Han sido días excepcionales en el mercado cambiario local, luego de que la semana anterior el dólar cayera a pico, obligando al equipo económico a instrumentar medidas para contener la caída. La reacción del equipo económico ante la situación fue lógica y a la altura de una circunstancia excepcional, con un dólar que -a nivel global- está generando dudas por la nueva política internacional de los Estados Unidos.
Para el equipo económico, lidiar con la situación no ha sido fácil. La caída del dólar es global, pero en Uruguay se exacerbó porque es una economía bimonetaria y -ante movimientos como los que se están dando en el mundo- el reflejo en el mercado local suele ser amplificado, como explicó el propio Banco Central del Uruguay (BCU). Además, en esta época del año el ingreso de dólares al país es estacionalmente mayor, por la temporada turística; a su vez, hay un aumento en la demanda de pesos para diversas obligaciones financieras. Un combo complicado que -sumado a la caída global del dólar- llevó a un descenso excepcional de la cotización, que cayó 2 pesos en un mes (gráfica).
Ante la caída, el viernes 23 el BCU anunció que iba a anunciar medidas, y no es solo un juego de palabras. El mero hecho de advertir que habría decisiones motivó la suba del dólar ya al cierre de ese mismo día, subiendo a 38 pesos. El lunes siguiente el Banco Central confirmó lo que el mercado esperaba: una baja en la tasa de interés para que la colocación en pesos tuviera menos retribución y el dólar tuviera cierto espacio de recuperación.
Pero eso no fue lo único: el presidente del BCU, Guillermo Tolosa, anunció que la autoridad monetaria estaría pronta para intervenir en el mercado cambiario, si el escenario así lo ameritaba. La última intervención directa del Banco Central en el mercado cambiario fue a mediados de 2021. Se han acumulado ya entonces cerca de 5 años sin intervenciones, en un compromiso de no intervención que comenzó en la administración pasada y se mantuvo en la actual. Esto le ha aportado al BCU y su política monetaria fundamentos de firmeza institucional. Pero la situación de los últimos días fue tan excepcional que obligó a “salirse del libreto” al menos transitoriamente.
La baja de la tasa de interés era esperada ya desde el año pasado, cuando el propio BCU anunció que entraría en una etapa de política monetaria expansiva. Los hechos obligaron a adelantar la decisión. Al día siguiente, el ministerio de Economía y Finanzas (MEF), anunció que comenzaría a realizar compras de dólares a futuro, apuntalando lo planteado por el BCU.
Con ese conjunto de medidas, el dólar subió en el mercado cambiario local y terminó operando en el eje de los 38,50 pesos en el interbancario, aunque el viernes hubo una leve baja. El ministro de Economía, Gabriel Oddone, se manifestó satisfecho por el resultado, aunque reconoció que el desafío ahora es mantenerlo.
Precios relativos.
En efecto, los problemas de competitividad-precio de la economía uruguaya están lejos de resolverse. Los datos del Tipo de Cambio Real (TCR) que calcula el BCU son elocuentes. Con el último dato correspondiente a diciembre, se observa que el TCR global del Uruguay cayó 9% en el último año, con caídas especialmente fuertes respecto a EEUU, Reino Unido y China.
En la gráfica adjunta se muestra la tendencia del TCR en los últimos años y es claro el descenso, si bien con EEUU y Europa no estamos lejos del promedio de los últimos 10 años. Con China y Brasil, en cambio, la caída es notoria, y lo sucedido en los últimos días agudiza el problema.
Más allá de la debilidad del dólar a nivel global, es claro que la política monetaria contractiva que estableció el BCU durante buena parte del año pasado llevó la inflación a niveles históricamente bajos (gráfica), pero deprimió el tipo de cambio. En realidad, ambos asuntos van de la mano: la caída del dólar fue un factor clave para llevar la inflación hacia abajo. En términos del efecto de la política monetaria del BCU, el canal cambiario (dólar) parece ser más potente que el canal de crédito (tasa). De tal manera que la inflación quedó incluso casi 1 punto abajo de la meta del BCU.
Esto tiene consecuencias fiscales: más del 50% de la recaudación de la DGI viene de impuestos al consumo, que evolucionan -en buena medida- con la inflación; ésta resultó menor, mientras que las decisiones de gasto ya están preestablecidas. Con un agregado preocupante: el componente jubilatorio del gasto (el más importante) verá este año un aumento real muy contundente, en la medida que las jubilaciones ajustan por salario. El índice salarial subió casi 6%, un aumento real de más de 2% en ese componente del gasto. No es de extrañar, así, que desde el gobierno estén preocupados por “una inflación demasiado baja”, para sorpresa de varios compatriotas que han escuchados -por años y años- sobre las virtudes de una inflación baja.
En el fondo, con salarios subiendo casi al 6% anual y el dólar cayendo más de 10%, el desalineamiento de precios relativos es obvio y el problema de la “inflación baja” el reflejo de ese desbalance, entre precios transables (asociados al salario) y no transables (asociados al dólar). No hay aumento de productividad posible que compense ese aumento de costos locales.
Escenas y escenario.
El escenario de dificultades de competitividad de la economía uruguaya está instalado, aunque la escena puede ser diferente según el rubro. En los agronegocios, el sector cárnico está viviendo un momento excepcional de precios y puede sobrellevar la situación mejor. Pero la producción agrícola, la lechería y varias actividades forestales, entre otras, sufren más el trance, al estar recibiendo precios ubicados en los promedios históricos.
Así, una evaluación general no es sencilla. Pero allí están, poco discutibles, los datos de la actividad económica general del país. Esta semana el BCU divulgó los datos del Indicador Mensual de Actividad Económica (IMAE) que mostraron (digamos confirmaron) que la actividad ha estado básicamente estancada en el segundo semestre del año pasado. Una economía puede tener períodos de expansión y otros menos entusiastas, pero parece difícil desconocer que los problemas de competitividad están afectando la marcha de la economía. Y el problema aún no está resuelto.
Los avances -con sobresaltos- del acuerdo con la UE y otros, así como las aspiraciones de avances comerciales con China en el marco de la visita presidencial, son alentadores. Pero si desde la propia economía uruguaya no se captan las oportunidades a partir de una mejor competitividad, será difícil alcanzar logros concretos. En estas circunstancias, adicionalmente el agro tiene que sobrellevar la incertidumbre climática y de mercados, en un panorama comercial global que se ha vuelto muy discrecional y donde es difícil mantener la neutralidad. No será un año sencillo para la economía y los agronegocios.