Rurales El Suplemento

Campo y ciudad

 

Viendo el mapa electoral del pasado domingo, con la marcada división entre la zona metropolitana (Montevideo y Canelones) respecto al resto del territorio, es insoslayable recordar las movilizaciones de Un Solo Uruguay, lideradas por productores agropecuarios que incluyeron a gente de muchos otros ámbitos. Posiblemente el choque de aquel movimiento con el gobierno explica -en parte- este mapa. El interior es bastante más que el agro, pero éste es muy relevante y los prejuicios y equívocos urbanos sobre el campo -trasladados a nivel político- quedaron a flor de piel. Es tarea clave de la política zurcir estas heridas y acercar visiones. Veamos algunos de dichos prejuicios.

 

 

 

Nicolás Lussich | [email protected]

1. El agro es un sector menor de la economía, representa menos del 10% del PBI. En efecto, así lo indican las Cuentas Nacionales del Banco Central. El problema es que en dichas Cuentas el “agro” se cuantifica como el valor de la producción en la portera, descontados los costos. Pero es bien sabido que la dinámica del agro va más allá de lo que sucede estrictamente en el establecimiento rural: transporte, servicios, insumos, puertos, agro industrias, etc., componen una dinámica económica mucho más amplia, compleja e importante, el de las “cadenas agroindustriales” o “agronegocios”. Según estudios de la Udelar y de Opypa, entre otros, este sector responde por más del 30% del PBI.

Uruguay se destaca en otros sectores como el turismo, las tecnologías de la información y más, que están creciendo hoy y pueden hacerlo con más vigor en el futuro. Pero cuando el agro entra en problema no se trata de un mero “problema sectorial” y hay que atenderlo a fondo, no con “medidas” acotadas y de bajo impacto. Cuando avanza, lo mismo: el empuje que tiene hoy el sector cárnico -por ejemplo- no puede subestimarse y más que pensar en cómo aprovecharse de él, hay que apuntar a potenciarlo.

2. El agro produce solo “materias primas” con poco “valor agregado”. Es un planteo falso y dañino. La producción del campo agrega mucho valor a la economía porque -como se describió en el punto anterior- requiere de una extensa cadena de suministros, industrialización y servicios, para desarrollarse. No es casualidad que el histórico ciclo de crecimiento de la economía uruguaya (entre 2006 y 2014) haya coincidido con la expansión de los agronegocios (cultivos, forestación, ganadería), con niveles de actividad y exportación récord. Y lo percibió desde el más recóndito de los pueblos del Uruguay hasta la capital.

El problema es que se confunde “valor agregado” con transformación industrial, que no es lo mismo: Uruguay produce autos (pocos), y eso puede ser muy meritorio, pero esta actividad genera un valor agregado acotado, pues la mayoría de los insumos son importados y se trabaja en líneas de montaje, estandarizadas. En el campo, la producción es más compleja, requiere más esfuerzo.

¿Por qué persiste, entonces, este pensamiento? Seguramente hay un asunto más de fondo: en buena medida, el argumento refleja la idea de que la producción rural -particularmente la ganadera- se hace sola: los terneros y las vacas, crecen y se reproducen casi solos, sin mucho esfuerzo; el asunto es tener campo. Es como pensar que uno puede poner una farmacia abriendo un local con un mostrador, y llenando las estanterías con remedios; o que se puede ser marino mercante comprando un barco y saliendo a la mar. Obviamente, el asunto es más complejo: producir leche, carne, granos, implica combinar múltiples factores, en una gestión empresarial desafiante. Hay que prevenir las fluctuaciones del clima, hacer reservas, diversificar cultivos; hay que gestionar las fluctuaciones de precio, tener una estrategia financiera, elegir modos de comercialización; hay que invertir mucho para aumentar la productividad, en genética, maquinarias, tecnologías de la información; y hay que liderar equipos de gente: trabajadores, profesionales, empresas de servicios, etc. etc. Me atrevo a decir que gestionar un tambo hoy es más complejo que fabricar piezas industriales; llevar adelante un rodeo de cría puede ser más sofisticado que fabricar insumos químicos.

Creo que buena parte de estas cuestiones ya están asumidas, y así lo han reconocido jerarcas de los últimos gobiernos. Pero actuar en consecuencia implica reconfigurar políticas, y eso no es sencillo. El prejuicio industrialista ha prevalecido y, así, se han subsidiado con varios millones de dólares emprendimientos industriales inviables (a través del Fondes), mientras los agronegocios quedaron en segundo plano. No planteamos que “no se haya hecho nada”, pero se puede hacer más.

3. El agro es un sector conservador, que no arriesga y especula. Lo desmiente la revolución productiva y tecnológica que protagonizó el campo en los últimos años: biotecnología, maquinaria de última generación, transporte, energía, tecnologías de la información, desarrollo comercial, etc.; el agro no le va a la zaga a ningún sector en cuanto a dinamismo e innovación y tuvo, tiene y tendrá capacidad para transformar al país.

Claro que -en décadas previas, desde los 50 hasta entrados los 90- los productores estuvieron embretados en circunstancias muy críticas: los grandes mercados del norte se cerraban y los subsidios europeos y estadounidenses derrumbaban los precios de exportación; los estímulos para invertir eran escasos y -de hecho- los que arriesgaban alguna innovación tecnológica, terminaban retrocediendo. Eran los años del “estancamiento ganadero”, que aún se lee en numerosos textos. Pero bastó que las condiciones cambiaran para que el campo desplegara todo su potencial.

Además, el agro ha demostrado ser innovador más allá de lo productivo. Parte de las expresiones más genuinas del cooperativismo uruguayo están en el campo; la incorporación de jóvenes a la producción y el trabajo en el agro, al menos hasta 2013-14, sorprendió hasta la propia gente que hace años está en la producción. Nuevas modalidades de trabajo, mejores condiciones de empleo, capacitación, etc., muestran a un sector innovador más allá de lo tecnológico, con una gran capacidad de renovación y modernización.

4. El agro es un sector de poderosos “terratenientes”. La afirmación no resiste el menor análisis y solo se repite como panfleto provocador, para desviar la atención de los verdaderos problemas del agro y la economía. En el campo conviven pequeños ganaderos, tambos de gran escala, grandes productores frutícolas, pequeños y medianos agricultores, lecheros familiares, estancias ganaderas, horticultores pequeños y grandes, etc.

Los problemas actuales de competitividad afectan a todos los productores, y la obsesión por separar grandes y chicos no resuelve el asunto. Obviamente, los que tienen más capital (tierra, maquinarias, inversiones, en el campo o fuera de él) pueden tener más resto para bancar; los que no, están con problemas más graves, cuando no han salido ya de la producción. Es por esto que se precisa enfatizar más en la diferencia entre políticas para la competitividad y políticas sociales.

5. El agro siempre “llora”, aunque le vaya bien. Es una afirmación tan frecuente como insultante para los que están todos los días encarando los problemas y desafíos de la producción. Eventualmente, cierta responsabilidad puede corresponderle a las gremiales del sector, por no completar los reclamos -en su mayoría válidos- con un adecuado destaque de las virtudes del crecimiento del agro y los logros del sector.

De ida y vuelta. Superar éstos y otros prejuicios tiene que ir de la mano con una estrategia más activa de comunicación desde el agro, para explicar cómo trabaja el sector, en particular en asuntos como inocuidad alimentaria, impacto ambiental y bienestar animal. Las nuevas generaciones están mucho más sensibles -enhorabuena- a estos asuntos y si los productores no dan sus explicaciones, otros lo harán por ellos, no necesariamente con objetividad. Mejorar permanentemente la sostenibilidad de los sistemas de producción es clave, tanto como comunicar más, con apertura y transparencia, sobre cómo se hacen las cosas. Esto conectará mejor con los consumidores a todo nivel.

El Estado ha hecho avances destacados en este plano, como los planes de uso de suelo, el monitoreo de agroquímicos, los planes de calidad de agua para las cuencas, etc.. El desafío es no presentar esto como “obligaciones” que el campo tiene que cumplir a regañadientes, sino como una forma de producir con convicción y valor agregado para los ciudadanos aquí y en los mercados del mundo.

Claro que mitigar impacto ambiental, mejorar el bienestar animal y dar más calidad a los alimentos producidos, implica mayores costos de producción, lo cual debe ser tenido en cuenta por el resto de la sociedad.

* Buena parte de los conceptos de este artículo fueron publicados en vísperas de la movilización de Un Solo Uruguay, en enero de 2018, en el sitio web de Subrayado.