo que se puede producir arriba.
El tramo más largo se arma sobre un mapa de Uruguay adaptado del mapa de uso del suelo, con íconos amigables para esa edad: una mazorca de maíz, una vaca con su ternero, una oveja con su cordero, una panoja de arroz. Sobre ese mapa, y junto con los alumnos, se va armando la cadena: el productor, el trabajador rural, el camión, la industria frigorífica, el transporte refrigerado, los puntos de venta y todos los profesionales que acompañan cada eslabón.
En el camino aparecen, en conceptos breves y sencillos, la trazabilidad, el bienestar animal, el cuidado del suelo y la producción sostenible.
El abuelo del correo
Pero el corazón del programa está en una pregunta. Antes incluso de presentarse, las expositoras les piden a los niños que levanten la mano si conocen a alguien vinculado de alguna forma a la cadena cárnica. Suben más o menos manos según el barrio: donde hay un frigorífico o una curtiembre cerca, la asociación es inmediata. Al final de la clase se repite la pregunta.
Ese cierre en espejo que el equipo incorporó sobre la marcha, es el que produce el clic. Guardia lo ilustra con una escena: después de toda una charla, una niña levantó la mano y dijo: “Mi abuelo trabaja en el correo”. Se había dado cuenta de que las caravanas de trazabilidad se distribuyen por el correo, y de que su abuelo, entonces, también tenía un rol en la cadena.
“Para mí es de los ejemplos más gráficos de lo que se logra”, señaló. El mensaje tiene dos partes. Por un lado, cada niño está más cerca de la ganadería de lo que pensaba a través de su familia. Por otro, el principal rubro exportador del país, reconocido por su calidad en el mundo, genera tanto empleo que llega también a lugares que los niños no conocían.
El proyecto hacia adelante
La meta del piloto es llegar a 30 escuelas y a unos 3.000 niños, con un promedio aspiracional de un centenar por escuela, juntando grupos de 5º y 6º. No siempre se logra, porque no todas las escuelas tienen ese tamaño, por lo que el equipo prioriza las más grandes.
Las condiciones tampoco son siempre las ideales: a veces la clase cae a una hora en que los niños ya están cansados, o hay dos grupos juntos en un salón chico. “La peloteamos y la llevamos, y siempre sale lindo”, resumió Guardia, que también disfruta la diversidad del aula: los que no paran de participar y los que siguen todo en silencio.
Cuando termine el año, el programa se evaluará junto a INAC. La intención del equipo es que llegue al resto del país. “Pero bueno, paso a paso”, dijo Guardia. Por ahora, con un mapa, un poco de tierra y una buena pregunta, la propuesta está logrando que el campo entre al aula y que los niños, sea de donde sea que vengan, se enamoren del espectacular proceso de la ganadería nacional.