Hay amaneceres que se pintan solos. El reflejo del sol sobre el lomo de una vaca, la neblina sobre los potreros de San José, el silencio de una sala de ordeñe antes de que empiece la jornada. Sofía Arias los conoce bien. Los observa todos los días, los vive y, cuando encuentra un momento entre las obligaciones del tambo, los transforma en cuadros.
A sus 44 años, esta productora lechera maragata combina dos mundos que parecen distantes, pero que en su vida siempre estuvieron unidos: el arte y la producción agropecuaria. Su historia está marcada por cambios de rumbo, desafíos económicos, inundaciones, pérdidas y también por una capacidad de resiliencia que la llevó a reconstruirse más de una vez.
Nació y creció en Montevideo. Hija de una profesora de dibujo, pasó buena parte de su infancia rodeada de libros de arte, láminas y pinceles. Mientras otros niños jugaban, ella observaba a su madre corregir trabajos de sus alumnos y se sumergía en las páginas de grandes pintores.
“Desde muy chica siempre estuve empapada de arte”, recordó en diálogo con Rurales El País.
Pero junto a esa sensibilidad artística convivía otra pasión. En la casa familiar de Parque Batlle había un gran jardín donde nunca faltaron los animales. Cabras, perros y otras especies formaban parte de la rutina cotidiana. Sin saberlo, allí comenzaba a gestarse otra vocación que años después terminaría definiendo su vida.
Al terminar el liceo se inscribió en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Lo hizo incluso contra la voluntad de sus padres, convencida de que el arte sería su camino. Sin embargo, la experiencia no resultó como esperaba.
“Yo buscaba una formación más clásica, más de la vieja escuela, y no la encontré”, contó.
Mientras cursaba Bellas Artes comenzó también una licenciatura en Gestión Agropecuaria en la Universidad de la Empresa (UDE). Poco a poco entendió que vivir exclusivamente del arte en Uruguay podía resultar muy difícil y empezó a explorar otras alternativas.
La oportunidad apareció casi por casualidad. Recién recibida encontró un aviso buscando jóvenes para trabajar en tambos de Nueva Zelanda. Se presentó, fue seleccionada y emprendió un viaje que cambiaría su vida.
Aquella fue su primera experiencia laboral en el campo y también su primer contacto real con la lechería. “Me fui sin más conocimientos que los teóricos que me había dado la facultad”, recordó.
El trabajo era duro, exigente y demandaba largas jornadas. Sin embargo, quedó fascinada por la actividad. Allí descubrió la complejidad de un sistema productivo que iba mucho más allá del ordeñe.
Tras permanecer algo más de un año en Nueva Zelanda regresó a Uruguay con una idea fija: hacer producir un pequeño campo familiar ubicado en San José. Ya no volvió a Montevideo.
Primero instaló un tambo de cabras. Ordeñaba a mano, elaboraba quesos y aprendía sobre la marcha. Vendía leche, luego quesos y acumulaba experiencia mientras soñaba con dar el siguiente paso.
Ese paso llegó en 2011. Un vecino decidió liquidar su rodeo y le vendió unas diez vacas. Así nació el tambo bovino de Sofía Arias.
Los comienzos fueron complejos. El establecimiento tenía una característica que condicionaría su futuro: era un campo inundable, ubicado junto al río San José. Aun así, el emprendimiento logró crecer lentamente y consolidarse.
Hasta que llegó 2016. Las históricas inundaciones de aquel año cambiaron todo. “El agua nos pasó literalmente por arriba”, recordó.
La creciente arrasó con instalaciones, reservas y parte del ganado. Las pérdidas fueron enormes y el desgaste emocional todavía mayor. “Llegó un momento en que escuchaba llover y ya no podía dormir”, confesó.
La situación se volvió insostenible. Con una hija pequeña y atravesando además una separación, tomó una decisión difícil: vender el campo.
La operación recién se concretó en diciembre de 2023. Mientras buscaba una nueva oportunidad, alquiló sus vacas con la intención de recuperarlas más adelante y seguir vinculada a la actividad. Fue entonces cuando el arte volvió a ocupar un lugar central.
Durante los dos años que demoró la aprobación de un crédito del programa Tambo Joven, impulsado por la Asociación Nacional de Productores de Leche y el Banco República, Sofía encontró tiempo para reencontrarse con una pasión que había quedado relegada durante más de una década.
Se incorporó al taller de un reconocido artista de San José y volvió a pintar. “Descubrí que había un talento que había tenido completamente tapado”, dijo.
Los cuadros comenzaron a surgir uno tras otro. Primero aparecieron retratos de su hija, criada prácticamente en el medio rural. Luego llegaron las vacas, los caminos, los atardeceres, los paisajes y escenas cotidianas del campo.
La fotografía se convirtió además en una herramienta fundamental. Cada imagen tomada durante las recorridas del establecimiento se transformaba luego en inspiración para nuevas obras. “Encuentro inspiración en las luces, los colores, los amaneceres, los atardeceres y en los animales”, explicó.
En muchos de esos cuadros también aparece una intención clara: acercar al público urbano una realidad que muchas veces desconoce. “Quería mostrar mi vida en el campo”, señaló.
Finalmente, el crédito llegó y el nuevo tambo comenzó a tomar forma. No fue sencillo. La construcción de las instalaciones se demoró, algunas vacas alquiladas no pudieron recuperarse y fue necesario recurrir a nuevos préstamos para recomponer el rodeo.
Aun así, el proyecto volvió a ponerse en marcha. En abril del año pasado comenzó remitiendo apenas 500 litros día por medio a una quesería cercana. Hoy la producción ronda los 1.500 litros diarios y desde hace casi un año entrega leche a Conaprole.
“Vamos de a poco, con cautela, pero bien”, resumió.
Su rutina actual combina la maternidad, la gestión del establecimiento y el trabajo en el tambo. Mientras un empleado y su pareja colaboran en la mañana, ella se ocupa de la administración y de su hija. Después del mediodía llega el turno del ordeñe, la alimentación de los animales y las tareas de campo.
Y cuando queda algún espacio libre, vuelve a los pinceles. No vive de la pintura. Tampoco pretende hacerlo. Esa libertad le permite crear lo que realmente le interesa. Recientemente recibió un encargo especial: realizar una obra para los 90 años de Conaprole. “Fue muy motivador, no solo como artista, sino también como tambera”, contó.
Al mirar hacia atrás, Sofía encuentra un hilo conductor entre ambas vocaciones. La pintura y la lechería exigen constancia, paciencia y perseverancia. Cuanto más se practica, mejores son los resultados. Cuanto más se insiste, más posibilidades hay de avanzar.
Pero si tuviera que resumir el principal aprendizaje que le dejaron los dos caminos, elegiría uno solo. “La capacidad de adaptarse. De no rendirse. De entender que, aunque pase algo espantoso, lo vas a poder superar”, expresó
Quizás por eso sus cuadros y su tambo cuentan la misma historia. La de una mujer que aprendió a reconstruirse una y otra vez, transformando cada dificultad en una nueva oportunidad para seguir creando.