Mientras los acontecimientos en el Golfo Pérsico se van desarrollando minuto a minuto, todo indica que la guerra que desataron Estados Unidos e Israel contra Irán podría prolongarse más de lo que inicialmente se esperaba (o al menos esperaba el presidente estadounidense Donald Trump). La reacción de los iraníes ha ido contra varios de los países del Golfo aliados o cercanos a los Estados Unidos, mientras se desató otro frente de conflicto entre Hezbolá e Israel en Líbano.
Todo esto ha llevado el precio del petróleo entre 20 y 30 US$/barril por arriba de lo que estaba antes del conflicto, alcanzando máximos que no se veían desde la invasión rusa de Ucrania.
Asumiendo que Uruguay consume entre 15 y 16 millones de barriles por año, si el salto en el precio dura -por ejemplo- unos 6 meses, esto haría que Uruguay gaste US$ 200 millones más en su cuenta de importaciones de petróleo, una cifra muy importante para una economía que ya está con problemas.
Cómo se trasladará esto al precio de los combustibles es algo que aún está por verse. Lamentablemente Uruguay tiene poco margen de maniobra, porque no es un país petrolero y -además- las cuentas fiscales ya están de por sí complicadas. De manera que no sería de extrañar algún tipo de ajuste en el precio de los combustibles a los consumidores en los próximos días.
La guerra en Medio Oriente también tiene consecuencias directas en el mercado de los fertilizantes nitrogenados. Desde que los alemanes Haber y Bosch desarrollaron el proceso para obtener amoniaco a partir de nitrógeno atmosférico -a principios del siglo XX- cambió la historia de la agricultura global. Ese proceso requiere hidrógeno, que se produce en abundancia en el Golfo Pérsico a partir del gas natural. De manera que cerca del 40% de la urea que se comercializa en el mundo se produce allí.
Aquellos hallazgos químicos permitieron el despegue de la producción agrícola global en las siguientes décadas, y asociaron definitivamente el precio de los hidrocarburos al precio de los fertilizantes. Así, la urea ha subido del rango de 500-550 US$/ton a más de 650 US$/ton.
Sin embargo, contrariamente a lo que sucedió cuando irrumpió la guerra en Ucrania, en esta ocasión el precio del petróleo y los fertilizantes se ha disparado de manera mucho más aguda que el propio precio de los granos, que vienen subiendo de manera más moderada (al menos por ahora).
Las consecuencias de todo esto en las cuentas de los agricultores en todo el mundo -incluyendo Uruguay- y en la demanda global por alimentos, están por definirse. Algunos países han buscado adelantar compras de granos ante posibles desabastecimientos por la agudización del conflicto, en especial países de África y Asia. Por su parte, la reacción de los países desarrollados de echar mano a las reservas estratégicas de petróleo (se liberarán unos 400 millones de barriles) modera el impacto inmediato de la crisis, pero obviamente no la resuelve.
Considerando la producción del Golfo Pérsico -cerca del 20% de la producción global- las reservas liberadas darían para cubrir casi un mes del faltante por la guerra. Luego de ese tiempo, de no resolverse el conflicto el escenario puede llegar a ser bastante más complicado.
Una grave sequía
A los serios problemas causados por la guerra se suma el agravamiento de la sequía, que le ha dado un muy duro golpe a la agricultura uruguaya; la falta de agua fue especialmente aguda en los departamentos de Colonia y Soriano, donde se concentra buena parte del área sojera y maicera. El verano trajo varios pronósticos de lluvias que alentaron la esperanza de aguas salvadoras, una semana tras otra, pero muy pocas fueron relevantes y el estado de los cultivos -en promedio- se vino para atrás definitivamente.
Estimaciones de empresas importantes del mercado local ya hablan de una caída del entorno del 50% en la producción sojera, una pérdida millonaria con graves consecuencias para la actividad. Por supuesto, las lluvias han sido desparejas y hay zonas que han tenido más suerte, pero en el promedio global el panorama es muy negativo.
Optamos por graficar la proyección, aunque todavía está lejos de ser precisa, porque permite visualizar cómo -cada pocos años- la producción sojera tiene un golpe fuerte por problemas climáticos, como sucedió en 2018 y 2023 (gráfico adjunto). El sector agrícola lo sobrelleva dándole continuidad a las siembras, con diversificación y con los beneficios del doble cultivo. Pero las pérdidas -como en 2023- se pagan con granos y no hay otra opción que seguir sembrando. Herramientas como el SIGA agropecuario y todas las condiciones de alivio financiero que puedan ofrecer -tanto los proveedores como el propio sistema financiero- serán bienvenidas.
El aumento reciente del precio de la soja -en buena parte por la guerra- es una buena noticia para moderar las pérdidas; si bien no es una suba drástica (gráfica), baja los rendimientos de equilibrio necesarios para pelear un empate en los números de las chacras.
La base ganadera
El sector ganadero ha estado más preservado de todos estos impactos, si bien -obviamente- también está afectado por la seca. La producción animal tiene otros mecanismos de compensación para sobrellevar la falta de agua y -en el norte- las pasturas están mejor (aunque está faltando agua en algunas partes).
A nivel global, la carne vacuna se ha configurado como un producto de alto valor en una tendencia que va más allá de la coyuntura o un ciclo particular -como sí lo fue en 2022-. La producción mundial de carne vacuna está limitada y la demanda es firme, entre otras cosas porque se han rebatido seudo argumentos panfletarios contra ella (por ejemplo, acusar a la carne vacuna del calentamiento global) y -además- se la ha reinstalado -con toda justicia- como uno de los alimentos de mayor calidad.
Aún con estos sólidos fundamentos, en los últimos días la cadena cárnica ha entrado en una etapa de ajuste de precios, en la medida que su eslabón industrial se enfrenta a un aumento en los precios del ganado que superó la suba de los precios de exportación; esto en simultáneo con costos industriales (incluyendo mano de obra) que han saltado a niveles récord, principalmente por la caída del dólar. Todo esto se está ajustando y es lógico, aunque está teniendo consecuencias en la actividad. De todas formas, no se cuestionan los buenos fundamentos de un sector con muy buenas perspectivas.
Así, tanto en ganadería como en agricultura, la producción tendrá ajustes este año, con sus consecuencias en la actividad económica general. Los agronegocios no son lo único, pero son muy relevantes para la economía uruguaya. Dieron un empuje clave en los últimos años (tal vez no bien dimensionado ni valorizado) y ahora están con algunas dificultades.
Mientras, los datos macroeconómicos van mostrando un deterioro preocupante, con ajustes a la baja en las proyecciones de crecimiento (gráfica) y persistentes problemas de competitividad, con un déficit en las cuentas del Estado que no es sostenible y hay que corregirlo (el asunto es cómo…).
Con estos desafíos propios y un contexto global de alta incertidumbre, las empresas -tanto en el campo como las agroindustriales- tienen que estar atentas a las vulnerabilidades, especialmente en el plano financiero. La guerra ha hecho subir las tasas de interés internacionales, bajan los activos financieros y es difícil vislumbrar, por ahora, un escenario más calmo.