El frío de la mañana todavía se siente en los dedos cuando Flavia Cáceres ajusta un alambre, acomoda una herramienta o revisa una línea de campo. No es una imagen habitual para muchos. Menos aún cuando quien realiza el trabajo es una mujer de apenas 25 años. Pero para ella, los alambrados forman parte de su vida desde que tiene memoria.
Nacida y criada en el medio rural, en la zona de Santa Lucía, cerca de la ciudad de Minas, Flavia creció viendo trabajar a sus padres en tareas de alambrado. Mientras otros niños jugaban en los patios de las escuelas rurales, ella observaba cómo se estiraban los hilos, se colocaban los postes y se levantaban los cercos que delimitan los campos uruguayos.
Aquellas imágenes quedaron grabadas. “Siempre me gustó el campo”, resumió con sencillez.
Su historia no comenzó de golpe ni con una decisión planificada. Fue más bien una continuidad natural de la vida que conocía. Sus padres trabajaban juntos alambrando. Ella los acompañaba, observaba y aprendía sin darse cuenta.
“Uno lo va aprendiendo. A medida que se anima a hacer algo, se va corrigiendo y va aprendiendo”, contó la joven alambradora en diálogo con Rurales El País.
Aunque sus padres con el tiempo cambiaron de actividad, la semilla ya estaba plantada.
Los primeros pasos
A los 14 años comenzó a trabajar en una estancia. Mientras estudiaba, aprovechaba las mañanas para realizar tareas rurales. La relación con el campo nunca se interrumpió.
Dos años después empezó a acercarse más al oficio que la acompañaría durante la siguiente década.
No arrancó construyendo kilómetros de alambrado nuevo. Como sucede con casi todos los oficios rurales, comenzó desde abajo.
“Se empieza por lo básico. Poner algún poste, arreglar un alambre, agregar alguna hebra, hacer alguna reforma”, recordó.
Poco a poco llegaron las primeras responsabilidades. Más tarde, las primeras líneas completas. Y finalmente la confianza para asumir trabajos cada vez más complejos.
Hoy calcula que lleva alrededor de 10 años vinculada al oficio.
Aprender haciendo
Cuando habla de las dificultades de los comienzos, no menciona el peso de los postes ni las largas jornadas al aire libre. Recuerda algo mucho más específico: cerrar una portera. “Es de las cosas más difíciles para agarrarle la práctica”, explica.
Lo que hoy puede resolver en 20 minutos, antes podía llevarle horas. Porque en el alambrado, como en tantos oficios manuales, la diferencia está en los detalles.
La tensión justa de un alambre, el ajuste correcto de una bisagra o el equilibrio de una estructura son conocimientos que no se aprenden en libros.
Se aprenden trabajando. Y equivocándose.
Una mujer entre alambrados
El trabajo de alambrador sigue siendo asociado casi exclusivamente a los hombres. Sin embargo, Flavia nunca sintió que eso fuera una barrera.
Durante varios años trabajó junto a su pareja y eso ayudó a que los productores fueran conociendo su trabajo. Pero más allá de eso, percibe que la reacción de la gente suele ser positiva. “Al contrario. A la gente le causa novedad”, dijo. Lejos de encontrar rechazo, muchas veces encontró apoyo. “Te quieren ayudar o darte la oportunidad.”
Para ella, el cambio cultural en el medio rural es evidente. “Hoy en día la gente es más abierta.”
Esa experiencia personal la lleva a dejar un mensaje claro para otras mujeres que estén pensando en ingresar a un oficio rural. “No hay diferencia por ser hombre o mujer. Si te gusta y le ponés empeño, las cosas se hacen igual.”
El legado familiar
Si hay una figura que aparece constantemente en su historia es la de su madre. Mucho antes de que el tema de las mujeres en tareas rurales estuviera presente en las conversaciones públicas, ella ya trabajaba alambrando.
“Mi madre también lo hizo cuando era joven”, contó.
Además de alambrar, participaba en otras tareas rurales como el corte de maíz, una actividad mucho más frecuente décadas atrás.
Sin proponérselo, aquella mujer se convirtió en un ejemplo para la siguiente generación.
Hoy Flavia sigue un camino parecido, demostrando que los oficios rurales tampoco entienden de géneros cuando hay vocación y capacidad de trabajo.
Un oficio duro
A pesar de la pasión que siente por el campo, Flavia no romantiza su trabajo. Habla de los alambrados con sinceridad. Sabe que es una actividad sacrificada.
Las jornadas transcurren bajo el sol del verano, soportando temperaturas extremas. En invierno, el frío cala hasta los huesos. Cuando hay seca, el trabajo también se vuelve más difícil. Cuando llueve, muchas veces hay que esperar o adaptarse. “Es un trabajo muy sacrificado”, reconoció.
Sin embargo, también sabe que el esfuerzo tiene recompensa. “Trabajando se puede sacar un buen sueldo", expresó.
Aunque admitió que el paso del tiempo cambia la perspectiva. “Cuando uno es joven trabaja y no mira la hora ni el sacrificio. Después capaz que busca otra comodidad", señaló.
Es una reflexión madura para alguien que todavía tiene 25 años pero que ya acumula una década de experiencia en el trabajo rural.
El orgullo de ver el trabajo terminado
Entre todas las tareas que realiza, hay algunas que disfrutan menos. Mencionó, por ejemplo, la construcción de zarzos, una labor exigente y demandante.
Pero incluso en esos casos existe una satisfacción especial. Porque el resultado queda a la vista. En el alambrado no hay mucho lugar para las medias tintas. El trabajo terminado habla por sí solo. Un poste mal colocado, un hilo flojo o una portera mal ajustada se notan inmediatamente. Por eso cada tramo terminado representa horas de esfuerzo transformadas en algo concreto. Algo que queda. Algo que sirve.
Mirando hacia adelante
Cuando piensa en el futuro, Flavia no habla de grandes proyectos empresariales ni de metas extraordinarias. Sus aspiraciones son sencillas. Formar un hogar. Seguir trabajando. Construir estabilidad.
Mientras tanto, continúa recorriendo campos y realizando distintas tareas rurales, manteniendo un vínculo que comenzó en la infancia y que sigue marcando el rumbo de su vida.
Su historia quizás no aparezca en los grandes titulares. Pero representa una realidad cada vez más visible en el campo uruguayo: la de mujeres que encuentran su lugar en oficios tradicionalmente masculinos, no por reivindicación ni por moda, sino simplemente porque les gusta lo que hacen.
Entre postes, pinzas, grampas y kilómetros de alambre, Flavia Cáceres construyó su propio camino. Un camino que empezó observando a sus padres trabajar y que hoy continúa, 10 años después, demostrando que la capacidad para hacer un buen alambrado no depende del género, sino de las ganas, el aprendizaje y la perseverancia.