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Milagros, la esquiladora que no conoce límites

Porque ser mujer rural nunca fue un impedimento: la historia de Milagros Rodríguez, la esquiladora de 23 años

Milagros Rodríguez ganó el concurso realizado por la cooperativa El Fogón para mujeres esquiladoras de todo el país.
Milagros Rodríguez ganó el concurso realizado por la cooperativa El Fogón para mujeres esquiladoras de todo el país.

En muchos casos vivir en el campo siendo mujer todavía es un límite. Afortunadamente cada vez ocurre menos y las nuevas generaciones llegan para romper todos los estereotipos. Las mujeres rurales pretenden hacer mucho más que dulces caseros y hoy, por ejemplo, eligen ser parte de una comparsa de esquila. Si ha quedado demostrado que las mujeres no tenemos límites, entonces ¿por qué no hacerlo?

En el marco de su 60° aniversario, la Comisión de Educación, Fomento e Integración Cooperativa (CEFIC) de la cooperativa El Fogón invitó a todas las mujeres del país a participar de un concurso destinado a “mostrar su habilidad en la esquila y el entorno en el que viven y trabajan”.

El concurso lo ganó Milagros Rodríguez quien participó, en parte, para contar su experiencia de mujer en una máquina.

En dialogó con El País, Rodríguez comentó que hace tres años que sale a la zafra de esquila, pero que aprendió el oficio el año pasado. “Estoy muy conforme con el trabajo, me gusta y lo disfruto mucho”, contó la joven.

Milagros Rodríguez tiene 23 años, es de pueblo Zeballos, en Paysandú, y vive en el medio rural. Siempre ha estado en contacto con el campo y con los animales. Estudió en la escuela agraria y, tiempo después, tuvo la posibilidad de acceder a una fracción de tierra de Colonización, en donde integra el grupo Paso de los Carros, de la colonia Aníbal Sampayo. Acceder a las tierras fue una gran oportunidad de poder seguir trabajando en lo que le gusta.

“La tierra me permite trabajar en el rubro ovino, en el ganadero y en el agrícola. He alambrado, disfruto del trabajo con caballos. Ando en la vuelta de la doma, porque no creo que por ser mujer no lo pueda hacer”, explicó muy segura.

Tuvo la oportunidad de trabajar en la ciudad, pero no se adaptó al medio y fue entonces cuando empezó a incursionar en la esquila.

Así, tuvo que cocinar para 22 personas, pasó por las mesas de acondicionamiento; tuvo que barrer, enfardar y, finalmente, esquilar. Sabe lo que es traer y sentar a la oveja. Realiza todas las tareas en una máquina, porque está convencida que su condición de mujer no es una limitante.

“Creo que las mujeres rurales tenemos pocas posibilidades en el campo. Siempre terminas de cocinera en una estancia o de ama de casa teniendo muchos hijos”, comentó.

Sin embargo, Milagros encontró en la esquila su espacio. “La esquila es un trabajo zafral pero seguro, porque lo tenes todos los años”, señaló.

Está muy conforme con su trabajo y piensa seguir en esto por el apoyo y el respeto que tiene, que según dijo “es importante, pero no siempre se da”. No solo le gusta, si no que fue algo que eligió hacer, porque fue por decisión propia.

“Nadie me obligó, no fue por necesidad tampoco. Lo puedo hacer porque no tengo hijos, ni nadie que me lo impida. Por eso me gustaría seguir”, aseguró.

Milagros Rodríguez

La carrera. El primer año empezó pidiendo “voladas” al esquilador; le daban el cuarto de una oveja ya casi terminando, después le empezaron a dar la mitad de la oveja, hasta que aprendió a esquilar la oveja entera. Después le daban una o dos voladas de ovejas enteras y así, de a poco, fue aprendiendo. El año pasado se colocó un motor aparte y empezó a esquilar un cuarto entero, es decir, dos horas de trabajo. En el día los esquiladores realizan cuatro cuartos.

El año pasado hizo la escuela de esquila que el Secretariado Uruguayo de la Lana (SUL) realiza todos los años en diferentes establecimientos. Una vez finalizado, el instructor reparte los carnet. Primero hay que hacer la escuela de aprendiz y tras dos zafras de esquila se debe volver a realizar la escuela de perfeccionamiento, que es el carnet que sirve, por ejemplo, para viajar a España, lugar que algún día, cuando sea más profesional en el oficio, le gustaría trabajar.

Su padre, José Rodríguez, trabajó como instructor de esquila durante 14 zafras. Dejó ese empleo para formar su propia cuadrilla y fue quien este año le dio la oportunidad de trabajar en la máquina.

“Hice la escuela y este año papá me dio la oportunidad de agarrar una tijera y ponerme a esquilar. Yo estaba en las mesas, en el tema del acondicionamiento, pero este año pasé a esquilar”, contó.

Pero nadie dijo que el camino iba a ser fácil. Las primeras veces esquilando le costaba mucho encontrar la posición correcta del animal y, un error clásico, es colocar mal el cuerpo y hacer mal la fuerza.

Milagros Rodríguez

“Me acuerdo que papá se tomaba su tiempo. Me esquilaba una oveja bien despacito mostrándome cómo había que hacer todos los cortes. Así varias veces hasta que me salió, pero las ovejas me saltaban por todos lados, se me escapaban entre medio de las piernas todo el tiempo. Me dio mucho trabajo aprender. Yo hacía fuerza con un animal mal posicionado y en la tarde me dolían los brazos, las piernas, la cadera. A veces andábamos 15 días de corrido esquilando y cuando llegaba a casa a descansar las manos se me adormecían, los tendones y los músculos se arrollaban por hacer fuerza mal. Cuando le agarras la mano esas cosas dejan de molestar. Cuando aprendes a posicionar bien al animal, no haces fuerza y no sentís tanto el cuerpo”, contó.

Según dijo, a la gente “le llama mucho la atención” ver a una mujer trabajar en una cuadrilla de esquila, porque entiende que “las mujeres tenemos pocas oportunidades de empleo, o tomar decisiones”.

“La participación de una mujer no se ve reflejada, su trabajo no es reconocido. Se piensa que la mujer es para estar en la casa, haciendo tareas domésticas, pero no a todas les gusta esa idea de quedarse ahí. Hay gente que se sorprende, otra que te felicita, otra que se alegra. Eso motiva a seguir trabajando haciendo lo que a uno le gusta. Hay establecimientos en donde los capataces son macanudos, te tratan bien y te ofrecen un baño o un lugar donde dormir, pero hay otros que no les importa. Por eso quiero agradecer a mis compañeros que siempre me apoyan, me enseñan, respetan e incluyen. Este premio es también de ellos y de mi familia”, concluyó.

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