A principios de 2024, 30 meses atrás, los mercados de los productos ovinos atravesaban por una crisis profunda. A mediados de 2026 la situación cambió de forma radical; los números son sustancialmente mejores. La pregunta es si será suficiente como para revertir la reducción de las existencias ovinas en el país, tendencia que lleva ya más de 30 años.
Mirar un poco más allá de la coyuntura permite tener una visión de más largo plazo de cuáles son las tendencias en los mercados. En el caso de los dos principales productos ovinos, carne y lana, el cambio ha sido radical.
En enero de 2024 los corderos se pagaban US$ 2,90 el kilo y los ovinos adultos en el eje de US$ 2,25. Desde entonces, prácticamente no han dejado de subir. Sucede lo mismo con los precios de exportación de la carne ovina, que eran bastante inferiores a los US$ 4.000 por tonelada carcasa en aquellos momentos.
Promediando 2026, el cordero se paga a valores del entorno de los US$ 6,20 el kilo y los ovinos adultos a US$ 5,20. Las referencias más que duplican las de 30 meses atrás. En el caso de la tonelada exportada, osciló en los US$ 7.000 por tonelada en las últimas semanas, por lo que prácticamente también se duplicó.
En el caso de la lana los aumentos de precios son expresivos, en especial en el caso de las tradicionales lanas medias. Las lanas merino de 19 micras hoy se pagan en el eje de US$ 11 el kilo sin son acondicionadas grifa verde; las de 27-28 micras se arriman a los US$ 3 y las de 29 micras superan los US$ 2. En los dos últimos casos los valores triplican o más los de principios de 2024, en tanto que los micronajes de lanas merino aumentaron robustos 70-80%.
Es un tanto engañosa la suba de los precios de las lanas medias, porque sus valores eran tan bajos dos años atrás que el aumento de algunas decenas de centavos de dólar implica porcentajes sustanciales. A los valores actuales del dólar, poco más de US$ 2 por kilo no es tanta cosa, pero permiten mirar el futuro con otra cara.
El escalón en los precios de los productos ovinos es significativo y por supuesto que bienvenido en un país con una larga tradición y conocimiento del trabajo con la especie que sería un verdadero crimen perderlo. La pregunta es si será suficiente para revertir la inexorable tendencia de reducción de la majada en el país, y la respuesta todavía no es concluyente.
En el pico de la población ovina, en 1991, había 25,6 millones de cabezas, de acuerdo con datos de Dicose. En 2025 no llegaba a 4,8 millones, por lo que se perdieron más de 20 millones. ¿Cuál será el número cuando el Ministerio de Ganadería dé a conocer el dato al 30 de junio pasado? Es más difícil en ovinos que en vacunos estimar una cifra cercana, pero hay indicios en cuanto a que el stock este año no cayó.
El dato de faena durante el ejercicio 2025/26 es bastante concluyente al respecto. Se faenaron 755 mil ovinos, unos 90 mil menos que en el anterior. La diferencia se dio exclusivamente en el primer semestre de 2026, ya que en la primera mitad de la zafra el envío de ovinos a faena había sido prácticamente igual que un año antes. La expectativa es que la oferta se mantenga reducida en los próximos meses, al menos hasta que llegue la zafra de fin de año.
Los precios que se pagaron por los carneros en la última zafra de comercialización son también un indicador en cuanto a que se respira otro aire en la cadena ovina.
Los cambios no serán drásticos, pero principio tienen las cosas. El ovino en Uruguay se ha recluido en los campos de menor potencial productivo, donde la competencia de otros rubros es menor. Allí el camino ha sido bastante claro en los últimos tiempos en cuanto a priorizar la producción de lanas finas. Campos de basalto superficial y de sierra donde las opciones tienen desventajas.
La especialización es clara, con predios con foco en la lana, donde se apunta a micronajes bajos, además de atributos como acondicionamiento y certificaciones que permitan agregarle valor a cada kilo, así como otros que apuntan a la carne ovina, con una alta producción de kilos por hectárea, para lo que se precisan campos con mayor potencial de producción.
Ambos caminos demoraron más de lo que deberían haberlo hecho si se hubieran tenido en cuenta las claras señales de mercado —hablando de lanas— que ampliaban la brecha de precios entre las finas y las medias. La larga tradición y cultura del Corriedale en el país demoró un cambio que, si se hubiese hecho con más rapidez, probablemente la población ovina sería más alta que la actual.
De todas formas, la contracción de las existencias ovinas se algo que se da a nivel global. El ovino cifra poco por hectárea —comparado con otras opciones productivas— y con la tendencia al alza en los precios de la tierra ese es un factor que juega en contra.
Además, los problemas no se circunscriben a precios de mercado. El abigeato, los perros, la necesidad de más mano de obra por hectárea también pesan al momento de decidir incrementar la población ovina. Pesa en quienes se han mantenido en el sector, contra viento y marea, y mucho más en quienes analizan la posibilidad de volver a contar con una majada dentro de su predio.
La lana vale porque hay poca y lo mismo pasa con la carne ovina. Y esta situación no va a cambiar en el mediano plazo, por lo que los precios deberían seguir siendo atractivos. Eso sería fundamental para decidir aumentar la inversión en la especie; una golondrina no hace verano, una sola zafra no decide un cambio de rumbo.
Para que Uruguay no pierda su cultura ovejera es clave que los productos valgan, y esa es la situación actual. El stock dejará de caer, que aumente a niveles a los que aspiran integrantes del sector (hay quienes hablan de 1/1 con los vacunos) ya es un tema mucho más complejo y de baja probabilidad. Tendrían que cambiar otras cosas, además de los precios del mercado.