Historias que son cuentos

Camino de los quileros… por las sierras de Aceguá

Hace muchos años la vida me dio la oportunidad de viajar a Aceguá, departamento de Cerro Largo, y allí una calurosa tarde, bajo la sombra de una hilera de plátanos, sentarme a conversar con un hombre ya veterano que supo andar bien con Dios y con el Diablo.

Milagros Herrera.

Ramón era quilero. Ya hace tiempo está retirado…

Hoy, 20 años después, pienso en lo generosa que fue la vida conmigo por vivir estas experiencias y conocer de primera mano este oficio que existió en la época de la colonia, se crió en las épocas de contrabando fronterizo y sobrevivió a todas las épocas, manteniéndose hasta hoy y tomando todo tipo de formas.

Don Ramón ya no está para contarnos sus vivencias, pero de alguna manera pienso que contando su historia su alma va a seguir recorriendo el camino de los quileros, siempre acompañado un rato por Dios y un rato por el diablo.

Aquella tarde, frente a la casa Pérez, tuvimos la oportunidad de charlar tranquilos. Tal vez, el trote chasquero de sus miles de quilómetros atravesando la frontera se había metido tanto en su esencia que hasta su forma de conversar tomó ese ritmo.

Así, sin apuro, me contó que aprendió el oficio de su finado suegro, que a su vez fue un hombre que contrabandeó 35 años de corrido, pero que no fue un hombre perseguido porque que se hacía querer con todo el mundo. “El era muy delicado para andar con gente, porque el problema del contrabandista era respetar los campos, respetar donde se pasaba, dejar las achatadas bien levantadas”. cuenta con esa mira de quien vuelve el tiempo atrás y evoca a alguien que ya no está, pero respeta.

Cuando Don Ramón se casó, parece que las cosas no venían bien en términos económicos, entonces le dijo a su suegro de ir con él un tiempo mientras las cosas se acomodaban.

Pero pasaron los años, los viajes, los quilómetros, los fogones, las interminables “troteadas” y se convirtió en su oficio, que a mi gusto implica bastante más que el de ser contrabandista, es un modo de vida.

A cargo de 30 o 35 cargueros, traían 1000 o 2000 litros de caña, también tabaco y todos aquellos enseres que se traían del Brasil, en aquella época.

Los caminos eran muchos, por ejemplo, cuando era el de las sierras variaban el recorrido bastante, porque era más vigilado, Por estas formas de viajar también se ganaban sus apodos, como era el caso de su suegro a quien le decían “El hurón”, porque “era un bicho bravo de agarrar, él siempre andaba escondiéndose, salía por un lado o por el otro”.

En sus historias siempre desembocaban en el Pantanoso, que es el lugar donde Osiris Rodríguez Castillos los encontró un buen día y prometió escribir y componer una canción: “Camino de los quileros”.

 

Estas, entre otras, fueron las anécdotas de un hombre sencillo al que la vida le ofreció un oficio mas acompañado por el diablo que por Dios y que lograron ser inspiración  de otro hombre que fue poetaescritorinvestigadorcompositorcantanteinstrumentista y luthier. Hoy considerado como uno de los pilares del folclore de nuestro país.

Aquella tarde de calor fueron muchísimas las historias que compartió conmigo, inevitable fue hablar de cómo esquivar algún encuentro con la Ley. Don Ramón contaba que la gente en las estancias, sea un capataz o algún peón recorredor, les advertían: “mira que en tal lado pasaron los milicos, o pasó fulano y dejó una achatada mal e hicieron una denuncia”, y eso se agradecía “con un par paquetes de tabaco, un litro de caña, algún paquete de ticholos o rapadura para los gurises, era una atención que usted llevaba a la gente”. Nuevamente esa mirada, seguramente evocando alguno de estos casos, una sonrisa nostálgica de tiempos idos.

Mirando el paisaje pensé qué podía ser lo más feo de aquel oficio que se realizaba a campo abierto, a través de montes, sierras, praderas naturales, y picadas. Entre las acacias, al abrigo o el azote de talas, molles arrayanes, coronillas, seguramente en la noche entre el humo de algún fogón y el olor a asado. En una inmensidad de campo, en aquella época de enormes estancias, y Don Ramón me contó:

“Lo más feo era la cañada de Aceguá, porque estando completa, llena como 3 o 4 km de ancho y ahí había que pasar medio boyando y nadando, es medio “peligrozón”, pero el caballo como los barriles boyan, los va llevando, lo bravo es cuando uno traía yerba, azúcar y tabaco que eso se moja todo. Si estaba muy crecido había que quedarse hasta que bajara, llegábamos a estar 15 o 20 días con temporal esperando que bajara el Palleros, o el Zapallar más abajo, porque si no, había que dar una vuelta larguísima y era un peligro andar con 50 o 60 cargueros por arriba de la carretera”.

¿Y los más lindos? Don Ramón dijo medio quebrándosele un poco la voz: “Se extraña… porque se hace costumbre andar, conocer gente, de repente se encontraba uno con un capataz de una estancia que lo apreciaba a uno y le arrimaba un asado para compartir. Uno llegaba a la casa Pérez a las 12, o a las 2 de la mañana y el sereno salía y le daba algo fresco algún fiambre… Ahora no queda nada de aquello, ahora son comercios modernos… Y a la manera del hombre paisano cruzó un chiste para salir de la tristeza: “yo pienso lo que hubiera sido para nosotros si hubiera habido teléfono en aquella época… ¡sabíamos todo!”

Lo que yo no sabía era que no lo iba a volver a ver, me despedí con un “siempre a sus órdenes” una sonrisa enorme y un abrazo como si nos conociéramos de siempre.

Me fui repasando sus historias para guardarlas bien guardadas. Hoy, elegí dejarlas aquí con la ilusión que no se pierdan, que no disparen atrás del alma de su dueño para seguir recorriendo el “Camino de los quileros”.

Hay un camino en mi tierra
del pobre que va por pan,
camino de los quileros
por la sierra de Aceguá.
Tal vez, sin ser tan baqueano
cualquiera lo ha de encontrar,
pues tiene el pecho de piedra
pero el corazón de pan.

Gurisit’e pierna flaca
Barriguita de melón
Donde hay tanta vaca gorda
No hay ni charque para vos.
Tu bisabuelo hizo patria,
tu abuelo fue servidor,
tu padre carneó una oveja
y está preso por ladrón.

Toma café con fariña
y andá guapeando por ahí.
Mañana mate cocido;
pasado, Dios proveerá.
Mañana busco el camino
del pobre que va por pan
Si no me para una bala
pasando te traigo más.

Yerba, caña, rapadura,
un rollo’e naco, nomás;
los pobres contrabandeamos
a gatas pa’ remediar.
¡Qué gaucho es el tal camino!
Pero duro de pelar.
Camino de los quileros
por la Sierra de Aceguá.