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Agustín Miraballes, el joven uruguayo que se animó al “mundial de la doma” y volvió campeón desde Jesús María

Con 25 jinetes por rueda y más de 30 mil personas en la tribuna, el uruguayo Agustín Miraballes llegó por primera vez al “mundial de la doma” y se consagró campeón en Crina Limpia en el Festival de Jesús María, tras una semana perfecta: no perdió ningún caballo y sostuvo la punta hasta el final

Jesús María 2026.

Hay triunfos que se anuncian en la arena, pero se terminan de entender en el regreso. En el polvo de una pista, en el silencio de los segundos previos a la campana, en el latido que se acelera cuando el caballo arranca y ya no hay más margen que sostenerse y ser uno con el movimiento. Y, sobre todo, en el abrazo de la gente cuando la historia se hace carne y vuelve a casa.

Agustín Miraballes es joven, uruguayo, y se consagró Campeón de Doma en Crina Limpia en el Festival Jesús María, en Argentina, una competencia que en el ambiente se nombra con respeto y con una mezcla de fascinación y temor: el gran escenario, el lugar donde se mide el temple, donde el oficio se vuelve examen y donde, en cuestión de instantes, se decide todo.

En la jerga le dicen “el mundial de la doma”. Y él fue por primera vez. Fue con ilusión, con la responsabilidad de representar y con esa idea simple —pero enorme— de “andar bien”. Volvió con un título que lo ubica en lo más alto y con una experiencia que, por momentos, todavía parece irreal.

“Desde un principio, cuando me invitaron, tenía la ilusión de dejar el país bastante bien representado”, contó. “No pensando en ganar, sino en tratar de dejarlo bien, que andar bien. Bueno, se fue dando la cosa y a mitad de semana quedé adelante… y traté de mantenerme, de no perder caballo. Y me dio todo”.

Un vínculo que empezó de chico, entre caballos y campo

La historia de Agustín no arranca con una gran revelación, ni con un golpe de suerte, ni con una escena cinematográfica. Arranca como empiezan las historias en el interior: de chico, con caballos cerca, creciendo en un ambiente donde el animal no es postal sino parte de la vida.

“Viene de muy chico, criado con caballo”, resumió, sin vueltas. Es un vínculo que no se fuerza: se hereda, se respira. Su padre siempre estuvo ligado a los caballos, y eso marcó el pulso de su infancia. “Mi padre siempre tuvo caballos parejeros, tenía caballos para enduro y para raíd. Mi infancia fue siempre vinculada con los caballos”, dijo.

Agustín tiene una hermana menor, diez años más chica. Él cursó hasta cuarto de liceo, y su vida —como la de tantos gurises de campo— fue tomando rumbo entre responsabilidades, trabajo y esa atracción inevitable por el caballo.

Cuando habla de sus raíces, Agustín es claro: nació y se crió en Maldonado, pero se presenta como treintaitresino por su vínculo familiar con Isla Patrulla. “De chico siempre me gustó y mi familia sigue ahí”, dice. Hoy vive en Rocha, pero asegura que Treinta y Tres es el lugar que representa.

Jesús María 2026.

La jineteada llegó después: el gusto se hizo destino

La doma, para Agustín, no fue un destino inmediato. La jineteada, en su casa, no era el centro del mundo. Incluso había una distancia. Su padre fue jinete, sí, pero también conocía el costo y el sacrificio.

“En la jineteada… yo no mamé mucho de chico con la jineteada”, admitió. Y cuenta una escena que dice mucho más de lo que parece: “Mi padre fue jinete y siempre me inculcó como que la jineteada no daba mucho. Cuando él se montaba, se montaba con una camisa y una bombacha… entonces no valía la pena”.

Esa frase —“no valía la pena”— resume una época donde la pasión iba por delante y el reconocimiento quedaba lejos. Pero los tiempos cambian, las competencias cambian, y las oportunidades también.

A Agustín le empezó a picar el bichito más grande cuando ya era adolescente. “Por ahí de grande tenía un primo, el cual más o menos lo seguía, y me empezó a gustar”, recordó.

Él venía de montar vacunos. Tenía el campo como escuela. Y un día se subió al caballo. “La primera vez con un poco de nervios, miedo, por decirlo así”, confesó. Pero algo se acomodó en ese primer intento. Algo que solo se entiende cuando uno se da cuenta de que, en ese lugar, está completo.

“Me gustó”, dijo. Y enseguida agrega el dato que terminó de empujarlo: “Y la primera vez que me presento, voy, monto y gano”.

Hay victorias que funcionan como llave. No porque aseguren nada, sino porque encienden una convicción. “Entonces fue como que me inspiró para seguir”, resumió.

Esa primera competencia ganada fue con apenas 16 años. “Dieciséis… diecisiete… dieciséis años, por ahí”, respondió, como quien todavía lo ve cerca.

Jesús María: el salto al escenario grande

Hasta este año, Agustín no había competido en Jesús María. No era un lugar familiar. No era “uno más”. Era la primera vez. Y eso, para cualquiera que haya pisado un escenario así, cambia todo.

“Este año fue la primera vez que fui”, confirmó.

La invitación llegó y con ella llegó la oportunidad. Jesús María no es un festival más: exige requisitos, controles, un nivel de organización y exposición que pone a prueba incluso antes de montar.

“Te exige muchas cosas”, explicó Agustín. Y enumera como quien repasa una lista que todavía recuerda de memoria: “Placas de pelvis, placas de tórax… coso del corazón, como se dice… electrocardiograma”.

Lo dice simple, pero detrás de esa lista hay una realidad: llegar no es solo subirse. Es cumplir, prepararse, presentarse. “Hicimos todo eso, salió todo bien y llegamos”.

Y una vez allí, aparece otro detalle clave: en Jesús María los caballos no son del jinete. Son del festival. Son de ellos. Se montan por sorteo. No hay elección. No hay ventaja. Hay oficio.

Este año, en total, se montaban nueve. Pero una noche se suspendió por lluvia. “Montamos ocho este año porque hubo una noche que llovió mucho y se suspendió”, contó.

El sistema es parte del desafío: “Sortean todos los días de tarde y ahí vas".

Y la competencia es numerosa. “Son 25 en cada rueda”, explicó. Jesús María tiene tres categorías principales. Y él fue campeón en una de las más exigentes y simbólicas: Crina Limpia.

Crina Limpia: ocho segundos donde no hay margen

Para quien no conoce el mundo de la doma, Crina Limpia puede sonar poético. Pero en la práctica, es una de las formas más crudas de medir al jinete. Es el jinete, el caballo y casi nada más.

“La categoría de Crina Limpia… lo único que tenés para agarrarte es la crina y una que va por atrás de la paleta”, describió.

Más nada. Esa frase pesa. Porque en esos segundos no hay recursos extra, no hay herramientas de más. Hay cuerpo, equilibrio, lectura del animal y coraje. Y una decisión: quedarse.

Los jurados evalúan no solo que el jinete se mantenga arriba, sino la forma. “Puntúan en que uno se le queda arriba y para tener más puntaje… según el caballo, cuánto cuerpo vea y cuánto uno le trate de dar elegancia a la monta”.

En el fondo, es eso: sostenerse, pero también dominar el gesto. No es sobrevivir: es montar.

La semana en la que todo se fue dando

Agustín no fue a Jesús María pensando en el título. Fue pensando en cumplir. Pero a mitad de semana se encontró en el lugar donde todos quieren estar: arriba.

“Se fue dando la cosa”, repitió. “Y a mitad de semana quedé adelante”.

Jesús María 2026.

En ese punto, el desafío cambia. Ya no se trata solo de “andar bien”. Se trata de sostener. De no caerse. De no perder caballo. De sumar noche tras noche.

“Lo que me valió más a mí fue no perder ningún caballo y sumar todas las noches”, explicó, con una lógica casi matemática que esconde, en realidad, un mundo de tensión.

Porque cada noche es distinta. Cada caballo es distinto. Cada salida es un examen nuevo. Y en ese nivel, un error se paga caro.

El momento de la consagración, cuando se confirmó el resultado, le disparó una emoción difícil de describir y se ríe como quien todavía está procesando. “Pero lo primero fue… no sé… fue un sueño hecho realidad”.

Arriba del caballo, lo que se siente es una mezcla de adrenalina y foco. “Se siente mucha adrenalina”, reconoció. “Y concentración también, porque es el momento bastante complejo. Es el caballo y uno, y más nada”.

En toda historia de campeonato hay una noche que se vuelve bisagra. Un momento donde todo tiembla. Para Agustín, esa noche existió.

“En un momento… el tercer día, creo que fue”, recuerda. “Fue la noche que gané, que quedé adelante”.

El caballo: “un colorado grueso”. Y el problema: se complicó. Se le vino encima el riesgo. “Al principio pensé que me bajaba”, admitió.

Pero no se bajó.

“Ya no sé cómo hice, me le quedé arriba”, dijo. Y esa frase —“ya no sé cómo hice”— tiene algo de verdad absoluta: hay cosas que no se pueden explicar porque pasan en el cuerpo antes que en la cabeza.

“Son cosas que salen en el momento”, agregó. “Que no tienen mucha explicación a veces. Salen y salen”.

Preparación: rachas buenas, rachas malas y llegar entero

El mundo de la doma no se mide solo por la técnica. También por el estado físico y mental. Y por la constancia. “Fin de semana, fin de semana hay que andar mucho”, contó.

Y reconoce algo que cualquier jinete sabe: hay rachas. “Hay veces que uno agarra rachas buenas y hay veces que uno agarra rachas malas”.

Antes de viajar, él estaba en un buen momento. Y decidió prepararse todavía más. “Faltando dos meses, por ahí, traté de salir a correr y eso. Tratar de llegar bien física y un poco psicológicamente”.

No lo dice como un plan profesional de alto rendimiento. Lo dice como un esfuerzo personal: querer llegar lo mejor posible.

Porque, como él mismo explica, no todos entrenan igual. “No es que todo el mundo entrene. Hay gente que nace con eso y no necesita nada. Yo de repente me moví porque quería tratar de llegar lo mejor posible”.

En su vida cotidiana, además, la doma no es solo competencia: es trabajo. En su día a día trabaja como domador.

Adentro del festival: presión, gente y una arena enorme

Jesús María no es un escenario íntimo. No es un ruedo de pueblo. Es un monstruo. Y la presión se siente.

“Se siente un poco de presión… imaginate que una noche habían treinta y pico mil personas. Es una barbaridad”.

Treinta mil personas. Una multitud que mira, grita, exige, celebra. Y el jinete, en el medio, tratando de que el ruido no le entre en la cabeza.

Pero también hay algo que empuja: el deseo. “Es lindo. Es lo que a uno le gusta”, dijo. “Si bien te da un poco de presión, uno trató de disfrutarlo a su manera”.

No hay manual para eso. Cada uno lo atraviesa como puede. Algunos se achican. Otros crecen. Agustín, por lo visto, creció.

“No es maltrato”: la defensa de una cultura y un oficio

En tiempos donde la discusión sobre el bienestar animal está cada vez más presente, la doma también queda bajo la lupa. Agustín no esquiva el tema. Lo enfrenta.

“Por ahí siempre dicen que hay maltrato animal, que los caballos tratan mal…”. Y responde con una imagen concreta: “Los pingos viejos son ocho segundos que están ahí y después pasan una vida comiendo”.

Ocho segundos. Y después, la vida. “Tranquilos”, agrega.

Y pone un ejemplo que invierte la mirada: “A veces ves por ahí caballo viejo flaco pasando mal realmente, trabajando de repente. No es tan así como lo dicen”.

Lo que pide, en el fondo, es que se entienda el contexto. Que se mire con honestidad. Que se separe el prejuicio del conocimiento.

Representar a Treinta y Tres, estar en Rocha y sentirse acompañado

Aunque hoy vive en Rocha, Agustín se presenta como olimareño. No por formalidad, sino por afecto. “Me parece lindo representarlo.... como te dije, no es mi pueblo, pero es un pueblo al que yo quiero mucho”.

Durante los días del festival, sintió el apoyo desde Uruguay. “Tuve muchísimos amigos, viéndome y alentándome. Muy contento y muy agradecido”.

Ese apoyo, muchas veces, es lo que sostiene cuando la presión aprieta.

A los gurises que sueñan con competir afuera, les deja un mensaje directo, sin poesía de más: “Que le den adelante. Esto es un camino bastante complicado, pero hay que darle adelante. Cuando la cosa no está saliendo tan buena como queremos, hay que pelearla… y siempre todo se da”.

En su camino hubo alguien que lo marcó. Un amigo que funcionó como guía. “A mí quien me marcó el camino, bastante, fue José Adémar Olascoaga”, dice.

Y al hablar de dedicatorias, no se centra en sí mismo. Se abre. “A todo el pueblo uruguayo”, responde, cuando se le pregunta a quién dedica el logro. “A todos los que confiaron en mí y a todos los que me apoyaron”.

El regreso: la caravana, los kilómetros y la emoción

Si el campeonato fue el pico deportivo, el regreso fue el pico emocional.

“Lo más lindo y emocionante fue llegar a casa y encontrarme con un montón de gente conocida que venía de lejos”, contó.

No era un saludo rápido. Era una señal. “Hubo gente que hizo muchos kilómetros para hacer una caravana para mí”.

Ahí se le quiebra un poco la voz, aunque no lo diga. Porque hay cosas que pesan más que un trofeo: que alguien se mueva por vos, que te espere, que te celebre como propio.

Ese fue, para él, el momento más fuerte.

En Jesús María, el premio tiene forma. Y tiene historia. “A los campeones les dan una rastra”, explicó que es el patrimonio de la fiesta. La rastra como símbolo, como herencia, como objeto que no se compra con dinero porque representa un lugar ganado. Además, hay premio económico. Pero si se le pregunta qué pesa más, no hay dudas: lo que pesa es el camino, la gente, el nombre, el orgullo.

Después de un título así, la vida cambia. Y aparece la pregunta inevitable: ¿y ahora qué?

Agustín siente que no le llegó presión. Le llegó empuje, motivación: “De tratar de dar más de lo que uno puede”.

Y lo dice con sinceridad: “Dan ganas de seguir. Dar lo mejor”.

Su próximo gran objetivo está claro. No lo dice como promesa, lo dice como sueño. “El objetivo más grande que siempre tuve fue Prado”.

El Prado, en Uruguay, es palabra mayor. Es un escenario donde la doma también se vive con intensidad, con tradición y con prestigio.

“Es bastante complicado”, reconoció. Pero no se baja. “Si Dios quiere”, dice cuando se le pregunta si se va a presentar.

Al final de la entrevista, se le pide resumir el campeonato en una palabra. Y ahí se queda sin respuesta. No porque no tenga qué decir, sino porque hay experiencias que no entran en una sola. “Fuá, me mataste”, dijo, riéndose.

A veces la mejor palabra es el silencio. O la emoción que no se acomoda.

Lo que sí le sale, clarito, es el agradecimiento. “Agradecerle a toda la gente que confió en mí, a todos los amigos que me apoyaron y que mandaron fuerza. Estoy muy agradecido con eso”.

Y con eso alcanza.

Porque en el fondo, la historia de Agustín Miraballes no es solo la historia de un campeón. Es la historia de un gurí que se crió con caballos, que se subió con miedo la primera vez, que ganó y se inspiró, que trabajó, que se preparó, que viajó por primera vez al festival más exigente, que aguantó caballo tras caballo sin perder ninguno, que sintió la presión de una arena con treinta mil personas, que se complicó una noche y se quedó arriba igual, que defendió su oficio cuando le hablaron de maltrato, que volvió a Uruguay y encontró una caravana esperándolo.

Ocho segundos pueden parecer nada. Pero a veces, en ocho segundos, se juega una vida entera.

Y Agustín, esta vez, se quedó.

Licenciada en Comunicación por la Universidad ORT (2017) y máster en Dirección de Comunicación Corporativa (2024). Desde agosto de 2020 forma parte del equipo de Rurales El País. Actualmente colabora con la revista de la Asociación Rural y produce el programa #HablemosdeAgro, que se emite los domingos por Canal 10. Además, acompaña a empresas del sector agropecuario en el diseño y la implementación de sus estrategias de comunicación. Anteriormente trabajó como periodista agropecuaria en El Observador y fue productora del programa radial Valor Agregado, en radio Carve.

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