La ganadería uruguaya atraviesa uno de los procesos de transformación más profundos de su historia reciente. La incorporación creciente de granos y subproductos agrícolas, el desarrollo de sistemas de engorde a corral y una mayor integración entre agricultura y ganadería permitieron mejorar significativamente la producción, las exportaciones y la calidad de nuestras carnes.
En paralelo, actividades frecuentemente cuestionadas como la exportación en pie, que se han institucionalizado y hoy parecen inamovibles, cumplieron un rol relevante en la estabilización de los precios de la reposición, fortaleciendo especialmente al eslabón históricamente más rezagado de la cadena: la cría. La combinación de estas señales permitió sostener un rodeo bovino relativamente estable, algo particularmente destacable en un contexto internacional caracterizado por procesos persistentes de liquidación de stock.
El caso de Estados Unidos resulta ilustrativo. A pesar de poseer indicadores reproductivos muy superiores a los de Uruguay, con tasas de preñez cercanas al 90-95%, la ganadería norteamericana viene registrando una fuerte y persistente reducción de su stock bovino. Esto demuestra que la sustentabilidad y estabilidad de la ganadería no dependen exclusivamente de sus indicadores reproductivos, sino de cómo exactamente logramos mejorar la producción y, en algunos casos, a qué debemos renunciar para lograrlo.
En Uruguay, la cría vacuna se sostiene mayoritariamente sobre sistemas pastoriles extensivos basados en campo natural, costos relativamente bajos y una mayor capacidad de adaptación. Si bien ello deriva en niveles reproductivos más modestos y exige moderar el tipo de ganado que criamos, también constituye uno de los principales factores de estabilidad del sistema ganadero nacional. A diferencia de otros modelos insumo-dependientes, la ganadería uruguaya mantiene una estructura menos vulnerable a los vaivenes climáticos y los ciclos de precios.
Sin embargo, la evolución reciente del complejo cárnico plantea nuevos desafíos y oportunidades. La mayor capacidad instalada de la industria, el crecimiento de los corrales y las crecientes exigencias de los mercados internacionales generan nuevas tensiones. En ese escenario, el sector criador, pese a las señales favorables de precios, no logra acompañar las expectativas de la industria en términos de producción total de terneros, muchos de los cuales se exportan en pie de todos modos. En este contexto, surge una pregunta central: ¿es suficiente con mejorar los índices de preñez?
Uno de los principales errores conceptuales al analizar la ganadería de cría en Uruguay consiste en asumir que el negocio del criador depende exclusivamente de la producción de terneros. Distintos trabajos desarrollados por el INIA muestran que entre 40% y 50% del ingreso en la cría proviene de la venta de vacas de descarte o vacas falladas, constituyendo un componente extremadamente relevante tanto desde el punto de vista económico como en las finanzas del criador.
¿Esto quiere decir que no debemos priorizar la fertilidad de nuestras vacas? Por supuesto que no, pero sí ayuda a comprender la racionalidad del productor, quien no cuenta con incentivos tan claros para mejorar sus índices reproductivos, así como tampoco busca enfáticamente producir animales más pesados ante la ausencia de estímulos claros provenientes de la industria y los corrales.
Mientras que los sistemas de producción intensivos sí se benefician de producir animales más pesados, el sector criador ha enfocado históricamente la selección de biotipos pastoriles. Esto deja el peso de destete y las características de carcasa en un segundo plano, bajo el entendido de que ello eventualmente ocasiona dificultades reproductivas asociadas a la cría de ganado de menor eficiencia energética. Aunque ciertamente ambas variables presentan correlaciones negativas, constituye una falsa dicotomía profundamente arraigada desde el punto de vista cultural que limita las posibilidades de crecimiento de nuestra ganadería.
Ello no solo se sustenta en el peso relativo que tiene la preñez en la economía de un sistema criador, sino también en la importante efectividad de herramientas tecnológicas disponibles para mejorar la preñez, como el destete precoz.
Ampliamente investigado y promovido por la UPIC (UDELAR), el destete precoz ha demostrado resultados consistentes en categorías críticas como vacas de segunda cría o animales con baja condición corporal, con aumentos de entre 20% y 40% en la preñez y beneficios de entre 40 y 90 dólares por ternero destetado. Además de ser una técnica tremendamente eficaz, es capaz de soportar fluctuaciones muy importantes en el precio del ternero y la ración, lo cual la posiciona como una alternativa muy segura y versátil para el productor.
Ahora bien, a pesar de su efectividad, su adopción aún no es muy importante. Según datos de OPYPA, mientras que el destete temporario -una práctica más simple, aunque de menor respuesta- presenta una adopción cercana al 50%, solo 18% de los productores declararon haber realizado destete precoz.
Las razones exceden lo meramente técnico y abarcan aspectos económicos, operativos y de extensión rural. Esto plantea un desafío importante para las políticas públicas y para el diseño de programas de transferencia tecnológica capaces de generar impactos sistémicos. Aunque el gobierno ha puesto sus fichas en un bienintencionado Procría, los productores no dejan de preñar únicamente por falta de asesoramiento y, por ello, su impacto seguramente será limitado.
Entonces, ¿hacia dónde deberíamos enfocar los esfuerzos para que crezca el sector cárnico? ¿Dónde está el verdadero cuello de botella?
Aunque se produzcan más terneros, nada garantiza que esos animales no terminen también en un barco rumbo a Medio Oriente, alimentando -con razón- la preocupación de la industria frigorífica.
Para mitigar ese problema, no alcanza solo con producir más terneros; también se debe atender el “elefante en la habitación”: atacar la estructura de costos y regulaciones que nos quitan competitividad. Después de todo, allí se encuentra el epicentro donde se origina el negocio de exportación en pie.
En esta encrucijada no existen atajos. O se busca producir más terneros o se intenta retener los que ya producimos. Incrementar la cantidad de terneros, aunque técnicamente posible, no necesariamente resolverá las tensiones actuales del complejo cárnico. El verdadero desafío pasa por construir una cadena más competitiva, integrada y eficiente, capaz de transformarse en la mejor alternativa para engordar y procesar esos casi 400 mil animales que hoy se escapan por la puerta de atrás.