Hace algunos años escribí una columna para el suplemento especial de arroz titulada “El hábito es superarse”. La cantidad de zafras por encima de los 9.000 kilos por hectárea en promedio, la inocuidad del arroz, la sustentabilidad de la producción y la diferenciación por variedades para llegar a los diferentes mercados del mundo, así lo demuestran.
Parte del ADN del arrocero uruguayo consiste en ese espíritu constante de superación que es el que, al final del día, le permite ser viable y rentable en un país en el que lograr esto muchas veces constituye casi una hazaña. No lo digo por las condiciones productivas para desarrollarlo, pero sí por la estructura de costos y la ausencia casi total de acuerdos comerciales para un sector que exporta el 95% de lo que produce, siendo que en la mayoría de los países del mundo es exactamente al revés.
Pero el otro lado del ADN del arrocero es tener la resiliencia suficiente para soportar tiempos adversos. Sabemos que es un sector que se mueve por ciclos, y en momentos como este donde la oferta del cereal en el planeta es abundante, donde el principal exportador del mundo volcó un saldo exportable muy grande al mercado o donde las noticias de cosecha en el Mercosur han sido paradójicamente buenas, ese descenso de 35% en el precio pone en jaque al rubro.
El “Canario” Luna cantando “vayan pelando las chauchas” habla de “uruguayos, sangre de campeones; uruguayos, garra y calidad”. Enseguida me viene a la memoria la selección de Uruguay en 2010 o 2011. Me acuerdo que jugaba Diego Forlán, exquisito jugador que controlaba el balón con clase y golpeaba con cualquiera de las dos piernas. Pero también estaba el “Ruso” Pérez, quien jugó parte de un partido con una herida abierta en la cabeza. Recuerdo también que teníamos un goleador implacable como Luis Suárez, temible para la defensa rival y quizás el mejor jugador de la historia de la Selección, pero también teníamos un Fucile o un “Palito” Pereira que corrían por el resto y hacían un trabajo silencioso. Garra y calidad, de eso se trata. No una o la otra, sino las dos a la vez.
En el arroz, pasa lo mismo. Hay años, como en la zafra anterior, donde los US$ 17 por bolsa permiten que la calidad de nuestro arroz luzca y los productores puedan, entre otras cosas, renovar el parque de maquinaria, reinvertir, incrementar los premios al personal, entre muchos otros aspectos.
Hay otros, como éste, donde hay que apretar los dientes y pensar en sobrevivir para la próxima zafra. Buena parte del éxito de la agricultura se encuentra en eso: aprovechar los buenos momentos e intentar que los malos no te dejen arrodillado y de espaldas.
Este ciclo adverso del sector no es el primero, basta con ir menos de 10 años hacia atrás y encontraremos el anterior. Tampoco será el último en un rubro que queda a merced absoluta de la oferta y demanda mundial. Pero como dijimos antes, el sector piensa en hacer cada vez mejor las cosas porteras adentro para poder aprovecharlas en bonanza y que sean la válvula de escape en momentos complicados.
Pensar en la certificación despliega una alfombra roja para la entrada en Europa, considerar el Congreso Internacional de Arroz de Clima Templado en Uruguay en 2027 le permite una gran vidriera al país y explorar las oportunidades del arroz como alimento del ganado ata convenientemente el valor del grano al excelente momento de la ganadería.
Estar en movimiento constante. “Buscarle la vuelta”, de eso se trata. Con apoyo de las autoridades de turno, el sector buscará resurgir. “Uruguayos, sangre de campeones, uruguayos, garra y calidad”. Quizás hoy, en 2026 y en este contexto, haya que apretar los dientes y apelar a la garra charrúa.