El ingeniero agrónomo Gabriel Ciappesoni, genetista e investigador del instituto, recordó que la primera evaluación comenzó en 2018, en la estación experimental INIA La Magnolia, donde se instaló una plataforma especialmente diseñada para medir el consumo individual de cada animal. “Los primeros animales fueron del Secretariado Uruguayo de la Lana, pertenecientes a las líneas resistentes y susceptibles a parásitos. Después continuamos con nuestras majadas Corriedale que integran los núcleos de INIA y posteriormente la Sociedad de Criadores Corriedale fue la primera raza en incorporarse formalmente llevando sus propios carneros para ser evaluados”, explicó el profesional.
Desde entonces, el programa fue creciendo tanto en volumen de animales como en la información generada. Según Ciappessoni, “este año comenzará la cuarta prueba específica para la raza Corriedale, y eso demuestra que esta característica ya empezó a incorporarse dentro de los programas de mejora genética de la raza”. El objetivo ya no es únicamente medir cuánto produce un animal, sino también cuánto necesita consumir para lograr esa producción y cuál es su comportamiento respecto a las emisiones de metano.
GENÉTICA: Durante muchos años la eficiencia alimenticia fue un concepto reservado casi exclusivamente para sistemas intensivos de producción. Sin embargo, el trabajo desarrollado en INIA apunta justamente a trasladar ese conocimiento hacia los sistemas de producción a campo natural.
“Hoy todavía no tenemos una evaluación genética propiamente dicha para esta característica, pero sí contamos con una evaluación fenotípica. Eso significa que conocemos el comportamiento individual de cada animal” explicó. En este sentido recordó que “en la Expo Prado incluso hacemos una entrega de premios donde distinguimos al lote más eficiente y al que presenta menores emisiones de metano. La idea es promover el uso de esta herramienta mientras terminamos de desarrollar la evaluación genética, que esperamos lanzar entre fines de este año y comienzos del próximo”, indicó.
Para el investigador, la incorporación de esta información representa un cambio profundo en la selección de reproductores. Hasta ahora, los criadores elegían principalmente por peso, producción de lana, finura, conformación o fertilidad. En los próximos años comenzarán a sumar otra variable, la capacidad de producir exactamente lo mismo consumiendo menos alimento.
METANO: Uno de los principales cuestionamientos entre los productores es la utilidad de medir emisiones de metano en un país donde la producción ovina se desarrolla mayoritariamente sobre campo natural. El investigador reconoce que esa pregunta aparece con frecuencia, pero sostiene que el planteo parte de una visión incompleta del problema.
“Durante mucho tiempo el mensaje fue que Uruguay no era parte del problema porque produce sobre campo natural y porque si no hubiera ovejas o vacunos habría otros rumiantes ocupando esos ecosistemas. Pero nosotros creemos que también podemos ser parte de la solución. Podemos contribuir reduciendo emisiones y, al mismo tiempo, generar ciencia de nivel internacional. Ese es el verdadero desafío”, afirmó.
El investigador sostiene que la reducción del metano no debe analizarse únicamente como una exigencia ambiental, sino como una consecuencia natural de mejorar la eficiencia productiva. “Cuando logramos animales más eficientes, que consumiendo la misma cantidad de alimento producen más carne o más lana, automáticamente también estamos reduciendo las emisiones por unidad de producto. Eso ya tiene un beneficio económico directo para el productor, independientemente de que exista o no un premio comercial por emitir menos metano”, dijo Ciappessoni.
Ese concepto constituye uno de los pilares del proyecto de investigación. No se trata de producir menos para contaminar menos, sino exactamente lo contrario: producir más utilizando mejor los recursos disponibles.
EFICIENCIA: El genetista insiste en que el mayor incentivo para incorporar esta tecnología no proviene de eventuales exigencias de los mercados internacionales, ni de sobreprecios por hacer algunas tareas adicionales en el predio, sino de la propia rentabilidad del establecimiento. “Lo importante es que el productor ya puede obtener un resultado económico sin depender de que aparezca Si tiene un sistema más eficiente, con animales que convierten mejor el alimento, automáticamente tendrá un sistema más rentable y, además, estará reduciendo las emisiones. Por suerte esas dos características están asociadas y generan beneficios económicos, productivos y también ambientales”, destacó.
Las mediciones actuales se realizan en INIA La Magnolia, donde existe una plataforma de fenotipado intensivo equipada con comederos automáticos capaces de registrar exactamente cuánto consume cada animal, lo cual difiere de la realidad de los sistemas pastoriles sobre campo natural. En este sentido, Ciappessoni indicó que, en los trabajos realizados en la estación experimental, “cada animal consume alfalfa en comederos automáticos y allí podemos conocer exactamente cuánto come. Claro que eso no representa al campo natural, que es el ambiente donde vive la mayoría de nuestros ovinos. Ese es el primer paso; el siguiente consiste justamente en trasladar ese conocimiento hacia los sistemas comerciales”, explicó.
El investigador adelantó que ese “próximo paso” ya está planificado en proyectos internacionales en los cuales participa la institución y “será salir a medir metano directamente en establecimientos comerciales. Allí trabajaremos con animales que están sobre campo natural o sobre las pasturas que tenga cada productor, incluyendo tanto machos como hembras. Eso nos permitirá validar la información obtenida en condiciones reales de producción y generar datos directamente vinculados al sistema pastoril uruguayo”. Ciappesoni señaló que “hoy, supongo que el comportamiento será similar, pero científicamente todavía no puedo afirmarlo. Lo que necesitamos calcular son las correlaciones genéticas entre ambos ambientes” por lo cual “para responder esa pregunta necesitamos medir miles de animales en ambos sistemas”.
Australia, Nueva Zelanda y Uruguay hablan el mismo idioma
El programa de investigación actualmente forma parte de una amplia red internacional integrada por algunos de los principales países productores del mundo. Australia y Nueva Zelanda lideran buena parte de estas investigaciones y Uruguay participa activamente aportando información generada sobre sus propias majadas. Esa cooperación permitirá, por primera vez, comparar directamente el comportamiento genético de animales criados en diferentes continentes. Según explicó Ciappessoni, los primeros análisis muestran que nuestro país se encuentra en niveles muy similares a los de esos grandes referentes internacionales.
“Parcialmente ya tenemos algunos análisis y, aunque todavía existen diferencias metodológicas entre los países, podemos decir que estamos en niveles muy parecidos a Australia y Nueva Zelanda. Lo que ocurre es que todavía hay una alta variabilidad entre predios y aún debemos profundizar el conocimiento a nivel genético”.
La similitud no sorprende, por que las principales razas utilizadas en los tres países comparten una larga historia genética y han intercambiado reproductores durante décadas. Por esa razón, el investigador espera que las diferencias futuras respondan más al manejo y al ambiente que al potencial genético.
Uno de los proyectos internacionales donde participa Uruguay es INBREEDING, una iniciativa liderada por Australia que reúne información genética de distintas razas ovinas para estudiar eficiencia de consumo y emisiones de metano. Dentro del programa participan animales de las razas Merino australiano, Merino Dohne, Corriedale y Texel, entre otras razas. El investigador explicó que el intercambio de datos ya comenzó y “seguramente el primer paso sea justamente una evaluación genética conjunta entre Australia, Nueva Zelanda y Uruguay para la raza Merino en emisiones de metano. Ya estamos intercambiando información y eso nos permitirá conocer realmente cuáles son las diferencias genéticas entre los distintos países, aunque personalmente creo que serán muy pequeñas porque, desde el punto de vista genético, estamos trabajando prácticamente sobre la misma población”, sostuvo. Para Ciappesoni, la creación de una base genética común representa un salto cualitativo muy importante.