Historias que son cuentos

En tiempos de conga y otras yerbas…

Troteando de tardecita, en una típica vuelta a las casas, Luis, uno de los peones, dice: “¿te acordás Milagros cuando pasaban los tres meses de vacaciones acá, y todas las noches armábamos campeonato de conga?”.

Hubiera sido tan solo comentario casual si al mirarlo no me hubiera encontrado una mirada tan nostálgica como el sentimiento que generó en mi, cuando tras las pregunta se dispararon los recuerdos de todos los que veníamos de a caballo.

 

Milagros Herrera.

“Cuando en Semana Santa se domaba, siempre escuchando la radio chiquita para estar al tanto de lo que pasaba en el Prado o en el Roosevelt con los conocidos, los jinetes de la zona”… recordó uno.  Y me acordé de Alcides Acosta, de Los Clavijo y de tantos otros.

“Cuando los domingos venía  Don Filomeno de los Santos  con sus más de 14 perros a cazar  porque habíamos encontrado rastro de chancho en  la semana”, dijo otro.  Y los aprontes de la noche antes, las levantadas de rastro falsas y las batallas grandes con los colmilludos vinieron  a la memoria. Me acordé cuando Filomeno hijo, absolutamente enceguecido tras un chancho se tiró al arroyo crecido a degollar a uno y nosotros niños lo mirábamos como héroe.

Eran otros tiempo, muchas cosas cambiaron. De hecho lo que cambió fue la forma de vida en campaña.

Son muchas las estancias donde no se prende la económica de madrugada para esperar a la gente que se va levantando a churrasquear.

Son muchas más las que dejaron la charla de fogón, e incorporaron la tele. Así, estamos muchas veces más enterados de lo que le pasó en el mundo a alguien que no conocemos, que lo que le pasó en el día al compañero que le tocó salir para otro lado del campo.

La indiscutible herramienta comunicacional del celular nos distrae hasta en el campo con cada whatsapp que llega. Por eso, no es de extrañar que cada vez haya menos de aquellos que sabían en un rodeo de cría, cuál ternero era hijo de cuál vaca, o describían exactamente cómo es el novillo que falta en una tropa, o sabían dónde para el ganado, dependiendo de la hora en tal potrero.

Recuerdo en la seca del 89, cuando el viejo capataz me dijo al pasar por un pozo de agua: “¿ve el pozo mija? Cuando ese pozo se seca, es que la cosa se complica. No te olvides, porque cuando yo me jubile nadie lo va a saber”.  El mismo que nos pegó bruto reto cuando pensamos en ir al pueblo con mi hermano de a caballo por primera vez y no habíamos tusado los caballos.

“¡Si se va al pueblo se va bien montado, bien ensillado y prolijo!, que va a decir la gente?”, nos dijo.

Seguramente esta cercanía, con la moda a través de la tecnología y la facilidad con la que podemos  llegar a centros poblados o ciudades, también cambió la típica vestimenta paisana.

Solo en alguna fiesta de jineteadas o evento parecido logramos ver hombres vestidos de gaucho a la vieja usanza. Pilchas buenas, hechas para muchos años  y seguramente anhelada por su propietario por un buen tiempo. Hablo de aquellas pilchas que se portaban con orgullo, y eran tan Orientales como sus perchas. Lo mismo sucedió con los aperos. Evolucionaron dicen unos, se abrasileraron dicen otros, lo cierto es que distan bastante de aquellos recados que ensillados con primor y cuidado lucían los hombres de no hace tanto tiempo atrás.

Épocas en que se iba una vez por mes al pueblo, y el que iba avisaba con tiempo, porque todos tenían algún encargue. Desde galleta de campaña, a velas que siempre faltaban, a caramelos zabala que venían envueltos en papel de astraza como un pequeño tesoro. Es que había que aprovechar, no se sabía cuando había viaje de nuevo.

En esos tiempos, de vez en cuando los vecinos se visitaban y quien recibía las visitas prepara pasteles , algún bizcochuelo, o pizza saliendo del típico menú mensual, es que era un motivo de festejo. Posiblemente, y si las actividades lo permitían nos volvíamos a encontrar en bastante tiempo, cuando haya una fiesta en el pueblo, feria, yerra o por alguna desgracia.

Por eso el tiempo de estadía de las visitas se valoraban realmente, todo se hacía en función de éstas.

Entre un recuerdo y otro, carcajada va carcajada viene, miradas cómplices por algunas diabluras de la juventud fuimos llegando a las casas.

Entré derecho al galpón a desensillar, pensando en que años atrás me pegaría un baño e iría a tomar mate para comentar los sucedidos del día. Seguramente alguno sacaría los naipes y retomaríamos la conga que dejamos anoche con un último re enganche a 99.  Ensimismada en mis pensamientos y ya bañando la yegua sin apuro, un ruido de motor interrumpió mis pensamientos.

Allá va Luis en su moto, y de poco los otros rumbo al pueblo, ya no ensillan los caballos domingueros. Mañana antes de las 6 estarán de vuelta.  Ya no hay campeonato de conga, son otros tiempos.