Opinión

Mirando de afuera

El tiempo de firmar acuerdos de libre comercio parece haber pasado y Uruguay no los tiene con ninguno de los grandes centros económicos mundiales.

 

Ing. Agr. Nicolás Lussich.

En el campo cruzan los dedos para que el clima no complique las buenas cosechas que se esperan en cultivos de invierno, mientras se sigue avanzando en las siembras de soja. La recuperación agrícola ese clave para que la economía retome un paso más enérgico. La faena, por su parte, marcó semanas de fuerte actividad, aunque esto puede ser el preámbulo de una corrección a la baja en los próximos meses.

En el panorama general, octubre dio algunas señales auspiciosas: la recaudación repuntó, la confianza del consumidor frenó su caída y mejoró modestamente -desde niveles muy bajos-, se suman más proyectos de inversión para obtener beneficios fiscales y las exportaciones subieron. Pero no son señales contundentes que impliquen un nuevo escenario: la economía transcurre un tiempo difícil, con problemas propios y un escenario externo más adverso y con mayores incertidumbres. El mercado laboral sigue complicado, el consumo frena o cae en varios sectores y muchas empresas ven sus márgenes achicarse o pasar al rojo.

En este contexto, quedan expuestas las limitaciones de Uruguay para competir mejor en la economía global, entre ellas el reducido alcance de sus acuerdos comerciales. Si el país tuviera espacios comerciales más amplios, vendería mejor y podría sostener niveles de ingreso superiores para su gente. El tema no es nuevo y es -ciertamente- polémico: definir una estrategia comercial más activa no es sencillo, no tiene resultados de un día para el otro y -se dice poco- tiene costos: habrá sectores que sufrirán mayor competencia de los nuevos socios en nuestro mercado. Más aún: habrá un beneficio apreciable si, efectivamente, tenemos capacidades para competir bien; de lo contrario, el impacto sería más modesto.

Creo que Uruguay tiene esas capacidades, más allá de cuellos de botella conocidos en educación e infraestructura; tener más oportunidades comerciales haría lucir mejor esas capacidades y -seguramente- ayudaría a resolver los mencionados cuellos de botella.

En las últimas semanas Uruguay XXI -junto con el MEF- actualizó su estudio sobre los niveles arancelarios a los que está sujeto Uruguay, poniéndole números a la discusión. Del mismo surge que nuestro país pagó US$ 270 millones en aranceles a los gobierno de otros países, para ingresar su producción. La cifra es similar a la estimada para 2016 (US$ 250 millones).

Pero lo grave – como bien plantea el informe- es que esta estimación es el “piso” de las restricciones que enfrentan las ventas uruguayas, ya que las exportaciones se están efectivamente concretando pagando estos aranceles. Es razonable suponer que -en ciertos países- los aranceles sean tan elevados que resulten casi prohibitivos y estén inhibiendo corrientes exportadoras de Uruguay a esos mercados. Ejemplos de este tipo hay muchos: el ingreso de lácteos a Israel (arancel del 98%), el ingreso de carne fuera de cuota a Europa o EE.UU, el propio Japón, que nos cobrará casi 50% de arancel cuando -esperemos que pronto- nos empiece a comprar carne, etc.

Cuando se analiza el mapa de acuerdos comerciales del Uruguay, la figura es clara: no tenemos acuerdos con ninguno de los grandes centros económicos mundiales: ni la UE, ni EE.UU., ni China ni Japón. Es una mala situación y damos ventaja a competidores cercanos y lejanos. Jugamos en la periferia… y en el Mercosur, nuestro principal acuerdo de libre comercio, al cual entramos empujados por las circunstancias y por los vecinos. Criticado -justificadamente- por su inmovilidad en la concreción de acuerdos con otros bloques, el Mercosur es -sin embargo- clave para nuestro comercio: según el informe de Uruguay XXI nos “ahorramos” US$ 197 millones de dólares en aranceles por pertenecer al bloque (lo que pagaríamos por las exportaciones actuales si no formáramos parte de él y tuviéramos que pagar el arancel externo a nuestros socios). No es una cifra menor y el informe va más allá, señalando que la misma “muestra que ningún acuerdo por sí solo puede compensar las pérdidas que implicaría la pérdida de preferencias arancelarias en el MERCOSUR”. Este es uno de los nudos del asunto: perderíamos preferencias en el Mercosur al hacer acuerdos con otros países, hipótesis razonable dada la actitud histórica de Brasil y Argentina. Aun así me resisto a creer que el dilema sea tan drástico: hay posibilidades de avanzar manteniendo los acuerdos regionales. En cualquier caso, posiblemente tengamos novedades en este plano ante los cambios políticos recientes en nuestros vecinos.

La falta de avances en política comercial golpea especialmente al agro, pues es el sector que paga el costo arancelario más alto y la falta de oportunidades por aranceles prohibitivos (cuadro 1). Claro que la economía no es solo agro: Uruguay exporta bienes y servicios por unos US$ 15.000 millones (cuadro 2); la cuenta de exportaciones de servicios globales (call centers, diseño, informática, etc.), que publica el BCU en su Balanza de Pagos, seguramente está subestimada.

Pero los agronegocios son una parte esencial y -vale remarcarlo- generando un saldo comercial positivo que difícilmente se vislumbra en otros rubros. Nuevos avances comerciales serían rápidamente aprovechados por el campo, y con él por otros bienes y servicios. Pero el ambiente no está para acuerdos.

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