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Trabajo rural: forma de vida, pilar indispensable del país

Cada 30 de abril, día previo al 1° de mayo se conmemora en Uruguay el Día del Trabajador Rural

Manuela García Pintos

Cada 30 de abril, día previo al 1° de Mayo (Día Internacional de los Trabajadores) se conmemora en Uruguay el Día del Trabajador Rural. Acontece desde 2013, según lo dispuso la ley N° 19.000. Ese día es un feriado no laborable pago para trabajadores que desempeñen labores rurales.

Según la Encuesta Continua de Hogares (ECH – INE) de 2012, la actividad económica vinculada al agro, la forestación y la pesca, ocupa al 8.62% del total de personas ocupadas del país, siendo la tercera actividad económica en términos de ocupación.

Según el estudio, una característica de los asalariados rurales es el bajo nivel educativo que poseen, donde prácticamente el 53% tiene seis o menos años de educación formal.

Se sabe también que Canelones y Salto son los departamentos que concentran mayor cantidad de asalariados rurales (11.61% y 10.19% respectivamente), seguidos por Paysandú (7.30%) y Florida (7.01%). Por el contrario, Flores y Maldonado son los lugares con menor cantidad de asalariados rurales (1.73% y 1.47%).

En 2008 la ley N° 18.441 limitó la jornada laboral y estableció descansos intermedios, entre jornadas y semanales para los trabajadores rurales. La duración máxima de la jornada de trabajo es de ocho horas diarias y 48 horas semanales por cada seis días trabajados. El horario en el establecimiento rural o empresa son determinados por el patrón, en función de los ciclos productivos.

El pasado viernes, considerando esta conmemoración, el ministro de Ganadería Agricultura y Pesca, Carlos María Uriarte, fue una de las autoridades que, al igual que empresas e instituciones del sector, homenajeó a los trabajadores rurales, recurriendo a las redes sociales.

“El campo y la naturaleza, para dar sus frutos precisan de amor, trabajo y consideración. El trabajo rural no conoce de feriados, es por eso necesario tener un día para reflexionar acerca de lo que hacemos, y agradecer a quienes lo hacen. Feliz Día del Trabajador Rural!”, escribió el secretario de Estado en Twitter.

Un gran porcentaje de nuestros lectores, afortunadamente, son trabajadores rurales. A todos ellos extendemos el saludo y reconocimiento del equipo de El País, además del profundo agradecimiento por ser la gran máquina que mueve a Uruguay.

“Hasta que el cuerpo aguante…”

Dogomar Carballal, capataz

Alfredo Dogomar Carballal tiene 63 años y trabaja en la estancia Batoví en Rivera como capataz de campo.

Su infancia transcurrió en estancia La Magdalena que casualmente hoy pertenece a sus patrones actuales.

En ese tiempo el dueño era un francés y su madre fue a trabajar como cocinera para poder criar a sus seis hijos.

Sus estudios primarios los comenzó en Gomensoro y terminó en Paso Farías, en Artigas.

El recorrido hasta la escuela rural más cercana, en ambos casos, lo hacía atravesando los montes a caballo, junto a parte de sus hermanos.

No pasaron muchos años desde el momento en el que empezó a largarse a trabajar con los peones de estancia.

De joven confesó ser “medio andariego” y trabajó en varios lugares y en diferentes oficios.

Esquiló durante 11 zafras, tres de ellas en Brasil (porque la paga era mejor), trabajó en construcción -a pesar de que dijo no ser de sus changas preferidas-, tropeó mucho tiempo y también participó en varias comparsas de alambradores de país.

Con el transcurso de los años comenzó a tener mayor estabilidad y, de hecho, el pasado 10 de abril cumplió 22 años de trabajo en la estancia Batoví, pero 26 trabajando con la misma firma.
“La vamos llevando. Es lo que hay y era lo que había en aquel momento. Así me fui quedando. Una vida misma de peón”, señaló “El Dogo”.

Si bien le parece “un atrevimiento” decir que es guasquero, en su tiempo libre le gusta trabajar con “la cuerda campera” elaborando diferentes artesanías.

En junio cumplirá 64 años y queda menos para su jubilación, aunque espera poder trabajar “hasta que el cuerpo aguante”.

15 años de changa y sigue contado…

Pablo Echart, alambrador

Pablo Daniel Echart trabaja en una empresa ganadera del norte del país. Vive en Rivera, tiene 43 años y hace unos 15 que trabaja en el mismo establecimiento.

Todo lo que sabe lo aprendió de la gente de campo, desde las tareas de peón rural hasta el oficio de alambrador.

Cuando era niño su padrastro, que era mayordomo de una estancia, los mandaba a él y a sus hermanos a ayudar a los alambradores, y así fue como se hizo ducho en la tarea.

Actualmente trabaja como contratista de alambre. Tiene una cuadrilla de dos personas, aunque confesó que hacen todo tipo de trabajo. Cuando le “pegan el grito” Echart se pone en campaña.

Según contó, en diálogo con Rurales El País, tuvo la oportunidad de terminar sus estudios primarios, pero a temprana edad optó por el trabajo. De chico tuvo que “salir a buscar el peso en las estancias” y no pudo completar la secundaria.

Aunque dijo desconocer la importancia real de su trabajo en la cadena productiva, valoró el simple hecho de tenerlo, sobre todo, para poder sustentar a su familia. “Le doy de comer a mis hijos y puedo vivir con eso. Además, me gusta lo que hago. Es un trabajo con el que me siento identificado.

No solo hacemos alambre en el campo, hacemos carpintería rural, tubos de ganado, techos de los baños, de galpones, de todo un poco. Disfruto de ello”, aseguró.

La amistad alcanzada a lo largo de estos años es su mayor logro: “Los patrones, los capataces y los peones son de la planta y eso uno mismo siembra y cosecha”, dijo.

Su empleo actual, que lo mantiene hace 15 años, se lo consiguió su ex patrón quien le alertó que ese lugar estaban precisando gente para hacer una changa de alambrador. “A los 10 años me volví a cruzar con ese señor y me preguntó cómo iba la cosa, haciendo referencia al trabajo. Le dije que ‘sigo en la changa’. ¡Pa! Que te salió buena esa changa”, recordó.

El miedo que acecha a la trayectoria

Sergio Botta, productor lechero

Pablo Sergio Botta Perrone tiene 52 años y vive en Canelones, en la zona de La Cadena. Es productor lechero de toda la vida; su padre inició el tambo con 18 años, es decir hace 65 años está en el rubro. Hoy, con 82, hay que cuidar que no se vaya a buscar a las vacas por su cuenta.

El establecimiento lo lleva adelante junto a su hermanos. La historia familiar se forjó junto al campo, porque sus abuelos paternos y maternos eran agricultores.

“Venimos de generación en generación de agricultores, la siguieron dos generaciones lechera, pero estamos con miedo de que está sea la última, por la dureza del campo”, lamentó.

La mala racha que atraviesa la lechería, con varios años con cuentas que arrojan números en rojo, es lo que más preocupa a este trabajador rural. “Me temo que estamos frente a la última generación en el tambo, porque mis gurisas están estudiando otras cosas. No sé si dará mucho futuro más de nuestra familia en el tambo”, señaló.

Son muchos los factores que lo hacen disfrutar del tambo. En primer lugar, mencionó el hecho de que la lechería le permite tener una empresa familiar con la cual ha criador a su familia. Además, sostuvo que pertenece a un sector dinámico, pujante y unido. 

“Con la lechería, se puede vivir de algo que genera recursos para mucha gente. Toda la logística que funciona alrededor de la lechería es muy grande y ser parte del engranaje a uno lo compromete y lo disfruta”, señaló. 

Sin embargo, no dejó de reconocer que ese compromiso genera un agotamiento muy grande y, sumado a los pocos recursos que a veces devuelve en términos de rentabilidad, desmotiva.

“Espero que no sea en el corto plazo que tenga que dejar el sector, pero de hacerlo seguiría en ganadería. El cariño por el ganado es muy grande. Ya que hace 50 años en lechería no podría seguir en otra cosa”, concluyó.

 

Los derechos y deberes del trabajo rural en un solo manual

Este viernes 30 de abril, Día de los Trabajadores Rurales, se lanzó el “Manual de Trabajo Rural”, cuya elaboración pertenece a los abogados Felipe Lasarte y Diego Longa. El libro se llevó adelante dado que “no existía un solo documento” que contemplara toda la normativa referida al trabajo rural para que los allegados al sector, tanto empleadores como empleados, pudieran informarse sobre sus derechos y sus obligaciones.

Lo que existía hasta el momento era alguna guía básica del Ministerio de Trabajo, que además, no era clara dado que utilizaba un lenguaje muy técnico.

“Vimos que hay un vacío. Un 8% del total de la mano de obra de Uruguay está vinculado al trabajo rural. Un 8% de los trabajadores, sin contador trabajo indirecto, no tenían un lugar al que acudir para ver sus derechos, sus aportes al BPS. Fue analizar las normas y compilarlas en una sola”, contó Felipe Lasarte, autor del manual.

La obra está dirigida a todos los vinculados al trabajo de campo tratando los derechos y deberes de forma sistematizada y práctica, consolidando las normas aplicables.

“Es de fácil lectura para todo el que quiera interiorizarse y tratar objetivamente las normas. En general dijimos ‘estos son los derechos, estas las obligaciones y esto es lo que dicen las normas’. Solamente en caso de dudas hubo una opinión”, agregó.

En términos generales, el abogado sostuvo que Uruguay “está bien” en cuanto a legislación rural.

Desde su punto de vista existe una normativa extensa, aunque si bien es un problema del derecho general uruguayo, “hay muchas resoluciones leyes, decretos leyes” que complican “llegar a la fuente.

El manual lo editó la Fundación de Cultura Universitaria y puede adquirirse por la web o en Montevideo, en 25 de mayo 583.