Opinión

El agro impulsa la economía y el empleo

En plena pandemia, con las dificultades y tristezas que ésta trae, el agro está en una etapa de bienvenido crecimiento, tanto para quienes están vinculados al sector, como para toda la sociedad. El aporte en empleos e ingresos es enorme.

Nicolás Lussich /Ing. Agrónomo MBA / Periodista

Las exportaciones de bienes -en las cuales es predominante la producción agropecuaria y los agronegocios-, sumaron casi US$ mil millones en el pasado mes de mayo, cifra 60% superior a la del mismo mes del año pasado. El aumento es impactante, aun reconociendo que la base de comparación es baja por el impacto inicial de la pandemia en 2020. Vayamos pues al acumulado de los primeros 5 meses del año, para tener una visión más completa de lo que viene sucediendo con las exportaciones: entre enero y mayo se registraron ventas al exterior de bienes por más de US$ 4 mil millones, 30% más que en 2020 y – lo que es más significativo- casi 10% por encima de lo registrado en 2019 en el mismo período. Así, el desempeño exportador cuantificado en dólares, ya está claramente por encima de los niveles pre pandemia.

Con este escenario, el Uruguay está nuevamente ante la oportunidad de configurar un avance económico importante, en la medida que casi todos los productos que exporta se han valorizado notoriamente en el mercado internacional, a lo que se agrega un crecimiento en los volúmenes en varios rubros. Así, son muchos los sectores en alza y eso le da una mayor firmeza a la tendencia (cuadro).

Circunstancias financieras favorables – baja tasa de interés, dólar débil- son factores relevantes para explicar el nuevo escenario, pero lo sustancial es la firmeza en la demanda por alimentos y otros productos agropecuarios, que liderada por China se extiende a otros compradores. Todo indica que esta etapa de altos precios va a persistir -al menos- hasta el año próximo inclusive. Más todavía si -de una vez- se logra superar la pandemia y EEUU y Europa afirman su crecimiento.

El desempeño exportador es, seguramente, el mejor lado que muestra hoy la economía uruguaya, sumado a las buenas condiciones financieras e institucionales. La confianza que genera Uruguay -a pesar de las dificultades por la pandemia- ha permitido al país mantener costos financieros bajos, lo que mitiga el impacto financiero del déficit y la deuda estatal, y facilita las condiciones de crédito para las empresas, en especial las más impactadas por las medidas de restricción que impone la circulación del virus.

Es inocultable el significativo contraste que se está planteando entre los sectores que mantienen dinamismo como el agro, la construcción y – obviamente- las tecnologías de la información, respecto de los sectores de servicios que han visto truncada su actividad, como el comercio presencial, la gastronomía, el turismo y el entretenimiento. El gobierno ha dispuesto paliativos para moderar el impacto de la pandemia en estos últimos; son ayudas, no soluciones. El cambio de fondo vendrá cuando la circulación del virus se reduzca y permita a dichos sectores retomar niveles razonables de actividad. Por ahora, la situación es definitivamente complicada, con decenas de fallecidos diarios, más allá del persistente y exitoso avance de la vacunación.

En la discusión política pública, hay quienes piensan que los sectores exportadores deberían aportar, dado su momento de crecimiento, para el resto de la sociedad. Al respecto hay noticias: ya lo están haciendo, y en decenas de millones de dólares.

¿Derrame o valor agregado?

En el campo trabajan directamente más de 100.000 personas, considerando productores y trabajadores rurales. Dispersos por todo el territorio, tal vez no llenan el ojo para las miradas superficiales, pero constituyen una parte sustancial de la sociedad. Es cierto que el número de productores ha tenido un descenso en décadas previas (no tanto en los últimos años), con el simultáneo aumento en la escala de los establecimientos, pero la producción -tomando períodos amplios- ha aumentado en casi todos los rubros, salvo excepciones que confirman la regla.

En consecuencia, las actividades directamente vinculadas a la producción del campo tienen más dinámica: las agroindustrias ocupan – como mínimo- otros 50.000 trabajadores: frigoríficos, molinos, industrias lácteas, packing de fruta, aserraderos, plantas de celulosa, bodegas, etcétera., suman miles de puestos de trabajo que se ven apuntalados por este nuevo escenario de mejores precios, más allá de las diferencias entre sectores. Es esperable que el empleo en estos ámbitos aumente y también las horas trabajadas.

A todo esto hay que agregar la actividad vinculada a la provisión de insumos para la producción agropecuaria y agroindustrial: agroquímicos, fertilizantes, productos veterinarios, raciones, insumos industriales, etc., buena parte de los cuales se elaboran en Uruguay generando más empleo y valor agregado. Y por supuesto- no puede olvidarse el transporte: si bien este año faltarán toneladas de soja, cada mejora en el rendimiento y expansión en las áreas agrícolas, en la remisión de leche, en las cabezas faenadas o en las toneladas de fruta cosechadas, son más viajes de camión, cargas y descargas. Así, las ventas de camiones están en un récord; son más ingresos y jornales para miles de trabajadores.

Hay quienes llaman a esto el “derrame” de la producción agropecuaria. Entiendo el concepto, pero me resulta un poco indolente, accidental, como si fuera un sobrante. Lejos de eso, todo el referido encadenamiento de actividades genera valor en cada eslabón, con productividades que en la mayoría de los casos han ido aumentando sostenida y firmemente. En la producción agropecuaria eficiente no se derrama nada: las trillas tienen que levantar la mayor cantidad de grano posible, cortando lo más abajo que se pueda sin afectar la calidad, la leche tiene que mantener sus atributos desde el tambo hasta el barco, los ganados y la carne que producen se tiene que aprovechar al máximo, desde los cortes de restaurante hasta lo más populares, todo vale y genera ingresos.

En realidad, percibo que lo del “derrame” se asocia a un prejuicio mayormente silencioso pero bastante acendrado en parte de la población del Uruguay, especialmente la urbana. Ese prejuicio supone -gran disparate- que la producción el campo, mal que bien, se hace sola: las vacas pastan, tienen sus terneros, los novillos engordan y cuando están prontos van para la faena, sin mucho esfuerzo; la soja que llena las tolvas y luego los silos, se genera cuando hay tierra y se echan unas semillas encima, luego sólo resta esperar. Esa percepción radicalmente equivocada de la producción ha tenido más recientemente a la forestación como nueva víctima: los árboles crecen solos, están allí, más altos cada año, y cuando llega el momento se talan y se venden.

Es todo un cuadro falso: para producir carne primero hay que tener genética, luego tecnología reproductiva eficiente, que permita a los rodeos una productividad mínima rentable; además, una base nutritiva de campos, praderas y raciones eficiente, para lo cual se necesita manejo y fertilización, instalaciones, mucha inversión. Lo mismo para el resto de las producciones: se precisan cosechadoras, sembradoras, insumos de alta tecnología, genética vegetal, semilleros, viveros, asesoramiento profesional, etc. etc. Manejar un establecimiento agropecuario es hoy de las tareas más sofisticadas en la economía; y es un sector -por estructura y modalidad- de baja rentabilidad.

El agro tiene hoy un escenario auspicioso, pero en la discusión pública tienden a olvidarse sus tropiezos y pérdidas, que son muchas, especialmente por la volatilidad del clima y los precios. En un rápido racconto, hay que recordar que buena parte de los frigoríficos tuvo pérdidas en los últimos ejercicios. Que muchos productores lecheros quedaron por el camino. Que los productores forestales que plantaron pino las tuvieron muy difíciles. Que la soja tuvo rindes muy malos este año, para la mayoría de los productores. Y el futuro inmediato no está exento de adversidades: el petróleo sube y ya es insostenible el actual precio del gasoil. La Niña u otros contratiempos climáticos pueden volver. El panorama político global puede dar sorpresas.

Aun así, el sector va a aportar más a la sociedad y en la recaudación, a través de los impuestos a la renta e -indirectamente- por el mayor consumo y actividad. El nuevo escenario, además, viene de la mano de un afloje del dólar que modera la inflación y permite mejorar el poder adquisitivo, que viene bastante golpeado. No es derrame, es crecimiento genuino. E inclusivo.