La tentación de reducir la realidad a categorías simples no es nueva, pero hoy parece haberse convertido en norma. En un mundo complejo, interdependiente y lleno de contradicciones, insistir en ver solo blancos y negros es una forma cómoda -y peligrosa- de no mirar los grises.
Y esa realidad está llena de matices. Solo hay que tener la cabeza un poco más abierta de lo que es usual en estos momentos y aceptar que suele haber parte de la verdad en las distintas visiones del mundo. Claro, es más fácil posicionarse en una de las trincheras, escuchar solo lo que se dice y escribe desde el “bando amigo” y demonizar a los antagonistas.
En el caso de la exportación de vacunos en pie pasa algo de eso. Hay argumentos sólidos y consistentes tanto desde el lado de quienes promueven esta opción comercial -fundamentalmente productores ganaderos- como desde quienes la denostan, caso de algunos empresarios frigoríficos (no todos) y de la gremial de trabajadores de la industria frigorífica.
Lo que corresponde es poner en la balanza argumentos a favor y en contra de esta corriente comercial y llegar a una conclusión que defina una política que no sea en beneficio de uno o dos de los eslabones de la cadena cárnica, sino del sector en su conjunto. Y que no tenga en cuenta solamente el corto plazo, sino una mirada larga, indispensable para un sector como el ganadero que, por razones biológicas, es de ciclos extensos. Una decisión tomada hoy repercute en lo que sucede en el balance de oferta y demanda en tres o cuatro años.
Turquía es desde hace unos 15 años el principal destino de los vacunos que salen vivos por la frontera. Desde el sector frigorífico se argumenta que la competencia es desleal, porque el país euroasiático impone aranceles prohibitivos para la importación de carne, por lo que no pueden competir con el envío de vacunos en pie. Y es cierto. Animales nacidos en el país, en lugar de ser recriados, engordados y faenados en Uruguay, son aprovechados por industrias fuera del país con las que, por motivos arancelarios, no se puede competir. El año pasado el ministro de Ganadería, Alfredo Fratti, intentó prohibir la exportación de novillos formados que fueran destinados directamente a faena en otro país. La decisión fue rápidamente rechazada por el ministro de Economía, Gabriel Oddone, y esta posibilidad sigue vigente, aunque no es demasiado utilizada. El año pasado salieron 33 mil vacunos con destino directo a faena.
Ahora bien, ya ha transcurrido un tiempo prudencial como para analizar en retrospectiva el impacto de la exportación en pie sobre la actividad de la industria frigorífica. Y, en realidad, la faena, con sus lógicas oscilaciones, no ha dejado de crecer. En el quinquenio entre 2011 y 2015 -cuando se dio el primer impulso en las exportaciones en pie a Turquía, que motivó que el ministro Aguerre en un momento “encajonara” los permisos de exportación- se faenaron en el país 2,08 millones de vacunos. Diez años después, en el quinquenio 2021-25, se faenaron en promedio 2,41 millones de vacunos, 330 mil cabezas más, un aumento de 16%.
Por lo tanto, no solamente no se vio resentida la cantidad de animales que llegan a plantas de faena, sino que creció de forma significativa. Hubo un año, 2020, en el que la industria sintió fuertemente el impacto del récord de exportaciones de terneros en pie en 2018, más de 420 mil cabezas, la amplia mayoría terneros. Pero parece claro que no se pueden tomar decisiones de largo plazo a partir de lo que ocurre en uno solo de quince años.
El crecimiento en la cantidad de animales faenados responde directamente a un mayor nacimiento de animales. El principal sector beneficiado por la posibilidad de exportar en pie es el criador, al ampliar el abanico de posibilidades de venta, incluyendo opciones fuera de la región. Por lo tanto, eventuales dificultades climáticas podrían ser salvadas con la “válvula de escape” que significa colocar la producción en mercados extra regionales.
No es casual que el último año la cantidad de terneros destetados haya sido la mayor de la historia. Por segunda vez se superaron los 3 millones y es probable que cuando se den a conocer los datos de mediados de 2026 se esté nuevamente muy cerca de esa cantidad. Y las vacas entraron con buena condición corporal al entore que se está llevando adelante ahora. Más allá de la sequía en la mitad sur del país, el grueso del rodeo de cría se encuentra en los departamentos norteños, por lo que es factible que el destete de 2027 vuelva a ser numeroso.
En 2025, de acuerdo con los datos difundidos por el Instituto Nacional de Carnes, la exportación en pie alcanzó el segundo máximo registro de la historia, solo por debajo de aquel 2018. Se embarcaron 371.210 animales.
¿Podrá esta cantidad generar un problema similar al de 2020 para la industria? En principio, no parece probable. Primero que nada, porque la base es más amplia. Los terneros destetados en 2018 fueron 2,76 millones; este año fueron 277 mil más. Pero, además, por la composición de la exportación en pie. No fueron solamente terneros, sino que se vendieron novillos, tanto para engorde como para faena directa, así como también hembras para reproducción. Por lo tanto, la cantidad de terneros embarcados en pie fue significativamente inferior a la de 2018, tanto en valor absoluto como -más aún- en la proporción de los terneros destetados.
Es obvio que la exportación en pie no es la única decisión de política que ha permitido un desarrollo significativo de la ganadería uruguaya en el primer cuarto de este siglo. La política sanitaria, la apertura de mercados y la avidez del mercado internacional por esta proteína han apuntalado el crecimiento sectorial. Pero sin la exportación en pie el avance hubiera sido menor.
Se deben reconocer los puntos negativos, pero en el saldo la exportación en pie es una herramienta esencial para el desarrollo de la ganadería, utilizada por todas las ganaderías desarrolladas, y que aporta previsibilidad al eslabón más débil de la cadena: el criador.