Opinión

Vamos al campo

La producción del agro y el desarrollo local tienen una capacidad de integración humana tan potente como subestimada, que bien vendría potenciarla ante los problemas sociales actuales.

Ing. Agr. Nicolás Lussich.

Esta semana El País y otros colegas divulgaron un informe sobre el empleo de los extranjeros en Uruguay, elaborado por la representación empresarial en el BPS. El informe busca ponerle números al reciente aumento de los trabajadores inmigrantes en Uruguay, que llegan principalmente desde Venezuela y Cuba. Según los datos, hay casi 36.000 trabajadores extranjeros registrados en el BPS, un 2,3% del total. Es una cifra modesta pero apreciable, si se considera que hay -además- cierto nivel de informalidad -difícil de cuantificar.

Según el informe, más del 10% de los trabajadores extranjeros se desempeñan en el agro, el segundo sector en importancia luego del comercio. Es un dato particularmente interesante que desmiente -una vez más- la tan reiterada como equivocada afirmación de que el agro no genera empleo. En realidad, es muy al contrario y los datos lo están mostrando; y lo de Uruguay no es excepcional: en otros países del mundo (EE.UU., Reino Unido, etc.) llegan al campo miles de trabajadores de otros países, consiguiendo empleo con relativa facilidad.

El dato abona otra tendencia más general: el empleo en el agro -que había retrocedido fuerte en años previos- parece estabilizarse e incluso muestra un leve repunte, aunque aún en niveles bajos, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística. No hay una explicación clara ni única para esto y solo podemos esbozar algunas hipótesis. Que responda a una nueva dinámica del campo no parece razonable: los problemas de la agricultura y la lechería aún son serios y si bien la ganadería está mejor parada (lo mismo que la forestación) difícilmente compense lo anterior. Otra explicación posible es la reubicación de trabajadores desde otros sectores (principalmente la construcción), que tomaron mucha gente que dejaba el agro y ahora vuelve. Esto estaría exponiendo una virtud del sector rural, que es su capacidad de reincorporar personal con relativa facilidad, más allá de las circunstancias. Algo clave atento a los problemas de integración social que tenemos en el país.

Hay otra tendencia en el mundo del trabajo que también tiene su impacto en el campo y -especialmente- en las localidades del país más allá de Montevideo. Se trata de la relocalización de empleos motivada por las tecnologías de la información. Es bien sabido que, hoy por hoy, buena parte de los empleos (programación, diseño, procesamiento de datos, call centers, etc.), no dependen del lugar donde se hagan, sino del servicio que ofrecen. En el caso de un servicio de datos para un banco o una empresa de turismo, por ejemplo, poco importa si se localiza en EE.UU., Argentina o Maldonado, siempre que el servicio cumpla lo exigido. Esto abre oportunidades nuevas para lugares donde -aun manteniendo un importante vínculo con la producción del agro, como Salto, Paysandú- hay gente y soporte como para responder a estas demandas. Así lo reflejaba un informo del suplemento El Empresario, en su última edición: empresas de software uruguayas que localizan parte de sus equipos de trabajo en Maldonado, Colonia, San José y hasta Bella Unión. Gente joven con buenos ingresos que trabaja para el mundo desde su pago, mejorando las oportunidades y la dinámica económica.

Son elementos para un escenario más alentador que sería aún mejor si se levantan algunas trabas más de fondo. Es innegable que el Estado tuvo y tiene un rol para apuntalar estas tendencias. Desde iniciativas como el Ceibal hasta la expansión de la fibra óptica, pasando por la UTEC y otras, colaboran para dar soporte a todo esto. Sin embargo, muchas veces anda de reflejos lentos. Esta semana estuve en Dolores, la pujante localidad agrícola que se levantó luego del trágico tornado y ahora busca recomponerse por el golpe de la sequía. Las ganas sobran, pero los liceos aún no están reconstruidos. ¿Qué pasa con el presupuesto estatal que no puede hacer algo tan obvio, cuando ya pasaron 2 años? Y es un ejemplo entre varios. A pesar del trabajo de las intendencias y la OPP, y la instalación de los municipios, aún falta para mejorar la efectividad del gasto a nivel local, donde la centralización ineficiente (en educación y salud) está llegando a niveles inaceptables, en especial si consideramos los recursos tecnológicos de hoy.

Asimismo, la política laboral ha jugado más en contra que a favor, facilitando el predominio de actitudes sindicales confrontativas que retraen el empleo. Y no es casualidad que a los sindicatos con este perfil (no son todos) el campo no les gusta: los trabajadores no están todos juntos en una fábrica (hay que trabajar más para sindicalizar y convencer), y los discursos demagógicos prenden menos. Tampoco les gustan mucho los nuevos sectores innovadores, como los vinculados a la informática, de horarios flexibles, trabajo sin locación definida o en el hogar, enfocados en el producto.

Por otra parte, el accionar de la justicia laboral deja que desear, con un sesgo anti-empleador que se vuelve recurrente, aún ante casos de delitos flagrantes de trabajadores. Es necesario cambiar esto para que el escenario del empleo mejore.
La realidad actual de muchos pueblos y ciudades del país es muy complicada, con empresas que cierran, problemas de rentabilidad y empleo en baja, con la inseguridad en alza. En este escenario, la producción agropecuaria y el desarrollo local en todo el país tienen una capacidad de integración social tan potente como subestimada. Bien vendría potenciarla, pero no “eligiendo sectores” productivos en base a criterios dudosos (con empresas que terminan fundidas y hay que seguir financiando), sino mejorando el acceso a la educación, la salud y la infraestructura. Del resto se encargan los uruguayos, que no son ningunos atorrantes.

Es recurrente -y triste- escuchar que los inmigrantes consiguen empleo por su mejor predisposición al trabajo, puntualidad y actitud; en desmedro de los locales. Pero con este concepto no hay que pasarse de rosca: naturalmente el inmigrante tiene una actitud más proactiva que el local, ya instalado. Esto no quiere decir que los uruguayos no tengamos ese mismo potencial; queda demostrado por los miles de compatriotas que tuvieron que emigrar durante las crisis, y trabajar de sol a sol para recomponer su situación en otros países.
Aquí también se puede.

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