En el álbum grande de la ganadería uruguaya —ese que cada septiembre vuelve a abrirse sobre el ruedo central de la Expo Prado— hay una serie de fotos que parecen repetirse y, sin embargo, nunca son iguales: un gran campeón quieto apenas un segundo, un cabañero que contiene la respiración, una familia criadora que sonríe como si el tiempo se detuviera. En el borde de esa postal, invisible y puntual como un oficio antiguo, suele estar Gabriel Francisco Becco Negri. Para todos, hace décadas, simplemente “Becco”.
Hijo de Mario Atilio Becco Berlingeri, fotógrafo también, Gabriel nació en el Cerrito de la Victoria y creció en Jacinto Vera entre cámaras, rollos y líquidos de revelado. La pasión llegó antes que el título; los estudios formales quedaron en tercer año de liceo y, en 1975, por necesidad, tuvo que dejar el aula para ponerse a trabajar. Lo suyo fue —y es— esa frontera donde el campo se vuelve imagen y la imagen, memoria.
La escuela de la Propaganda Rural
La primera gran escuela de Gabriel fue la Propaganda Rural, donde trabajó durante décadas como fotógrafo. Fue un tiempo de formación intensa, de jornadas largas y de aprender el oficio desde abajo: como mandadero. Allí se forjó su paciencia y su mirada. Además de ese trabajo, también integró el equipo de la revista de la Asociación Rural del Uruguay.
No fue un capítulo: fue casi una vida. “En la Propaganda Rural estuve cuarenta y cinco años”, repitió, subrayando cada década como si fuesen estaciones de un mismo viaje.
Aquello era un tiempo artesanal. Revelaban en el Prado en blanco y negro. Tenían una copiadora allí mismo. Venía la gente, elegían los negativos, y al otro día ya estaban las hojas de contactos: planchas con todas las fotos en miniatura,
para mostrarlos a los clientes. Antes de la inmediatez digital y del teléfono que apunta y sube en segundos, había un método: disparar, revelar, copiar, seleccionar. Y, sobre todo, había una ética de paciencia.
En la oficina se hacía de todo. Parte de oficina y mandados, contó, porque la formación no sólo era técnica: era de calle, de pista, de tramo largo. Una mañana, en una reunión, les avisaron que había que empezar a cubrir más: no en conjunto, sino solos, para abarcar un calendario que crecía y un país que no se termina en la ruta 5. Y así salieron junto a su compañero "Bimbo" Rodríguez —y volvió cada uno por su lado— a Salto, Tacuarembó, Cerro Largo y otros departamentos; a ferias y exposiciones donde, de entrada, no había experiencia ni libretos. “El 99% de este trabajo es conocer gente”, dijo; y en esa línea está resumida la mitad de su biografía.
Entre la foto y la palabra
Becco nunca se consideró periodista, aunque lo intentó en algún momento. Reconoció que la palabra hablada no le resultaba natural y que hacer notas le costaba. “Lo mío siempre fue la cámara”, dijo sin vueltas. En esa etapa, el que llevaba con soltura el rol de periodista era su compañero "Bimbo", con quien compartió muchas jornadas de trabajo. Él se ocupaba de las entrevistas y del relato, mientras que Becco encontraba su lugar detrás del lente, donde realmente se sentía cómodo y seguro.
Su primer Prado igualmente lo puso nervioso: enfrentarse a la magnitud del evento, sabiendo que debía estar a la altura de fotógrafos experimentados, fue un desafío enorme. Pero la camaradería de la época lo ayudó: la vieja cámara de periodistas y los colegas más grandes siempre estaban dispuestos a dar una mano, a orientar y a respaldar al más joven que recién empezaba a recorrer la pista.
"Yo tenía una ‘Yashica’… y la tengo todavía”, relató con nostalgia. La cita suena a marca, quizá a apodo de una cámara de época, pero el detalle importa menos que lo esencial: Becco conserva cámaras suyas y de su padre, porque en cada cuerpo de metal hay un tramo de historia. Con ellas aprendió a enfocar campeones, a esperar orejas atentas, a corregir aplomos. Y a entender, con humildad de oficio, que a veces se necesita un pozo: “Si el animal te arma una ‘hamaca paraguaya’ de lomo, hay que buscar un desnivel para acomodar la mano y evitar la pata estirada”, explicó. Técnica pura, ojo clínico y ese segundo invisible que separa una foto buena de la foto.

Cuando se le pregunta por la diferencia entre el Prado y las ferias del interior, Becco fue claro: “En muchos lados del interior para entrar con el auto hasta la pista se pierden minutos, y eso para un fotógrafo es tiempo de oro”. En el Prado, en cambio, la organización es distinta y el trabajo fluye de otra manera, aunque la exigencia sea mayor.
A eso se suma un cambio más profundo: hoy cualquiera saca una foto con el celular y en dos minutos ya está en las redes. El fotógrafo profesional, en cambio, todavía tiene que descargar el material en la computadora, elegir y editar. No es lo mismo. Becco lo vivió de forma más serena porque la mayor parte de su carrera la dedicó a revistas, donde había más tiempo para seleccionar y curar las imágenes, y no tanto a los diarios, siempre urgidos por la inmediatez.
Después del ciclo largo en Propaganda Rural, Becco cruzó la frontera. Trabajó en Brasil con la revista de la ARCO; esa publicación funcionó en Uruguay y luego lo llevó un año entero a San Pablo, donde siguió haciendo lo que sabe: narrar el campo en imágenes. Luego volvió y, en adelante, trabajó por su cuenta. Menos horarios, la misma obsesión.
“Si no había foto perfecta, no había aviso”
Hay nombres que marcan trayectos. "Tito" Zerbino es uno. “Excelente persona y excelente amigo”, afirmó Becco. Con él, la vara estuvo siempre alta: si la foto no era perfecta, no había aviso. Ese contrato tácito —exigencia a cambio de confianza— formó una manera de mirar: paciencia, respirar, esperar el aplomo exacto, pedir un paso o medio paso al cabañero, y disparar cuando todo coincide.
El Prado cambió
Becco ha visto cinco décadas de transformaciones. “Antes, en la pista éramos pocos. Ahora, no te podés mover”, describió. Cambió el material fotográfico, cambió la gente y cambió el uso del espacio: “Se salió a vender la pista”, dijo, y enumeró: un stand de gaseosas, otro de café, autos sobre el perímetro. Todo eso que para un fotógrafo es, literalmente, una variable nueva en el cuadro. La evolución, insistió, fue “algo general”, muy difícil de explicar en una sola frase, pero evidente para quien enfoca con la cámara.
A lo largo de su vida, Becco acumuló incontables anécdotas, de esas que hacen a la trastienda de la pista y de los grandes campeones. Alguna vez le pidió a "Bimbo" que las escribiera en un libro, convencido de que valía la pena dejarlas registradas. Pero "Bimbo" falleció y aquel proyecto quedó trunco, convertido en un recuerdo más dentro de la memoria personal de Gabriel.
Hubo un punto en que el reloj pareció detenerse. Una enfermedad seria, una operación difícil, y la idea —que lo tiró al piso— de que quizá no llegaría al objetivo íntimo que venía rumiando hacía años: su Prado número 50. “Pensé que no llegaba”, confesó. Por eso, cuando finalmente pudo poner el pie de nuevo en el pasto, la emoción fue otra: no la del campeón sino la de estar ahí. “Mi 50° Prado es lo más grande que tengo”, resumió, y sonó a brindis.
La familia: el trípode invisible
Detrás de cada jornada larga hubo una casa que sostuvo. Becco tiene tres hijos —Gonzalo, Rodrigo y Lorena— y una compañera a la que le reserva las palabras más simples y más nítidas: “Fue lo máximo”. En el interior y en Montevideo, en la madrugada que arranca antes de la pista y en la tarde que termina en un sobre con negativos, la familia fue —y es— el trípode invisible de todas las fotos.
Operado, más desacelerado, Becco no habla de retiro: habla de ritmo. “Pienso seguir mientras pueda”, dijo. Quizá ahora vaya a pasear con una sola cámara; quizá dispare menos, pero disparará. Porque siempre aparece una señal, algo que vale la pena encuadrar. Y porque su oficio es, en el fondo, estar, mirar y esperar.
Si tuviera que elegir una imagen que resuma lo que la Expo Prado representa para él, Becco no dudó: “La fila de grandes campeones y las familias cabañeras desfilando por el Ruedo Central el último sábado con sus ovejas, vacas, caballos, cabras, perros… todo. Eso es el Prado: el campo en la ciudad”. No es un campeón aislado: es la trama que hace a esta celebración —genealogías y trabajo, orgullo y transmisión— y es, también, el motivo por el que cada septiembre, desde hace medio siglo, vuelve.
Técnica de un artesano
Las claves para Becco siempre fueron las mismas: paciencia ante todo; esperar a que el animal quede bien aplomado, con las cuatro patas firmes en el piso; corregir el lomo cuando forma esa “hamaca paraguaya” que arruina la postura, incluso buscando un pequeño desnivel en la pista para acomodar la mano; lograr que las orejas estén erguidas y atentas; trabajar en conjunto con el cabañero, porque el fotógrafo tiene que conversar; y cuidar el entorno, porque lo que sucede alrededor —gente, stands, autos— también forma parte del cuadro. Después vendrá lo más difícil: elegir entre todas esas tomas la que de verdad vale.
Becco insistió en algo que a veces se olvida cuando se habla de técnica: “El 99% del trabajo es social”. Una foto nace tanto del diafragma como de la confianza. Por eso la palabra, el diálogo en el galpón o en el corral: todo eso prepara el disparo. En la Propaganda Rural lo entendieron —y por eso los mandaron al interior de a uno, para hacer camino—; en Brasil lo confirmaron; y en cada copia revelada en el Prado, con contactos listos al otro día, se volvió método.
Becco cerró agradeciendo. “A Pablito (Mestre), por permitirme llegar a los 50 Prados, y a todos los que me dieron oportunidades”, dijo. Y, sobre todo, a los colegas: “Si estoy acá es por ellos también”. Es una declaración de pertenencia. En el mundo de los grandes campeones, la foto queda firmada por uno, pero es obra de muchos.
Cincuenta Prados después, el fotógrafo que aprendió revelando blanco y negro en un cuarto improvisado, que hizo mandados, que se subió a la ruta para cubrir donde hiciera falta, que habló por radio, que aceptó la exigencia de cabañeros, que cruzó a Brasil y volvió, que enfermó y temió no llegar, que llegó, volvió a decir lo de siempre: hay que tener paciencia. Paciencia para esperar el aplomo, para escoger el negativo, para entender que una imagen no sucede: se prepara.
Y cuando la pista se llene otra vez y alguien pida “¡miren acá!”, habrá un segundo en que todo se alinee. El campo, la ciudad, la familia, el oficio. Y en el borde, otra vez, Becco.