Los corrales de engorde atraviesan un año particularmente desafiante como consecuencia de las abundantes precipitaciones y el barro acumulado, en momentos en que este sistema tiene una participación cada vez mayor en la terminación del ganado que llega a faena.
Actualmente, uno de cada tres novillos que ingresan a los frigoríficos uruguayos proviene de sistemas de engorde a corral, de acuerdo con cifras oficiales. En ese escenario, el exceso de agua está afectando directamente la eficiencia productiva y aumentando los costos.
El ingeniero agrónomo Juan Pablo Pérez Frontini, asesor de corrales y responsable técnico del corral de frigorífico Las Moras, ubicado en la zona limítrofe entre San José y Flores, explicó en Valor Agregado de radio Carve y Oriental Agropecuaria, que el sector ya se había preparado para un año de mayor actividad.
“A principios de año ya nos planificamos para encerrar una mayor cantidad de animales y estar previstos en comida”, señaló. Según explicó, un corral debe contar como mínimo con reservas para aproximadamente dos meses, debido a los posibles inconvenientes de logística, fletes o clima que pueden dificultar el abastecimiento.
A esa mayor participación de los corrales en la terminación del ganado se sumaron las condiciones climáticas asociadas a un año Niño, con precipitaciones frecuentes y abundantes.
“El panorama es sumamente desafiante y con incremento de costos por dos motivos. En primer lugar, por la ineficiencia de los animales, por ese gasto energético que tienen de andar dentro del barro; y después está el costo de eliminar ese barro e intentar que el agua corra por los corrales”, explicó Pérez Frontini.
Los trabajos incluyen el mantenimiento de pendientes y desagües, extracción de barro, relleno de sectores afectados y utilización de maquinaria y camiones. Además, durante las jornadas de lluvia también pueden producirse pérdidas de alimento, especialmente cuando los chaparrones obligan a limpiar los comederos.
Una caída de 280 gramos diarios
El impacto más significativo se observa en la eficiencia productiva. Pérez Frontini señaló que los corrales realizan un seguimiento permanente del desempeño de las tropas, especialmente de la ganancia diaria de peso.
En agosto, en un universo superior a los 4.000 animales, la ganancia diaria cayó alrededor de 18%.
“De un kilo 560 se fueron a un kilo 300. Son 280 gramos por día por animal”, detalló.
Cuando esa diferencia se traslada al conjunto del corral, el impacto adquiere otra dimensión: representa alrededor de 1.120 kilos de carne que se dejan de producir diariamente y aproximadamente 33.000 kilos en un mes.
“No es que se pierdan, sino que se dejan de ganar, y los animales están comiendo lo mismo”, puntualizó.
La explicación está fundamentalmente en el mayor gasto energético. Caminar sobre barro requiere más esfuerzo y, por lo tanto, una parte de la energía obtenida mediante la alimentación deja de destinarse a la ganancia de peso.
“Es como caminar dentro de la arena”, ejemplificó.
El resultado es que, frente a un mismo nivel de consumo, los animales ganan menos peso o necesitan consumir una mayor cantidad de alimento para alcanzar los niveles de producción habituales.
El impacto se registra incluso en instalaciones que cuentan con una infraestructura preparada para enfrentar condiciones adversas. En el caso del corral de Las Moras, Pérez Frontini destacó que existen calles de hormigón y aproximadamente tres metros de piso de hormigón frente a los comederos, lo que permite que los animales puedan alimentarse en mejores condiciones.
Sin embargo, aseguró que ni siquiera una buena infraestructura elimina completamente el efecto del barro sobre el desempeño del ganado.
Además de la menor eficiencia animal, los trabajos de mantenimiento, limpieza y acondicionamiento de los corrales representan un incremento adicional de entre 8% y 12% en los costos.
Si se suman ambos factores, Pérez Frontini estimó que “no es nada descabellado hablar de entre 25% y 30% de incremento en los costos para obtener el mismo kilo de carne” respecto a condiciones climáticas normales.
La situación contrasta con los períodos secos. Según explicó, si los establecimientos cuentan con sombra suficiente y no se registran olas de calor, el corral funciona particularmente bien con tiempo seco.
A pesar del aumento de costos, la ecuación económica continúa siendo positiva. Uno de los principales factores que permite sostener los márgenes es la relación entre el precio de los granos y el valor del ganado gordo.
“El gordo ha ido caminando. Hoy la cuenta sigue siendo positiva en los corrales, pero en cuanto los granos muevan la aguja hay que tener cuidado”, advirtió.
Actualmente, los granos presentan una relación favorable para su transformación en carne, lo que permite absorber parte de los sobrecostos provocados por las lluvias. A esto se suma la expectativa de que períodos de menor precipitación permitan reducir los gastos de mantenimiento y recuperar niveles normales de ganancia diaria, cercanos a 1,5 o 1,6 kilos por animal.
Reposición cara y escasa
Otro desafío es la reposición. Además de una oferta limitada, los precios de los animales que ingresan al corral se mantienen elevados.
Pérez Frontini indicó que los novillos se encuentran en el entorno de US$ 3,50 por kilo, por lo que un animal de algo más de 400 kilos puede representar una inversión de entre US$ 1.400 y US$ 1.450 antes de comenzar el proceso de engorde.
Sin embargo, el incremento del precio del ganado gordo acompañó en buena medida el encarecimiento de la reposición.
“El corral sigue dejando un margen positivo, que se ha ido achicando, pero sigue dejando un margen positivo por cada novillo que sale”, sostuvo.
Las condiciones climáticas también están llevando a revisar la duración de los ciclos de engorde. Frente a la pérdida de eficiencia provocada por el barro, extender la permanencia de los animales no necesariamente resulta la mejor alternativa.
Pérez Frontini explicó que en ganados con buena genética y manejo adecuado, períodos de entre 170 y 180 días pueden ser suficientes para alcanzar los niveles de marmoleo requeridos por determinados mercados.
En esos casos, en lugar de prolongar el ciclo hasta 220 o 230 días, puede resultar conveniente acortarlo.
“A veces estirar tiene riesgos muy grandes, porque esos animales tienen más gasto energético”, explicó.
La estrategia consiste en evaluar el desempeño y realizar faenas de prueba sobre un grupo reducido de animales. Si a los 170 o 180 días ya alcanzaron el nivel de terminación y marmoleo requerido por los clientes, se puede adelantar la salida y evitar una permanencia innecesaria en condiciones adversas.