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Un productor suertudo, de trabajo y convicción

El azar estuvo de su lado, pero Fernando Bove Pérez también hizo lo suyo. Tanto que ganó un Morosoli a la producción agropecuaria

Fernando Bove Pérez tiene 72 años, es oriundo de San José, pero hace 50 años está en Sarandí del Yí. Este año obtuvo uno de los pocos reconocimientos que se realiza a la producción agropecuaria: un Premio Morosoli de la cultura uruguaya, de la fundación Lolita Rubial.
Fernando Bove Pérez tiene 72 años, es oriundo de San José, pero hace 50 años está en Sarandí del Yí. Este año obtuvo uno de los pocos reconocimientos que se realiza a la producción agropecuaria: un Premio Morosoli de la cultura uruguaya, de la fundación Lolita Rubial.

"Soy un hombre de mucha suerte. Suerte por los padres que tuve, los hermanos que tengo. Ni que hablar por mi mujer, quien me acompaña hace 40 años. Por los suegros que tuve. Los hijos que tengo y los nietos, que espero sigan viniendo”. La de Fernando Bove Pérez es una historia larga, de convicción, trabajo y compromiso, que fue premiada recientemente con un Morosoli a la Producción Agropecuaria, un reconocimiento de la Fundación Lolita Rubial. En estos párrafos voy a intentar resumir unos 50 años de ese recorrido.

Coraje había que tener para empezar a trabajar en esas tierras. Que, ojo, eran buenas, pero era solo tierra. No había nada más: ni luz, ni camino, ni casa. Un rancho de barro en el medio de dos cañadas que dos por tres dejaban sin paso. Rebobinemos un par de años. Fernando Bove Pérez tiene 72 años y hace 22 que está en establecimiento y cabaña El Coraje, en la localidad llamada “Colonia Rossell y Ruis”, próxima a la ciudad de Sarandí del Yí, en Durazno.

Nació en San José, de paraje Rincón de Raigón. Es uno de nueve hermanos: seis varones y tres mujeres. Nació uno atrás de otro. Su padre tenía un campo de 64 hectáreas índice Coneat 70, o menos. Había que hacer malabares o ser muy ingenioso, pero era muy bueno, dicen...

Fernando fue a la facultad en una época en la que era muy difícil estudiar; ingresó en el segundo semestre del ‘69. Por eso, un buen día se reunió con su padre, colono, quien le tiró la idea de ingresar a Colonización. Sin reunión previa, fue a Montevideo y solicitó una reunión con el presidente del instituto. Él y otros tres hermanos. Al otro día volvió y le presentaron un proyecto. Le pusieron un mapa por delante y preguntó específicamente por un punto: ¿y esto qué es?, señaló. “Fuimos a ver el campo y era el único que nos servía. Ahí comenzó la historia. El 10 de febrero de 1972 nos hicimos del campo”, recordó.

Así fue como surgió El Coraje: “papá miro para todos lados… ‘El Coraje hay que ponerle. Hay que tener coraje para venir acá’, dijo. Teníamos 19, 21, 22 y 23 años. Empezamos cuatro hermanos. Hicimos una sociedad civil que hasta el día de hoy la tengo con la misma marca y señal”, contó. Pese a los problemas de endeudamiento, la firma se ha conservado intacta desde hace 50 años.

Solo tenían caballos propios, pero empezaron a poblar el campo. Lo único que sobraba eran proyectos y muchos los están concretando ahora. “Lo que teníamos a favor es que papá, como productor, era muy avanzado. Fue de los primeros CREA que se formó en Uruguay. Fueron pioneros y nosotros crecimos en ese ambiente”, aseguró.

Se trataba de un campo de 700 hectáreas aradas en el ‘44 con dos potreros: uno de 505 has y el otro de 220. Tenía un rancho de terrón en la mitad del campo y para poder llegar había que cruzar dos cañadas. “Ese es el panorama que nos encontramos. Hubo un proceso de endeudamiento, nos agarró la crisis de la tablita, teníamos créditos, nos dio un sacudón tremendo... nos fue mal; vendimos todo el ganado y empezamos de nuevo”, contó.

Por eso, ideas tenían en cantidad, pero el problema era llevarlas a cabo. “En el ‘75 El Coraje hizo el primer semillero. En el ‘77 compramos las trilladoras; hacía 150 o 200 kms cosechándole a todos los de la Colonia. En el ‘79 vendí la máquina para poblar el campo de nuevo con ganado, pero la seca del ‘89 nos dejó sin nada. Habían 213 vacunos, lanares y hubo que racionar 150 para que no se murieran. Nos volvimos a poner de pie, compramos una máquina de nuevo y tengo anotado en la libreta más de 100 tajamares, entre los reparados y los hechos”, agregó.

En 1983, a los 11 años de estar en la Colonia, se casó con Alicia Itzaina, una vecina. Cuando la luz llegó a Sarandí, Fernando se movilizó para llevarla hasta la Colonia y si bien el trámite le llevó cinco años, no se rindió. También peleó por el teléfono y por el camino. “Las gestiones oficiales las tengo todas. Al camino lo arreglamos de punta a punta. Fuimos a la intendencia y conseguimos una mano para la puesta del balastro”, recordó.

Hoy, con 50 años en la zona, 40 de matrimonio, 22 de El Coraje, cuatro hijos y 11 nietos, se puede afirmar que todo valió la pena. Todos viven y trabajan juntos, cada uno en su área. El establecimiento tiene cuatro rubros: cabaña, agricultura, semilleros y ganadería, de cría y engorde.

La cabaña es la que une todo. No solo a los rubros, sino a la familia. “Vamos en bloque para todos lados. Ahora no nos presentamos en las exposiciones, pero cuando lo hacíamos era así o mismo en los remates todos acompañamos y nos alentamos siempre”, afirmó.

Le pregunté si lo considera suerte y no lo negó. “Cuando uno trabaja con alegría, convicción y sin imponer, es como se logra. A ninguno de mis hijos les dije lo que tenía que hacer. Todos siguieron lo que les gustaba. Me encargué de acompañar todas sus decisiones y todos eligieron quedarse”, explicó.

Con 50 años en la zona, 40 de matrimonio, 22 de El Coraje, cuatro hijos y 11 nietos, se puede afirmar que todo valió la pena. Hay familia y hay equió. El Coraje se ubica al sur-este de Durazno, en la localidad llamada “Colonia Rossell y Ruis”, próxima a la ciudad de Sarandí del Yí.
Con 50 años en la zona, 40 de matrimonio, 22 de El Coraje, cuatro hijos y 11 nietos, se puede afirmar que todo valió la pena. Hay familia y hay equió. El Coraje se ubica al sur-este de Durazno, en la localidad llamada “Colonia Rossell y Ruis”, próxima a la ciudad de Sarandí del Yí.

Claro, en la medida que los hijos se quedaron, la empresa debió expandirse: “tuvimos que agrandar para satisfacer las necesidades de todos. Somos cinco familias, más todos los que trabajan con nosotros. Así fue como se armaron otros negocios, como el laboratorio y el centro genético”, comentó.

Para hacer todas estas cosas hubo que armarse de maquinaria, primero contratada y, de a poco, fueron comprando y capacitándose. Hoy cada hijo tiene su rubro. Gabriel, el más grande, es técnico en riego e hizo un curso en Estados Unidos de agricultura de precisión. Él se ocupa de toda la parte de fierros, de mecánica y mantenimiento, colaborando con la agricultura. María Fernanda es ingeniera agrónoma y está en el área de ganadería. Pablo está la parte de genética, cabaña y ganadería. Andrés es el gerente, “o algo así”, se ocupa de los números y la planificación. Es agrónomo con una maestría.

“Nada fue planificado. Todo fue suerte. En mi caso, gozo de buena salud y estoy en todas las áreas. Fundamentalmente en semilleros y agricultura. Arriba de una maquinaria rindo lo mismo o más que un muchacho joven, porque el que trabaja es el tractor, no yo”, aseguró.

María Fernanda es la única hija mujer y, según contó, ella siempre trabajó a la par de los tres varones: “había que hacer un trabajo y lo hacíamos entre todos. María capaba como las mejores. A veces veo que por sobre proteger a la mujer, no se le da espacio. Acá hablamos todo en plural”, aseguró.

Y de paso recordó una anécdota: “cuando se casó uno de mis hermanos, yo fui un testigo y mi madre me dijo: ‘no te equivoques, Fernando, y no firmes por vos y tus hermanos. Porque siempre firmo todo en grupo”.

Viviendo y aprendiendo dice el refrán. “En los últimos 10 años he aprendido más junto a mis hijos y de mis hijos que los últimos 40 años que estuve solo”, señaló.

La juventud, aseguró, aporta ideas nuevas. En el mundo de hoy la información corre y eso no lo tenían. “Acá vinimos sin comunicación, sin camino, nada. Si llovía y nos necesitábamos mover había que agarrar el caballo. Pero siempre con el pensamiento de que si no hay camino hoy, lo va a haber mañana. Siempre mirando al futuro, porque todo era posible”, sostuvo.

Mario Pauletti, ex presidente del Plan Agropecuario, propuso el nombre de Fernando para los premios Morosoli a la cultura uruguaya, que organiza la fundación Lolita Rubial. En este caso, fue para la categoría Producción Agropecuaria. Es de los pocos premios que se extienden al agro. Recordó que en 2018 la Rural de Durazno y el Plan Agropecuario realizaron la jornada “De la empresa familiar, a la familia empresaria”. “A Mario le gustó tanto el sistema que tenemos que nos propuso para esto. Hay una comisión de cinco miembros que asesora a la fundación y pensaron que yo tenía el mérito para recibir el premio”, explicó sorprendido.

La tercera generación ya está al pie del cañón, pero la teoría sigue siendo la misma: “hay que acompañarlos, dejarlos elegir. Vivimos en una época muy diferente a la nuestra, aunque todos se crían en campaña, con una niñez muy parecida a la de mis hijos. Lo que con amor se construye nada lo destruye”, cerró.

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