Opinión

Tarifas: costos políticos, costos reales

El juego de la mosqueta al que asistimos en los últimos días sobre la fijación de tarifas se ubica bastante lejos de la madurez institucional y democrática mostrada al país y al mundo durante el paso de mando presidencial.

Ing. Agr. MBA Nicolás Lussich.

Pretender que los procesos políticos sean lineales y puros es utópico y hasta equivocado: en la ida y vuelta de las cuestiones del poder, las maniobras y giros están a la orden del día. Pero creo que en el tema fijación de tarifas nos pasamos del límite. En el Frente Amplio -que deja el Ejecutivo- existe resentimiento por las críticas permanentes que por años recibió de la oposición -hoy gobierno- y de varios sectores productivos. El gobierno, por su parte, está en el brete de ser coherente con sus planteos previos, pero enfrenta una situación fiscal complicada (heredada); a lo que se suma la necesidad de hacer el ajuste pendiente que el gobierno anterior no hizo en enero.

El gobierno del FA le dejó la bomba armada: “¿Querías bajar costos? acá tenés”. Parecería que hay más voluntad de evitar costos políticos que de bajar costos reales. Por si fuera poco, el movimiento Un Solo Uruguay -soporte social clave del actual gobierno- plantea que las tarifas se mantengan. FA y USU, un solo corazón.

En todo este entuerto vale hacer tres precisiones. En primer lugar, es indiscutible que -por un buen tiempo- durante el último gobierno del FA las tarifas estuvieron muy por encima de los costos de las empresas estatales. En el caso de ANCAP, por la necesidad de cubrir el desmadre de la administración anterior (gráfica); en el caso de UTE por la necesidad de cubrir un déficit fiscal cada vez más grande (recordemos que ANCAP no pasa ni un dólar a rentas generales, UTE lo ha hecho de a millones). Es razonable que las empresas estatales -si son rentables- vuelquen dividendos al Estado, pero lo transferido por UTE ha estado muy por encima de eso (más de U$S 300 millones anuales).

En segundo lugar, es claro que el gobierno anterior hizo un esfuerzo para reducir tarifas a los sectores productivos. En la electricidad para ciertos sectores y productores familiares, en forma acotada. El caso del gasoil fue más claro: el precio se mantuvo a pesar de la suba del dólar y el petróleo, mientras sí subía la nafta (gráfica). Fue una clara política de respuesta a los reclamos de los sectores productivos. Para muchos productores el esfuerzo pudo no haber sido suficiente, pero existió. En la discusión electoral del año pasado -y también antes- la oposición tendió a desconocer estos aspectos, pero los números son claros. El gasoil está llegando ahora a un dólar, con tendencia a bajar, acompasándose a la baja en los productos del campo (gráfica).

En tercer lugar, parece inevitable hoy un ajuste de las tarifas: si bien el petróleo bajó -por el impacto de la epidemia del coronavirus Covid-19 y la incertidumbre que genera- el dólar ha tenido un aumento contundente, cercano al 25% en el último año. Y el petróleo -principal costo para ANCAP- cotiza en dólares, lo mismo que buena parte de los costos de UTE, así como sus contratos de provisión de energía eólica por parte de las decenas de parques eólicos que comenzaron a operar en los últimos años.

Dado que la OPEP no se pudo poner de acuerdo con Rusia para bajar la producción global de crudo, el barril Brent se derrumbó a 46 U$S/barril, lo que abre un margen de “esperanza”: tal vez pueda posponerse el aumento en los combustibles, o moderarse. La volatilidad de los mercados es muy alta y es difícil predecir siquiera a corto plazo.
Más allá de estos vaivenes, hay varias otras cosas vinculadas al precio de los combustibles que merecen señalarse. Porque cada litro de nafta o gasoil tiene diversos componentes y no todos tienen porqué evolucionar de igual manera, ni todos son inamovibles.

Aumentos, ajustes, bajas. El precio de la nafta al público hace más de un año que no varía; en el caso del gasoil, más allá de pequeñas variaciones, hace cerca de 5 años que está prácticamente igual en pesos. Pero ha habido movimientos en la composición del precio (cuadros): en el caso de la nafta, subió el IMESI a principios de 2019 y también los costos de distribución, pero como ANCAP bajó el precio en puerta de refinería (algo que pasó desapercibido) el precio pudo mantenerse al público. Una clara demostración del uso de las tarifas como herramienta recaudatoria, que no es exclusiva de este gobierno ni del anterior: tiene décadas.

El IMESI es casi la mitad del precio de la nafta. Hay otra parte -importante- que son los costos de distribución, y ANCAP responde solo por el 40% del precio al público. Y de ese “costo ANCAP” buena parte es petróleo, por lo que en el corto plazo, aumentos del dólar o del precio del barril son motivo inevitable de ajuste. Ahora bien: en Uruguay el dólar subió fuerte, pero el petróleo se derrumbó. ¿Resultado? Tomando los datos de cierre del viernes, el barril está casi igual que la paramétrica del año pasado (cuadro). Así, si la situación se mantuviera -imposible afirmarlo- podría postergarse un aumento.

Los mismos conceptos valen para el gasoil que -sin embargo- tiene otra composición de su precio: no tiene IMESI sino IVA, e incluye una alícuota que se aplica a financiar el fideicomiso que subsidia el transporte colectivo. Este componente es especialmente irritante para los productores y Un Solo Uruguay propone eliminarlo. “El transporte carretero y los productores no tienen por qué financiar en exclusiva el boleto”, argumentan desde el USU.

Eliminar ese componente permitiría una inmediata rebaja del precio, pero habría que resolver cómo se cubre. O se recurre a rentas generales (lo pagamos todos) o se compensa con ganancias de eficiencia en los ómnibus. Esto se está logrando, pero lentamente; procesos de este tipo no son de un día para el otro y -por lo tanto- la eliminación completa del subsidio sin que -al menos en parte- lo cubra rentas generales, parece utópico.
En el caso del gasoil hay otro asunto que se menciona poco: cuando el gobierno fija los precios de los combustibles, en realidad dispone límites máximos: las estaciones podrían vender al público a precios menores, aunque esto no sucede por la propia dinámica de un mercado regulado desde la propia ANCAP. Ahora bien: no todos los productores pagan el gasoil a precio máximo. Hay empresas de gran consumo -principalmente las forestales y agrícolas, así como otras flotas grandes de transporte- que tienen bonificaciones muy importantes en el margen de distribución. Hacen valer su volumen de compra y su costo por litro de gasoil está más cerca de 37 $/l, o menos.

Perspectivas. La economía global está bajo un fuerte sacudón por la epidemia de Coronavirus, que llevó a la salida de capitales de la región, que fueron a refugiarse en los bonos y la moneda estadounidense, el dólar. Tanto en Brasil como en Uruguay, el billete verde protagonizó una remontada drástica (está 25% arriba de su valor de hace un año). Es que -además- Brasil está creciendo muy poco y ha optado por “aflojar” la política monetaria para ser más competitivo por precios. Y Uruguay no puede perder la referencia: ante los problemas de la demanda china y la crisis argentina, Brasil es aún más importante (ya lo era). Por eso, hace bien el Banco Central en dejar que el dólar siga la tendencia en Brasil. De lo que concluyo que la tendencia actual tiene poco que ver con el cambio de gobierno y mucho que ver con el mantenimiento de una política monetaria-cambiaria que busca que el dólar refleje la tendencia externa, como lo ha hecho. Las intervenciones del Central son para evitar volatilidades extremas.

¿Seguirá subiendo el dólar? Difícil saberlo.

El viernes el Banco Central de Brasil hizo una fuerte intervención y lo contuvo (bajó 0,4%), mientras en Uruguay el Central también vendió dólares (unos 5 millones). Es posible que el dólar modere las subas e incluso pueda corregir a la baja en alguna jornada próxima, pero esto es especulación.

Lo relevante ver qué pasa con la inflación, que ha tenido leves descensos por la propia postergación de los aumentos de tarifas y porque la carne está bajando, luego de subir a niveles inauditos el año pasado. Pero la suba del dólar volverá a presionar los precios al alza y el aumento anual del IPC puede volver a aproximarse al 9%, es decir, más cerca -peligrosamente- del nivel del 10% que es un límite importante: si la inflación supera ese guarismo, se habilita a negociaciones salariales especiales, con la posibilidad de ajustar el salario cada 6 meses (una defensa para los asalariados contra la inflación, pero un problema agregado de indexación para toda la economía).

La suba reciente del dólar no hace otra cosa que mejorar -parcialmente- su valor real (gráfica). No se está “disparando” ni nada por el estilo: está saliendo de las profundidades, de valores reales mínimos históricos, consecuencia de la política monetaria expansiva de EEUU luego de la crisis 2008, pero también del retraso cambiario autóctono.

Cabe recordar que las crisis en Uruguay -1982, 2002- irrumpieron porque el dólar estaba extremadamente bajo, no porque subiera. Hay que ver un poco más allá de la pizarra. Por suerte Uruguay tiene un régimen cambiario flexible que permite amortiguar los bamboleos externos. Política de Estado.