Opinión

Alerta interior

El desempleo fuera de Montevideo superó el 10% en marzo y refleja los problemas económicos en varios departamentos. Mejoras en ganadería y proyecto UPM pueden paliar la situación, pero se precisan soluciones de fondo.

Ing. Agr. Nicolás Lussich.

Los últimos datos de la encuesta de hogares que actualiza todos los meses el INE (Instituto Nacional de Estadística) reflejan una tendencia preocupante de deterioro en el mercado de trabajo, especialmente en el denominado “interior” del país. El “interior” es un concepto bastante equivoco porque incluye regiones muy diversas: Maldonado, Canelones, San José, Paysandú, Tacuarembó, etc., con potenciales y dificultades distintas, difíciles de comparar, pero que han acumulado golpes varios. La crisis Argentina complicó al turismo, lo que afecta al Este del territorio y también a departamentos como Colonia y el litoral, donde los ingresos por turismo son parte importante de la actividad.

Asimismo las dificultades de la agricultura complican la actividad en varios lugares, pese a que las cosechas están mejor este año. Por su parte, los problemas que han tenido las agroindustrias lácteas y arroceras, afectan el empleo en varias localidades, lo mismo que otros sectores agroindustriales o de la industria en general (automotriz, química, alimentaria). Cuando una planta vinculada a estos sectores cierra o reduce actividad, el comercio en la localidad correspondiente también recorta empleo, tarde o temprano.

De todas formas, el deterioro del empleo no se debe a una sumatoria de hechos aislados, sino a la falta de competitividad de la economía. La producción en nuestro país está enfrentando límites por excesivos costos, tanto a nivel energético como a nivel laboral y de infraestructura. Esto ha sido reiteradamente diagnosticado y -lamentablemente- el problema se expresa ahora con más crudeza en el mercado de trabajo. La cifra puntual de marzo es especialmente preocupante, aunque debe tomarse con cautela porque los datos mensuales suelen ser particularmente volátiles.

¿Por qué retrocede el “interior”, mientras Montevideo -al menos en el último año- no muestra la misma tendencia? Es posible que al resto del territorio le haya tocado peor suerte que a los negocios de la capital, pero mi hipótesis es que los problemas de competitividad de la economía uruguaya se expresan primero en el interior, para luego “llegar” a Montevideo. No sería la primera vez que sucede.

Si es así, los últimos datos de empleo del INE son una verdadera alerta. Están mostrando que las empresas no pueden ampliar su plantilla de trabajo y en muchos casos deben reducirla, para subsistir. Y los problemas de empleo son la peor cara de las dificultades de la economía: es genuino aspirar a un mejor ingreso, pero si eso no está respaldado por costos sostenibles y niveles de productividad suficientes, es finalmente el empleo el que baja, con el riesgo de que se agudicen los problemas sociales que enfrenta Uruguay.

En este sentido, hay otros datos del INE que suman a la preocupación: del 9,5% de desempleo registrado en marzo (promedio nacional), 8 puntos corresponden a desempleados propiamente dichos, es decir, gente que tenía trabajo, lo perdió y -hasta ahora- no ha podido reencontrarlo; es un máximo en muchos años. Además, aumenta especialmente el desempleo entre los mayores de 25 años y entre jefes de hogar.
Cuando se analizan las cifras por sectores (cuadro), los datos también son expresivos: hay un retroceso importante en sectores como la construcción, la propia actividad agropecuaria y el servicio doméstico, mientras crecen la salud, las finanzas y -especialmente- la administración estatal. Son indicios de que a los sectores productivos les está costando sangre, sudor y lágrimas sostener los servicios sociales y al Estado.

¿Puede cambiar la situación en los próximos meses? El espacio para el optimismo es acotado pues el escenario regional es adverso y el global tiene incertidumbres. Además, nuestra economía tiene problemas propios, que no se solucionan de un mes para el otro.
Sin embargo, el sector ganadero se muestra fortalecido por demanda y precios firmes, apuntalados por la crisis sanitaria en China, que la ha obligado a salir a comprar carne a un ritmo insospechado. Uruguay va a aprovechar eso con sus limitaciones pero también con su gran potencial: hay espacio para aumentar el área y la productividad de las pasturas de forma sostenible, generando empleo directo e indirecto en todo el territorio.
Por otra parte el proyecto de UPM -tanto en la construcción del ferrocarril como en la propia planta- tiene gran capacidad de generar empleo, si es que logran cumplirse todas las etapas. Son obras que demandan empleos calificados con buenos niveles salariales, que mueven toda la economía (consumo, servicios, etc.). Sin embargo, atento a lo sucedido en las últimas horas, confirmar la planta demorará un tiempo.

En cualquier caso, el proyecto de UPM expone con mayor claridad el problema de competitividad al que referíamos más arriba: si la reactivación del mercado de trabajo depende de negocios promovidos con intensidad a través del régimen de zonas francas y de beneficios varios que ofrecido el Estado -compartibles, si el objetivo es concretar esta importante inversión- decir que en el funcionamiento corriente de la economía tiene problemas importantes.

UPM y su zona franca – como el resto de las zonas francas de diverso tipo que hay en Uruguay- no son los únicos ámbitos promovidos con exoneraciones de impuestos: Uruguay tiene un régimen de promoción de inversiones amplio para facilitar proyectos a distintos niveles, de manera que es equivocado decir que se beneficia solo a UPM. En realidad, los finlandeses pueden concretar su proyecto porque han invertido millones en bosques, tienen alto desarrollo tecnológico, gran capacidad de inserción comercial global en la cadena de suministro de celulosa y un producto de calidad. Otros sectores con exoneraciones similares no prosperan y allí es donde los problemas de fondo de la economía uruguaya se expresan.

En el Uruguay hoy es difícil invertir porque -entre otras cosas- el Estado ha aumentado mucho su proporción en la economía, invierte muy poco y cuando lo hace recurre a endeudamiento, como es el propio caso del ferrocarril, varias obras de caminería y vialidad, y también obras a nivel municipal.

En los últimos años el Estado se ha volcado a expandir el gasto vinculado a beneficios sociales, iniciativas que -tomadas punto por punto- resultan de general compartibles, pero que resultan difíciles de sostener si no se priorizan en un presupuesto sostenible.

Un aumento del gasto como el que se ha dado, sin una mejora sustancial en la competitividad de la economía en todos sus niveles (productividad, comercio, inversión) no es sostenible. Los que pierden el trabajo y no lo encuentran lo tienen claro.