El viernes, el petróleo cerró casi en 117 U$S/barril Brent, un nuevo máximo de los últimos meses, con un escenario de alta incertidumbre y conflictos persistentes en Medio Oriente, que aumenta la probabilidad de qué el precio se mantenga en estos niveles o incluso siga subiendo. La peripecia petrolera es difícil de predecir y particularmente volátil, como se ha visto en los últimos años (gráfica) con el impacto de los vaivenes de la propia economía global y de las guerras y conflictos.
Pero hace muchos años que no coincidía este aumento en el precio del crudo, con el simultáneo, aumento en la tasa de interés mundial, reflejo -entre otras cosas- del creciente nivel de endeudamiento de los países, que el propio FMI ha advertido como insostenible en su trayectoria: las principales economías tienen que comenzar a corregir esta trayectoria de crecientes déficits; lamentablemente el escenario en Europa y EEUU no muestra síntomas de un cambio en ese sentido. China, por su parte, mantiene un crecimiento bastante superior pero claramente inferior al de años atrás, lo que también complica.
Todas estas cuestiones afectan a los distintos sectores, entre ellos los agronegocios: el petróleo aumentando los combustibles, los fertilizantes y los fletes, costos de alta incidencia en la actividad agropecuaria y agroalimentaria; la tasa, aumentando el costo del financiamiento.
El efecto simultáneo de estos factores no es fácil de calibrar. El aumento del petróleo suele ser alcista para los granos, cuyos productores requieren de precios mayores para sostener la oferta, de lo contrario -tarde o temprano- se reduce la producción. Algo similar ocurre en el mercado lácteo, donde además muchos grandes importadores son también petroleros.
Pero en el escenario actual el asunto es más complejo: con economías debilitadas y el consumo poco dinámico, el aumento de precios en los surtidores es un golpe más doloroso de lo habitual para los consumidores. Si a eso se suma el aumento en las tasas (con impacto en crédito, hipotecas, etc.), el efecto es más fuerte aún. Pero además, el escenario es de conflictos agudos y guerras que -en lugar de atenuarse- parecen recrudecer, tanto en Medio Oriente como en el Este europeo (Rusia-Ucrania). Estos conflictos elevan la incertidumbre y los riesgos, lo que retrae las decisiones de inversión y consumo, desde el turismo hasta la tecnología.
En Uruguay el efecto de estos movimientos globales llega con las particularidades propias del país. Sin producción propia de crudo, como sí tienen nuestros grandes vecinos, la política de combustibles ha intentado moderar el impacto del aumento del petróleo manteniendo el gasoil por debajo de la paridad de importación, a costa de un precio de la nafta muy elevado. Así, el costo del gasoil para el productor uruguayo es hoy similar o inferior a lo que costaría importarlo (el precio es similar a Argentina y algo superior a Brasil). Aún así, por lo dicho al comienzo de la nota, será difícil evitar una nueva suba de combustibles en noviembre.
En el plano financiero el crédito a los productores ha estado disponible para seguir la actividad, a pesar de los golpes de la última sequía. Por esto es clave que las siembras se sostengan, para repagar y recomponer la posición financiera de la producción ante los bancos.
Rubro a rubro.
A las puertas de las siembras de soja, y de las cosechas de cultivos de invierno, los precios internacionales de los granos han tenido una corrección a la baja que -si bien no es drástica- le quitan lustre al buen nivel de precios que teníamos hace algunas semanas. La corrección más fuerte se vio en el trigo, que acumula casi dos meses de bajas consecutivas, con una caída de 11% en el último mes en Chicago. El precio local de referencia para la próxima cosecha se acerca a 215 U$S/ton puesta en planta. En el caso de la colza y la soja -principales, cultivos de invierno y verano, respectivamente- la baja en el precio ha sido más moderada y se mantienen con valores por encima del año pasado, en el entorno del 10% para la colza y del 20% para la soja. La baja reciente de los precios se explica principalmente por proyecciones de producción mayores a las previamente informadas.
En el sector cárnico los precios se han vuelto a afirmar para los ganados con destino a faena y en la reposición. El precio promedio de exportación que informa INAC quedó levemente por debajo de los 6.000 U$S/ton eq carcasa en el último mes móvil, una leve baja respecto a las semanas previas, pero aún así un excelente precio en términos históricos, lo que se refleja en el precio a los productores.
En efecto, el valor real del novillo gordo -descontado el efecto de la inflación (gráfica)- está muy cerca de sus máximos históricos, con la fortaleza agregada de que el escenario actual parece bastante más sólido que cuando hubo precios similares o superiores, pero con alta volatilidad (años 2021, 2022). En la Expo SIAL París que culminó esta semana -y coincidió con los graves disturbios en la capital francesa- se reflejó la preocupación por la situación económica europea y cómo eso puede impactar en la demanda de carnes. Pero es una preocupación respecto a las dificultades de sostener los muy altos niveles de precio recientes (con el Hilton argentino tocando 20.000 U$S/ton), no por un poco probable viraje en las condiciones básicas del negocio.
También ha habido una mejora en el precio internacional de la leche en polvo -principal producto de exportación de Uruguay- mientras el sector lácteo está procesando un importante aumento de la producción este año, a pesar de que el clima de las últimas semanas ha moderado el fuerte empuje de remisión de los tambos. Se estima una producción récord en 2026.
De manera que -con las condicionantes que siempre impone el clima- todo indica que el agro volverá a ser relevante para sostener la actividad económica en Uruguay. La sequía frenó el impulso agrícola en el primer semestre del año, y eso afectó al PIB. Ahora toca al agro retomar ritmo en siembras, ordeñes, cosechas y faena, ante una actividad económica general que muestra debilidad.