Rurales El Suplemento

Pablo Caputi: “No hay que temer a los acuerdos de libre comercio”

“La exportación de ganado en pie tiene señales muy contradictorias”; sin embargo, “mi formación económica es liberal y contraria a todo tipo de intervención”.

Guillermo Crampet / Martín Olaverry / Pablo D. Mestre

En la ganadería del futuro, Uruguay se sostiene con solidez de pilares interesantes para la competencia mundial. Se enriquece por su genética, la producción a cielo abierto, libre de hormonas y antibióticos; además de ser el primer país en América en transitar una exigente escalera de accesos sanitarios a los mercados, consideró el Dr. Pablo Caputi, gerente de Conocimiento del Instituto Nacional de Carnes y vicepresidente de la Oficina Permanente Internacional de la Carne (OPIC).

Sin embargo, entiende que hay amenazas y se deben atender en lo inmediato, para explotar el éxito sanitario del país, mejorar su posición y evitar problemas venideros. Puso énfasis en que se debe cambiar la inserción comercial, para eso hace falta conciencia para atender los reclamos del agro. Con una cultura y visión distinta de lo que es el sector, estas variables tendrían un manejo diferente.

– ¿Cómo visualiza la ganadería del futuro?
-Tenemos debilidades. La primera es la falta de conciencia agropecuaria. El Ministerio de Ganadería ha impulsado un programa, similar al que se desarrolla en Irlanda, que consiste en destinar una parte de los recursos para comunicar a la sociedad la importancia del agro en toda su dimensión: económica, social, cultural y ecológica; que se extenderá hasta que se haga carne en la sociedad que sin los agro negocios este país estaría muchísimo peor. Hay que destinar una parte de los recursos a conquistar, seducir y reconectar al ciudadano, que es consumidor de los productos derivados del campo pero en el día de mañana también es votante.

– ¿Cómo es en Irlanda?
– En Irlanda más del 85% de los entrevistados tienen una visión positiva de los agricultores y sus contribuciones en la economía del país. Eso no es casual, si lo dejamos a la libre interpretación eso no va a suceder. Si hacemos la misma encuesta en Uruguay hay un estereotipo de la agropecuaria que no resulta del todo positivo y no hace justicia a la realidad. Porque cuando uno demuestra a una persona hasta qué punto la matriz del país se enriquece con el agro, la gente reacciona positivamente. Pero se ha formado una costra que se debe romper. Por tanto, diría que la conciencia agropecuaria es la principal debilidad que trae como consecuencia a otras.

– ¿Cuáles serían esas otras?
– Si vamos a la gestión de la economía, siempre haciendo hincapié en los factores macroeconómicos: el tipo de cambio, las tarifas, los impuestos, el acceso a los mercados y la rigidez del mercado laboral; con una cultura o visión distinta de lo que es el agro y lo que podría ser, estas variables tendrían un manejo diferente. Hay que entender que los agro negocios antes que todo son negocios y después son agro. Por tanto, los ingresos deben ser mayores que los costos, y cada una de estas variables son importantes.

-¿Está faltando conciencia para atender a los reclamos del sector?
– Absolutamente. Y no es solo un tema de sensibilidad para el gobernante de turno, porque en el corto plazo y con las restricciones que tienen, tiran las frazadas a un lado y se van al otro. Entonces, en el corto plazo tengo pocas expectativas, son cuestiones de mediano y largo plazo, de ir cambiando el rumbo de dónde y cómo se van a destinar recursos y cómo se generan negocios y empleos genuinos.

– Mientras no se genere la conciencia, ser caros o no tener tratados de libre comercio con otros países, ¿representan una amenaza para la ganadería del futuro?
– Es una amenaza, no hay dudas. Si Uruguay no cambia su inserción comercial está en problemas, porque vamos viendo cómo otros países van mejorando su posición en los mercados.

– Otros países como Australia, por ejemplo…
– Claro, Uruguay se debe comparar con países más ricos y no más pobres, las soluciones no se buscan hacia atrás. En Australia encontramos un país más rico y de vocación agropecuaria. Y vemos que, al igual que Uruguay, es un país caro y la mano de obra es carísima. Sabemos desde hace diez o veinte años, cuando lo visitábamos, que el productor australiano diseñaba su sistema agropecuario para ahorrar en mano de obra porque un salario era de 3 mil a 4 mil dólares. Pero la diferencia es: Australia organiza todo su sector para, por ejemplo, penetrar a los mercados con mucha fuerza y conseguir ventajas arancelarias en esos destinos. Tiene una posición pro acuerdo de comercio para colocar sus productos de forma muy agresiva y profesional. Además, cuenta con gente destacada en los principales puntos de decisión. O sea, con esto no aspiro a que Uruguay sea más competitivo pagando menos salarios, quiero pagar más salarios que deben ser más productivos.

– Por tanto, Uruguay debe trabajar sí o sí para mejorar el acceso a los mercados…
– Es imprescindible. No hay que tener miedo a los tratados de libre comercio, los agro negocios son los grandes beneficiarios de esos acuerdos. Fíjate el logro de la diplomacia sanitaria, es un caso fantástico de éxito. Uruguay termina pulverizando el circuito de la aftosa. Pero ese gran esfuerzo sanitario se pierde si no se acompaña de un esfuerzo de diplomacia arancelaria económica, porque no explota todo su potencial. No es lo mismo entrar con el mismo arancel o con uno más bajo. Es la contraparte natural, el complemento perfecto, necesario y que sí o sí debe ocurrir.

– La clave es bajar los aranceles, en un contexto de altos costos… ¿Así imagina a la ganadería?
– Sí, exactamente. Pero además, el mejorar el acceso tiene otra ventaja que no se ve, pero explica parte. Si tengo un acceso más amplio, estable y definido me ofrece señales de mediano y largo plazo para intensificar los sistemas de producción ganadera. Muchas veces éstos no se intensifican por la dimensión de riesgo.

-¿Los acuerdos de libre comercio favorecen a la inversión?
– El productor ganadero de muchos años ha pasado por momentos difíciles y en general ha observado que aquéllos que siguieron políticas más conservadoras sobrevivieron a la crisis. Y aquél que se había embarcado en procesos de inversión fuerte y mejora tecnológica, lo agarraba un cambio en el precio relativo en el medio del proceso y lo dejaba afuera del juego. Eso generó una conducta de cautela a la innovación tecnológica, la tecnología de insumos y acelerar la máquina. Si se logra un mejor acceso para nuestra producción, podría ser una señal para intensificar y mejorar un poco la eficiencia productiva y hacer que se alivianen esos costos y mejore el factor de producción.

– En la medida que Uruguay acceda con menos aranceles a los mercados y aumente el ingreso divisas, proyecta un desarrollo en conjunto con la exportación de ganado en pie.
– Lo que pasa con la exportación de ganado en pie es que tiene señales muy contradictorias. Uruguay tiene más de 100 años de experiencia exportando carne y 10 años exportando animales en pie. Es muy distinta la tradición y la experiencia. Al mismo tiempo, los mercados para la exportación de ganado en pie no son tantos y muy focalizados. Por lo general, en algunos casos como en los Estados Unidos, el negocio tiene que ver con una proximidad geográfica, la integración con México. Aquí, la liberación de la exportación en pie fue pensada por la integración en el mercado regional. En ocasiones estaría más ventajoso un producto que otro y circularía libremente el ganado y se estabilizaría. Así como habría exportación en pie habría también importación en pie. Era la filosofía original. Después pasó que no había una puerta de vaivén sanitaria y las condiciones fueron más rígidas de lo que pensábamos. Por lo cual no fue tan sencillo de aplicar una lógica económica pura de puertas de vaivén y donde esté más caro venderá el más barato.

– ¿No cree que sería malo para Uruguay importar ganado en pie?
– Mi formación económica es liberal. Pienso que siempre la primera alternativa, y la más importante, es la de las empresas funcionado libremente en los mercados, eso resuelve la amplia mayoría de los problemas. En ocasiones los mercados fallan y eso implica la intervención pública, lo que se llama bienes públicos, sobre todo cuando hay externalidades. Como ideal es que la sanidad no discrimine y todos tengamos el mismo estatus sanitario y, así, como se puede exportar e importar carne también se puede exportar e importar ganado. Desde el punto de vista teórico y empresarial, cualquier persona que crea en los mercados no puede tener dos opiniones.

– ¿El Estado debería intervenir si se superan ciertos volúmenes de exportación?
-Eso es entrar en las consideraciones de cómo se va a resolver. Mi formación es absolutamente contraria a todo tipo de intervención. Sobre todo porque de buenas intenciones está empedrado el infierno. El resultado puede ser muy loable de lo que se buscaba y por factores que uno no entiende cómo funcionan termina provocando el efecto contrario. En principio no es la terapéutica indicada.

– ¿Hay confianza en el complejo cárnico uruguayo?
– La palabra que más me interesa es la confianza. Hasta donde sé, la mayoría de los negocios de compra y venta en la ganadería se desarrollan por un acuerdo de palabra entre dos partes: te dicen va cierto tipo de ganado y te pago tanto. Esa palabra se ha mantenido en Uruguay, aún en momentos críticos recientes, y es una prueba de confianza comercial, que cuando se explica en otros sectores por fuera de la agropecuaria es difícil de creer ese respeto. Por tanto, y para empezar por lo básico, esa confianza existe.

– ¿Cómo aprecia la mayor competividad de Argentina y Brasil?
– En el corto plazo es más presión y no es algo cómodo. En el largo plazo lo veo muy bien, uno mejora con la competencia. Ambos países están con una competitividad exacerbada en estos tiempos por la muy mala conducción económica, que ha hecho caer las monedas, entre otros, y esa posición no es sostenible en el tiempo. De todas maneras, Uruguay está viviendo la tormenta perfecta, sintiendo la presión. Es un año duro.

Rurales EL PAIS