Historias que son cuentos

Lo de Glady’s

Una historia, como tantas en nuestro país, que merece ser leída…

 

Escuela número 76 de Paso Castell de Corrales

Milagros Herrera.

Es de noche, una de esas mágicas noches de verano.

Nos sentamos en el pasto, lejos del ruido, para charlar más tranquilas. Sobre nosotras, un manto de estrellas, entre nosotras, una brisa agradable.

Gladys Rodríguez con quien conversamos, es una mujer alegre, siempre tiene una sonrisa. Pero además, es una mujer con carácter, resuelta, ejecutiva, esa forma de ser que forja la vida cuando no es fácil, pero con buena base.

Hija de un capataz y una cocinera de estancia, se crió en campaña en la zona de Paso de las Piedras, Arerunguá, departamento de Salto, donde sus padres trabajaban.

Cuando llegó el momento de escolarizarse, Gladys con 6 años y su hermana de 5, fueron a la escuela internado más cercana en el departamento de Paysandú.

Para llegar, hacían 23 km a caballo desde el casco de estancia hasta la ruta 26, donde tomaban el ómnibus (Copay) que las dejaba en la escuela. Recuerda que el viaje a caballo duraba 2 horas y media y el del ómnibus solo 15 minutos.

Iban acompañadas de su padre, quien perdía el jornal de la mañana para llevarlas o de su madre. Al llegar a ruta ya se encontraban con otros compañeros que llegaban de otras estancias.

Viajaban todos lunes y los viernes, a no ser que lloviera mucho y se cortaran los pasos. Si eso sucedía un viernes, se quedaban el fin de semana en lo de algún vecino o en la casa de la auxiliar en el pueblo. Por lo que en tiempos muy lluviosos podían pasar semanas sin volver a las casas.

“Era normal, no solo a nosotras nos pasaba, todos los otros compañeros tenían arroyos, o caminos más feos que los nuestros, o tenían que llegar a acaballo si o si hasta la escuela, nosotros por lo menos íbamos en ómnibus”. Dice Gladys mirando el lado bueno de la vida una vez más.

Fue inevitable para mi pensar en mis hijos, imaginármelos con 5 y 6 años y preguntarle si extrañaban mucho. Ante mi pregunta Gladys cuenta que el primer mes sí se extrañaba, después se extrañaba a los compañeros los fines de semana que vas para tu casa. Aunque hay momentos bravos que se extraña la familia, como en las noches de invierno que son más largas. En una mezcla de ignorancia e instinto maternal le pregunto por qué no llamaban a sus padres, a lo que me contesta que no se podía, que imaginara 40 niños llamando cada vez que extrañaban.

Lo que hacían era protegerse entre compañeras, las más grandes les explicaban que ellas ya habían pasado por eso, que ya iba a pasar, o dormían juntas en una misma cama, o se entretenía con juegos de cartas.

Pero el día era largo y tampoco había mucho tiempo para extrañar. Se levantaban a las 7, tendían su cama, se higienizaban, desayunaban, se ponían la túnica y a clase, de 8 a 12.

Luego volvían a la habitación donde colgaban la túnica, dejaban todo ordenado y almorzaban. En tiempos de calor, dormían siesta, y a el que no le gustaba dormir tenía que quedarse quieto para que el resto si pudiera. Las tareas de la tarde constaban de trabajos en la huerta, la cría de lombrices californianas, manualidades con distintos talleres dictados por vecinas o algún taller de guasquería. Y así se pasaba la semana.

Cada 15 días llevaban la ropa en general y la de cama para las casas a lavar. Ese viernes cuenta Gladys, si eran más hermanos los que iban a la escuela y más chicos, como en su caso, el cargamento era grande y los bolsos eran pesados  “¡más grandes que nosotras!” dice a las risas.

Cuenta que una vez llovía torrencialmente, era viernes y tocaba llevar la ropa. Recuerda que se bajaron en la ruta y no estaba nadie esperándolas, asique siguieron caminando por el camino vecinal atentas a la recomendación materna: “Ustedes siempre por el camino, nunca se queden en la ruta”. Caminaron un par de km, la lluvia no paraba y el viento era fuerte, los bolsones eran cada vez más pesados y difíciles de cargar. Por fin, a lo lejos, vieron una moto, era su tío que llegaba a buscarlas en una honda 60 que era lo único que se consiguió. Cargaron todo como pudieron, bolsones de ropa incluidos, su hermana en el manillar, bolsón atrás, el tío, bolsón y Gladys. La moto se para a cada rato, empujaron más la moto que lo que la anduvieron, cuenta en casi un ataque de risa. Es que por más que en ese momento recuerda que su hermana menor lloraba cuando iban caminando solas, del frio, del miedo y el susto, hay una nostalgia alegre de transes superados. “Fueron épocas lindas, sanas, que hoy en día no se ve mucho. Era divertido, es una experiencia única estar en un internado. Allí uno sabe la importancia del respeto, el respeto ante todo. A los compañeros que son como hermanos, a la maestra. Lo que decía la maestra era palabra santa, es que era tu mayor, te cuidaba, era como tu madre, pasabas 5 días con ella y lo que tenías era la maestra, la cocinera y la auxiliar de servicio. Capaz, antes no me daba cuenta la dimensión de las cosas, pero pensando y comparando con un niño de 7 años de hoy, aprendimos a ser responsables siendo muy pequeños.”

La vida de Gladys siguió. Años más adelante se mudaron al pueblo, porque ya era difícil seguir llevándolas al internado. Luego, la vida y sus vueltas los llevo a Tacuarembó y luego a Rivera para seguir estudiando. Encontró su vocación en la cocina, hizo cursos, estudió donde quería, y a eso se dedica hoy en día. Doy fé que de excelente manera. Piensa seguir perfeccionando su profesión y tal vez, porque no, tener su negocio propio.

Vuelvo a las casas. Caminando despacio, son solo algunas cuadras. En las cunetas se oyen las ranas, algún ladrido de perros a lo lejos. Realmente es una linda noche de verano. Mientras camino, aprovecho para contarles:

Gladys es una mujer de 31 años. Sí, es joven. ¿A que usted se imaginó que quien estaba frente a mi era una mujer bien entrada en años? Y que esta historia por lo menos, tiene más de medio siglo. Pues no, es una mujer joven, que se educó en un internado rural como miles de niños en años y cientos hoy en día.

Hay seis internados en todo el país,

que albergan alrededor de 150 alumnos

de entre 3 y 12 años en la semana.

Esta es una propuesta del Consejo de Educación Inicial y Primaria (CEIP) para las familias que no cuentan con una escuela a menos de 10 kilómetros. Además de éste que está en Paysandú, hay otro en el mismo departamento, uno en Flores, uno en Artigas, otro en Río Negro y uno en Maldonado.

Si algún día se encuentra con un restorán que se llama “Lo de Gladys”, entre. Le aseguro que va a comer muy rico, que lo van a tratar con respeto, y lo va a recibir con una cálida sonrisa una mujer que se crió en el norte de la campaña oriental en un internado de escuela rural.