Los caballos estaban en Tacuarembó y él vivía en La Paloma, Rocha. Ignacio Suárez quería volver a tenerlos cerca. Podía organizar un traslado, pero eligió otra manera de reunir su presente con el lugar donde había crecido: recorrer la distancia a caballo. La idea, que al principio parecía un proyecto personal, se convirtió en una travesía de unos 500 kilómetros compartida con amigos, su hijo de cuatro años y su sobrino de tres.
Para Suárez, montar nunca fue una actividad ocasional. Nació y se crió en Sauce de Batoví, una pequeña localidad situada a unos 25 kilómetros de la ciudad de Tacuarembó, en una familia vinculada al campo. Los caballos eran parte de la rutina, del trabajo y de los desplazamientos. Durante su infancia, incluso, iba a la escuela a caballo. “Mi vínculo con el caballo viene desde que tengo uso de razón. Comparto con ellos desde que aprendí a caminar”, recordó.
Hoy está radicado en La Paloma, donde trabaja en una carpintería y también se dedica a la producción rural. Aunque cambió de departamento, nunca perdió el vínculo con los caballos. Así nació la idea de traerlos montando desde Tacuarembó.
Un año para salir
El entusiasmo no alcanzaba para ponerse en camino. La organización llevó aproximadamente un año: hubo que coordinar licencias laborales, reunir lo necesario para las jornadas y estudiar los caminos por los que podrían avanzar. También debían prever dónde parar y cómo asegurarles alimento y descanso a los caballos. El plan inicial señalaba una ruta de casi 600 kilómetros, aunque desde el comienzo sabían que las condiciones reales podían modificarla.
Y así ocurrió. A medida que atravesaban distintas zonas, la gente con la que conversaban les recomendaba cortadas y caminos más tranquilos, adecuados para andar a caballo.
Esas indicaciones fueron cambiando el recorrido y permitieron reducir la distancia a unos 500 kilómetros. “Teníamos una ruta tentativa, pero fue variando. Charlando con la gente que nos íbamos encontrando, nos iban diciendo caminos mejores”, explicó. El mapa servía de orientación; la experiencia de quienes conocían cada lugar ayudaba a decidir por dónde seguir.
No emprendió la travesía solo. Participaron Martín Chávez, médico veterinario; Joaquín Tortoza, guardaparque; y Miguel Chapuis, productor vinculado a la horticultura. A ellos se sumaron Amaru Rodríguez, hijo de Suárez, de cuatro años, y Jacinto, su sobrino, de tres. Los niños, fascinados por los caballos, recibieron la propuesta con entusiasmo y compartieron 12 días de viaje con el grupo.
Para Suárez, llevar a los niños significaba mucho más que compartir una salida. Quería mostrarles una forma de relacionarse con los caballos ligada a su propia infancia. “Poder compartirlo con mi hijo y con mi sobrino es una cosa extraordinaria”, expresó.
El desafío tampoco era menor para los adultos. Suárez había hecho cabalgatas de dos o tres días, de hasta 80 kilómetros, pero nunca una de esta extensión. Otros integrantes tenían menos experiencia con caballos, una diferencia que hizo necesario avanzar con especial cuidado.
El día empezaba en el lugar donde hubieran pasado la noche. Levantaban el campamento, preparaban las cosas y procuraban retirarse sin incomodar a quienes les habían dado alojamiento. No eran, según reconoció Suárez, especialmente madrugadores, pero buscaban aprovechar la jornada y mantener un ritmo que les permitiera avanzar sin exigir demasiado a los animales. La idea era cumplir alrededor de dos tercios de la distancia prevista antes del mediodía y dejar el tramo restante para la tarde. Cada jornada requería cierta planificación, aunque también debían adaptarse a las condiciones del camino y a los lugares disponibles para descansar. El objetivo era llegar al siguiente destino con tiempo suficiente para instalarse y atender las necesidades de los caballos.
La pausa no se elegía solamente por el cansancio de los viajeros. Buscaban un lugar con buen pasto para que los caballos pudieran alimentarse y descansar. Mientras los animales recuperaban fuerzas, el grupo también hacía un alto.
Después retomaban la marcha hasta el sitio elegido para pasar la noche. “Tratábamos de encontrar un lugar lindo, con bastante pasto, para que los caballos descansaran al mediodía, y después completar el otro tercio de la cabalgata”, contó.
No había una misma clase de alojamiento para todas las jornadas. Algunas noches se quedaron en calles de tropa; otras, en lugares ofrecidos por personas que conocieron durante el recorrido. Hubo familias que les abrieron las puertas de sus casas, les permitieron dormir en un galpón y pusieron a disposición buenos potreros para los caballos.
También pasaron por el camping de San Gregorio y el parque de Nico Pérez. Cada parada requería resolver las necesidades del grupo y, antes que nada, las de los animales.
Suárez aseguró que nunca creyó que la travesía fuera a quedar sin realizarse. Lo que sí le preocupaba era la salud de los caballos, sometidos a un esfuerzo prolongado. Durante el recorrido hubo situaciones que exigieron atención: uno de los animales sufrió un episodio de cólico y otro recibió una patada que le provocó inflamación en un garrón. Fueron los momentos más delicados de una experiencia que, en términos generales, se desarrolló según lo previsto.
Contar con Martín Chávez dentro del grupo fue una tranquilidad. Como veterinario, pudo evaluar los inconvenientes y seguir de cerca la evolución de los animales. Según explicó Suárez, los episodios fueron leves y no comprometieron la continuidad del viaje.
“Todo el tiempo lo estuvimos monitoreando y pudimos andar prácticamente todos los días que teníamos estipulado”, señaló. Llegar era importante, pero no a cualquier costo: si había algo que vigilar durante toda la travesía era el estado de los caballos.
Ese cuidado también atravesó el aprendizaje de Amaru y Jacinto. Los dos ya tenían un fuerte cariño por los animales, y la cabalgata les permitió acompañar de cerca los descansos, la alimentación y la atención que requiere un caballo después de cada jornada.
Para Suárez, transmitir el respeto por ellos era tan valioso como compartir la aventura. No se trataba de explicarles una idea abstracta, sino de mostrarla en las decisiones de todos los días. Otra enseñanza surgió del propio ritmo de la marcha.
A caballo, las distancias no se resuelven con apretar un acelerador. Hay que calcular, detenerse, observar y aceptar que el destino puede estar todavía lejos cuando termina la jornada. Suárez encontró allí una oportunidad para mostrarles a los niños algo que, a su entender, suele quedar relegado en la vida cotidiana: la paciencia.
“Al ser un viaje a caballo, no es todo rápido, como en general funciona hoy en día”, reflexionó.
Para él, aprender a esperar y comprender que cada cosa requiere su tiempo fue una de las lecciones centrales del recorrido.
“A veces demora un poquito, pero llega”, resumió. La idea adquiría un sentido concreto después de tantos kilómetros avanzados de a poco, con paradas necesarias y un objetivo que se acercaba jornada tras jornada.
Cuando recordó los momentos más especiales, no eligió una anécdota ni un paisaje. Destacó la posibilidad de compartir tantos días con sus amigos, su hijo, su sobrino y los caballos.
En esa convivencia encontró el verdadero valor de la travesía. Los dos niños, además, acompañaron con entusiasmo una experiencia poco habitual para sus edades. “Lo especial es poder compartir con los amigos, con la familia, con los caballos. Eso lo hace más especial en todo momento”, sostuvo.
La llegada fue una mezcla de alegría y agradecimiento. Después del trayecto, Suárez sintió especialmente gratitud hacia los animales, que habían respondido a la exigencia de los kilómetros. También destacó la actitud de los gurises y el compañerismo del grupo.
“Terminé muy emocionado, contento y con un sentido de gratitud inmenso hacia los caballos”, expresó. De ellos dijo que habían demostrado su nobleza durante todo el viaje.
La experiencia dejó abierta la posibilidad de otras salidas. Varias personas le manifestaron interés en participar en alguna cabalgata y ya surgió la idea de organizar un recorrido por las sierras de Rocha. Suárez tampoco descartó soñar con una travesía más extensa, aunque reconoció que para concretarla deberán volver a coordinar los tiempos del trabajo y de la vida familiar.
Por ahora, el proyecto que nació con el deseo de acercar sus caballos terminó siendo una historia compartida entre generaciones. Para alguien que de niño iba a la escuela montado, viajar hoy junto a su hijo y su sobrino tuvo un significado difícil de medir en kilómetros.
Al resumir lo que permaneció después de la llegada, Suárez eligió tres palabras que atravesaron todo el recorrido: “El compañerismo, la amistad y la nobleza de los caballos”.