Sabido es que las cosechas de verano van a ser muy complicadas. Quitando el arroz, que además se realiza en zonas del país donde no existe el doble cultivo y es gran beneficiario de ser en un 100% regado, las trillas de soja, maíz y sorgo van a marcar en líneas generales una muy pobre campaña. Para el maíz, se estima que las producciones de primera fueron perdidas casi en su totalidad, y a la espera de lo que pueda suceder con las trillas de segunda y con diferentes estudios que puedan poner “números al dolor” y estimar a ciencia cierta la cantidad de dinero perdido, se puede asegurar que las chacras a cosechar serán muy pocas y además con magros rendimientos.
En el caso de la soja sucede lo mismo: exceptuando lugares puntuales del país donde las lluvias fueron algo más benevolentes o aquellos casos por supuesto donde se pudo hacer cultivos con riego, la cosecha será mala. Y por mala hablamos de los lugares donde ya sea la soja o el maíz se pudieron trillar, porque en muchos casos fueron alimento para el ganado o se hicieron fardos para enfrentar un invierno que mínimamente asoma como muy desafiante para el forraje.
Pero la agricultura también se da por ciclos, y a diferencia de los plazos biológicos que se dan en la ganadería, cada 6 meses existe la posibilidad de volver a poner una semilla en el suelo y estar en carrera de nuevo. Esto sucede con la colza, el trigo y la cebada, los cuales además de brindar optimismo hacia lo que se viene, llegan con un empuje muy bueno luego de al menos 3 zafras excelentes tanto en rendimientos como en precios, aunque algo intervenidas por los costos.
La colza, la cual en algunas chacras del país ya se está empezando a sembrar, ha sido la gran revelación del invierno pasado, ya que con casi 350.000 hectáreas en todo el país se transformó en el principal cultivo de invierno. Este crecimiento, que duplicó y siguió de largo frente a la superficie sembrada y cosechada en 2021, seguramente se calme de cara al 2023. Esto se da por las recomendaciones de no repetir colza sobre chacras que la tuvieron el invierno pasado, se da también por la posibilidad de elegir dónde sembrar después de un año seco y, entre más aspectos, porque los crecimientos explosivos en algún punto dejan de ser sanos y requieren de la cautela del productor para no volver a caer en errores del pasado. En el ambiente, se estima que la superficie va a ajustar a la baja, pero indudablemente de todos modos se va a sembrar en un área muy importante y seguirá siendo un cultivo clave en las rotaciones con las gramíneas.
En el caso del trigo, cultivo histórico a nivel país, se estima que haya otra vez un crecimiento, ubicándose quizás en una superficie que esté cerca de las 300.000 hectáreas. Para la cebada las malterías probablemente vuelvan a incrementar sus planes comerciales y, sumado a la siembra de variedades forrajeras, nuevamente crezca la superficie del cultivo.
Esperando lo que pueda suceder con los precios, con costos algo más benevolentes y atención a lo que pase en caso de tener una primavera algo más lluviosa, todos los actores de la cadena se preparan para una buena siembra de invierno y comenzar a jugar el partido de vuelta.