Historias que son cuentos

Hermanos y valientes

 

Tener buenos hijos sin duda es un gran orgullo, pero que además sean buenos hermanos es aún más. El vínculo de hermano es el primero que muestra los valores inculcados y los valores propios de los hijos.

 

Milagros Herrera.

En mi caso, Clara y Diego lo demuestran (no siempre claro está) con ejemplos que pueden parecer chicos pero que van dando la pauta de sus valores.

 Por ejemplo, cuando alguno de los dos se va por unos días el que queda suele festejar a voz en cuello diciendo que va a ser hijo único por ese tiempo, pero nunca pasa más de un par de días sin que en algún momento se acerque y diga…. ¿cuándo vuelve? Ya lo extraño… O cuando algo los pone tristes y tienen gestos de consuelo entre ellos, y ni hablar si alguien los hizo sentir mal, ahí sale el León, sale el valiente de adentro a defenderlo, el valiente que no piensa en consecuencias, sólo quiere defender a su hermano…

Esta es una historia para inspirar, que involucra ambas: Hermanos y Valientes.

Los protagonistas fueron Miguel, Juan Bautista y Agustín de Valiente.

Sucedió allá por el 1863 en el departamento de Soriano, sobre las costas del Coquimbo, afluente del Bequeló, conocido por la batalla de su nombre, ganada el 4 de junio de 1863 por las fuerzas revolucionarias, al mando del general Flores, contra la vanguardia del ejército del presidente Berro, a las órdenes del coronel Olid.

Veamos cómo relata lo sucedido el 2 de junio de l863, este soldado que actuaba, además, como ayudante del General Flores:

“A las primeras horas del 2 de junio del 63, Olid (el jefe gubernista) empezó a escopetearse con las fuerzas de Caraballo, mientras que Flores distribuía su gente para dar la batalla.

Iniciada ésta, don Venancio que observaba con sus gemelo los movimientos de su gente y las del enemigo, que obedecían con exactitud al plan que anticipadamente había concebido. Exclamó de pronto, entusiasmado y riéndose a la vez al ver que Olid llegaba a un paraje que él había elegido para darle el golpe decisivo. ¡Ya caíste, indio zonzo…!

Dio una orden, vibró el clarín, y las masas de caballería tendieron sus caballadas todo galope. Volvió a sonar un nuevo toque con mayor intensidad, el del clarín de órdenes que lo era el coronel Machín; y el de Caraballo, repitiéndolo, electrizó a sus huestes, que arremetieron con impetuosos bríos sobre las fuerzas gubernistas.

Era el antiguo toque “a degüello”, a cuyos sones las armas de fuego eran a su vez llamadas a silencio.

Servían en la vanguardia del coronel Olid tres hermanos que, por rara coincidencia, se apellidaban Valiente, como si ya, desde que nacieran, tal nombre hubiera de ser seguro anuncio de sus valerosas acciones.

Unidos por un intenso amor fraternal sostenían entre sí una noble rivalidad patria; la querían toda e intacta para ellos y para los suyos; libre y feliz a la sombra de su bandera, sus leyes y sus gobernantes.

La desgracia quiso que, en un terrible encuentro uno de los tres hermanos cayese herido.
álido y desfigurado, yacía en tierra el infortunado, lanzando dolientes gemidos, y eran tales las heridas, que se sentía morir por momentos.

Un mundo de rencores y odios crecía en el pecho del soldado herido, y a sus labios asomaban el insulto y la maldición contra el enemigo.

Cuando ya desesperaba de que alguien lo ayudara se vio socorrido por uno de sus hermanos, quien, habiéndolo visto caer, se había lanzado resueltamente en su socorro.

Rápidamente intentó parar la abundante sangre que manaba de las heridas, lo ayudó después a montar en la grupa de su caballo y se encaminó a su puesto en el combate, fiel al cumplimiento de su deber de soldado.

De repente, en una furiosa acometida del enemigo, que inadvertidamente los rodeó, ambos jinetes y su alazán cayeron acribillados a balazos.

Se abalanzaron sobre ellos los contrarios, dispuestos a rematarlos, pero los dos hermanos, envueltos en sangre, sacaron sus sables, describiendo círculos de muerte que mantenían a distancia a sus enemigos.

Dura y prolongada fue la resistencia, y más de un cuello enemigo fue medio cercenado.

Pero si bien su valor era inagotable, no sucedía lo mismo con sus fuerzas.

Extenuados por las heridas recibidas y la pérdida de sangre iban, pues, a abandonarse a lo inevitable, cuando el tercer hermano llegó al galope tendido en su ayuda; bajó del caballo, y sacándole el freno, en señal de renuncia a toda posibilidad de escapar, se abrió paso por entre los encarnizados enemigos que rodeaban a los otros dos hermanos, e hiriendo a unos y matando a otros, gritó con voz ronca:

“¡Donde ellos mueran caeré yo también!”.

Cuentan, que cuando fueron enterrados los restos de los tres héroes, la señora madre de los mismos pronunció estas austeras palabras:

¡No mataron al cuarto porque no estaba allí!

Se refería la señora al otro hijo que le quedaba con vida y que no había asistido a la batalla.

Por eso, esta trágica historia, es la excusa perfecta para resumir eso que se trae desde la cuna, sentimientos de hermanos que afloran desde las entrañas. Siempre unidos, pase lo que pase, y más en momentos que se requiere ser valientes…