A sus 81 años, Baldivio Rodríguez mira hacia atrás y encuentra una vida marcada por el campo, los caballos, la guitarra y los micrófonos. Más de medio siglo dedicado al canto y al relato de jineteadas lo convirtió en una voz reconocida dentro del tradicionalismo uruguayo. Sin embargo, cuando habla de su trayectoria, prefiere hacerlo desde la gratitud, recordando a quienes le abrieron las puertas y las oportunidades que le permitieron cumplir aquellos sueños que comenzaron a gestarse durante su infancia.
Nació el 16 de marzo de 1945 y se crió en la campaña del departamento de Maldonado, sobre el límite con Lavalleja, en las proximidades de la ruta 60. Allí transcurrieron sus primeros años, trabajando junto a sus padres, Braulio Rodríguez y Lucrecia Huelmo, en las tareas rurales. Permaneció vinculado directamente al trabajo de campo hasta aproximadamente los 30 años.
Aunque sus raíces estaban en Maldonado, Minas siempre formó parte de su vida. En aquellos tiempos, cuando las comunicaciones y los caminos eran muy diferentes, resultaba más sencillo trasladarse a la capital de Lavalleja que hacia otros puntos de su propio departamento.
Su acercamiento al canto nació casi naturalmente. Su padre acostumbraba acompañarse de una milonga y, desde pequeño, Baldivio se sintió atraído por los payadores que escuchaba a través de la radio. Recuerda especialmente las grandes cruzadas de payadores de las décadas de 1950 y 1960, que seguía con entusiasmo.
"Me pasaba la noche escuchando", recordó sobre aquellas transmisiones radiales que alimentaron una vocación que, con el tiempo, se convertiría en parte fundamental de su vida.
Los fines de semana fueron decisivos para comenzar a construir su camino. Viajaba a Minas para jugar al fútbol los sábados, participaba de los bailes y, los domingos, se acercaba a los programas radiales donde se reunían músicos y cantores. Su hermano mayor, que era rematador en la ciudad, también tuvo un papel importante en esos primeros acercamientos al mundo del canto y la comunicación.
Así comenzó a participar en distintas actividades, primero como cantor y payador, hasta que descubrió otra posibilidad: el relato de jineteadas.
"Vi que no había mucha gente dedicada al relato y me fui buscando un lugar por ahí", explicó. La primera experiencia llegó casi por casualidad, cuando lo convocaron para participar en una fiesta rural. Aunque inicialmente no se sentía preparado, terminó tomando el micrófono. La respuesta del público y sus propias sensaciones le confirmaron que había encontrado un camino.
A partir de entonces, comenzó a recorrer festivales de Maldonado, Rocha, Canelones, Florida y otros departamentos. Con el paso de los años, su voz llegó a prácticamente todo el país e incluso a algunas actividades en Brasil.
En ese recorrido recuerda especialmente a los organizadores que confiaron en él cuando todavía no era conocido. También guarda un lugar particular para Santiago Chalar, quien fue decisivo para su incorporación a Minas y Abril. Según relató, no participó en la primera edición del festival porque aún no había sido convocado, pero un encuentro con Chalar cambió aquella situación. Desde entonces, estuvo vinculado durante décadas a uno de los encuentros tradicionalistas más emblemáticos de Lavalleja.
Su trayectoria también lo llevó a importantes escenarios, como el Festival Nacional de Folclore de Durazno, el Prado y la Fiesta de la Patria Gaucha, en Tacuarembó, donde participó durante varias ediciones.
En 1976 intervino en un concurso de payadores en Durazno, una experiencia que recuerda especialmente. Para él, la improvisación exige una combinación de vocación, preparación y agilidad mental. "Yo pienso que el payador nace, pero después tiene que irse perfeccionando", aseguró.
Con el tiempo debió elegir dónde concentrar sus esfuerzos. Consideraba difícil sostener simultáneamente la exigencia vocal del canto de contrapunto y el relato de jineteadas, por lo que terminó dedicándose principalmente a esta última actividad.
La radio también ocupó un lugar central en su historia. Sus comienzos estuvieron vinculados a Emisora del Este, donde participó en programas dominicales y compartió espacios con otros artistas. Posteriormente pasó por Radio 43, donde permaneció durante 42 años, antes de regresar a Emisora del Este, donde continúa vinculado al micrófono.
"Fui muy familiar con el micrófono y con los escenarios", resumió.
Pero detrás de esa extensa trayectoria también hubo sacrificios. Durante muchos años atendió una cantina en un barrio de Minas y recuerda jornadas en las que terminaba de trabajar a las cuatro o cinco de la madrugada, apenas tenía tiempo de ducharse y partía hacia un festival donde permanecía durante todo el día.
Aquellas exigencias físicas dejaron consecuencias que hoy siente especialmente en su columna, aunque asegura que no se arrepiente.
También hubo oportunidades que debió dejar pasar por sus responsabilidades familiares. Es padre de Nicolás Rodríguez, quien siguió vinculado al ambiente rural y trabaja como rematador. Baldivio recuerda que, a diferencia de otros artistas que podían ausentarse durante semanas, él procuraba regresar pronto a su hogar.
"Podría haber hecho más cosas, pero no estoy arrepentido. Lo que pude hacer, lo hice con ganas", reflexionó.
Más allá de los festivales y reconocimientos, hay un aspecto de su recorrido que considera especialmente valioso: la posibilidad de ayudar. Durante décadas participó en actividades benéficas destinadas a escuelas rurales, personas enfermas y familias que atravesaban dificultades.
En muchas oportunidades lo hizo sin cobrar, convencido de que su voz podía servir para algo más que entretener. "Cuando vuelvo de un beneficio me siento más reconfortado que si hubiera ido a una fiesta donde cobré bien", expresó.
Esa forma de entender la vida, asegura, proviene de las enseñanzas de sus padres, a quienes recuerda como personas honestas y comprometidas con los demás.
El reciente reconocimiento de la Junta Departamental de Lavalleja como ciudadano destacado tuvo, por eso, un significado especial. No solamente por distinguir su extensa trayectoria artística, sino porque representa el reconocimiento de una comunidad con la que mantiene un vínculo de toda la vida.
"Sentís que no pasaste desapercibido, que para algo sirvió lo que hiciste durante tantos años", sostuvo, emocionado por el respaldo recibido.
Baldivio también defiende el valor cultural e histórico de las tradiciones criollas. Para él, el gaucho y el caballo representan una parte inseparable de la identidad nacional. Por eso, siempre procuró que su trabajo contribuyera a mantener vigente ese legado.
Entre tantos recuerdos, conserva especialmente los encuentros con referentes del canto tradicional a quienes admiraba desde niño. Uno de ellos ocurrió durante un concurso en el Prado, cuando una figura que había sido una referencia para él se acercó, lo abrazó y le dio palabras de aliento antes de su presentación. Más allá del resultado, aquel gesto permanece entre sus recuerdos más queridos.
Hoy, después de más de cinco décadas de escenarios, radios y jineteadas, se define como un hombre agradecido. Reconoce que tuvo una educación formal limitada, vinculada a su paso por una escuela rural, y que muchas cosas las aprendió a través de la experiencia y del contacto con otras personas.
No siente que haya quedado algo pendiente que opaque lo vivido. Por el contrario, valora las amistades, los lugares recorridos y la posibilidad de haber construido una vida alrededor de aquello que verdaderamente le gustaba.
Cuando se le pregunta cómo quisiera ser recordado, su respuesta no pasa por los aplausos ni por los escenarios importantes. Prefiere que permanezca el recuerdo de una persona que procuró hacer las cosas bien y ayudar a quienes lo necesitaron.
"Soy un agradecido a la vida", aseguró.
Y quizás allí esté la mejor síntesis de la historia de Baldivio Rodríguez Huelmo: la de un hombre nacido y criado en la campaña que encontró en la palabra su vocación, recorrió el país llevando las tradiciones criollas y, más de 50 años después, sigue convencido de que el mayor reconocimiento no está solamente en los aplausos, sino también en el afecto de la gente que encontró por el camino.