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El esfuerzo hace el camino...

42 años como colono: la historia de José Berriel

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José Berriel junto al fruto de su trabajo: sus vacas en producción y parte de su numerosa familia

Manuela García Pintos

Cuando José Berriel tenía 22 años y estaba terminando sus estudios de mecánico tornero, -ya entregado a la vida urbana- su hermano se inscribió en un llamado a licitación del Instituto Nacional de Colonización (INC) para obtener una fracción de campo de lo que hoy es la Colonia Treinta y Tres Orientales, en Fray Marcos.

Afortunadamente, accedió a una fracción de 95 hectáreas e invitó a José a participar del proyecto: “Me gustaría que te quedaras”, me dijo. “Nosotros teníamos un tambito muy pequeño en un área muy chica y por eso me fui a la ciudad”, narró.

“Me costó aceptar porque ya me había hecho a la vida urbana; pero volví, analizamos la oportunidad y aceptamos la fracción”, contó.

Según recordó, fueron tiempos muy difíciles porque, en ese entonces, el INC solamente entregaba la fracción con el pozo y el alambre perimetral. No había carreteras ni caminos de balastro, debiendo llegar a caballo o con la bicicleta de a tiro. Tampoco se contaba con los servicios básicos -ni hablar de energía eléctrica-, pero ni siquiera había un panadero.

Fueron más de 40 familias que llegaron a la zona con los mismos problemas. De todas formas, siguieron adelante y, de a poco, el camino de la colonia comenzó a desarrollarse.

“Hubo gente que anduvo muy bien, otros que no llegaron. Culturalmente era muy difícil porque veníamos de distintas partes del país y, aunque parezca mentira, cada pago tiene sus costumbres y había gente que se hacía una idea de otra cosa. Nosotros, gracias a Dios, anduvimos bien”, comentó.

Como eran dos hermanos recibieron una fracción de 95 hectáreas y arrancaron con una producción de 40 vacas que, en el mejor de los casos, obtenían 15 litros de leche. “Para lo que había, éramos eficientes”, dijo.

En la medida que las familias se fueron instalando comenzó la evolución de la zona. Llegaron los primeros almaceneros, después la energía eléctrica. La transformación del lugar fue total porque “la que trae los cambios”. Eso es una gran verdad.

“Era mucho trabajo y sacrificio. Cuando llegaron los tanques de frío nos cambió la vida. Fuimos de los primeros en traer grupos electrógenos y con ello fuimos transformando la forma de trabajar.

Fue un camino largo en el trabajo de campo, llevando el agua a las parcelas, cambiando todo referente a la producción, porque vimos que a mejor bienestar mayor era la producción”, contó.

Años más tarde, cuando José se casó, se separó de su hermano quien se quedó con las 95 hectáreas.

José tuvo la oportunidad de comprarle la fracción de campo a un vecino. Ahora produce en un predio de 162 hectáreas, y tiene en ordeñe unas 220 vacas con una producción de 30 litros.

Hoy, con 64 años y seis hijos, José Berriel es colono propietario. Tres de ellos trabajan activamente en el tambo: uno en el campo, otra como veterinaria y la tercera es la contadora.

“La herramienta de colonización es fundamental porque radica la gente en el campo. La sociedad uruguaya no puede renunciar jamás a ello”, dijo. Además, sostuvo que es vital tener un instituto dinámico, que no se ate a ninguna ideología sino que traspase los gobiernos y tenga políticas de Estado a largo plazo.

“A los 12 o 13 años de fundada nuestra colonia con lo que habíamos producido habíamos desquitado la inversión que la sociedad uruguaya había puesto”, señaló.

“El productor tiene que aportar para desarrollar la producción. Luego se le puede vender la tierra y el instituto tendrá un recurso para darle a otro, pero tiene que venderle al colono cuando esté en condiciones y, con eso, seguir comprando más tierras para dar más oportunidades”, agregó.

Finalmente, Berriel comentó que cuando se cuenta con una base, avanzar es más fácil: “Elegí colonización para criar a mis hijos y mi familia colonizó el predio”, concluyó.

Manuela García Pintos
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