Rurales El Suplemento

El agro en campaña electoral

“El ciclo de expansión del agro y la economía coincidió con los primeros gobiernos del Frente Amplio, lo que dio lugar a muchas confusiones”.

Nicolás Lussich
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En pocos días se cumplen 20 años de una manifestación política de gran significado que, sin embargo, poco se destaca en la historia reciente del Uruguay. El 13 de abril del año 1999, las organizaciones de productores rurales se movilizaron a Montevideo por la grave crisis que se imponía sobre el agro, que era mayormente ignorada por el ambiente urbano. Los productores marcharon por la ciudad para exponer su situación y tener respuestas políticas. Llegaron antes de que llegaran los problemas, como buscando advertir lo que luego efectivamente sobrevendría: una crisis nacional.

La sociedad urbana, en gran medida sorprendida por el vigor de la movilización, y los representantes políticos, escucharon los planteos del sector agropecuario, pero no hubo mayor respuesta: ese 1999 era año electoral y no había mucha voluntad de encarar los problemas, más allá de ciertas medidas para mitigar el endeudamiento. Además, desde el gobierno se estimó que la devaluación brasileña, causa inmediata de la crisis y que exponía problemas mayores de fondo, tendría solo un efecto transitorio.

La administración de Sanguinetti, en su segunda presidencia, no quería afectar el logro de haber llevado la inflación a un dígito tras varias décadas, lo que permitió alcanzar el Grado Inversor (1998). Luego en el 2000, el nuevo gobierno de Jorge Batlle vislumbró algunos síntomas positivos en la economía y en el contexto regional, postergándose ajustes de fondo. Y no hubo vuelta atrás: irrumpió la aftosa (que encontró al rodeo sin inmunidad), llegó la crisis argentina (que arrastró a nuestro sistema bancario) y el Uruguay, en recesión y con déficits crecientes, entró en una crisis económica y social.

Por suerte salió rápido: por medidas acertadas, por la acción política responsable de la oposición y el gobierno, que había faltado antes; por la devaluación, que normalizó los precios relativos, y por el inicio de un robusto ciclo de demanda mundial de productos que no tenía antecedentes y duró más de 10 años.

Hoy el país es uno bien distinto. Su capacidad productiva se ha multiplicado, casi no hay riesgo de crisis sanitaria o financiera, y el impacto de los vaivenes regionales está mucho más acotado. El endeudamiento complica, pero no tiene la gravedad que tenía en los 90. Aun así, el agro se moviliza y reclama, a través Un Solo Uruguay y las gremiales; y también, como en aquel 1999, tiene la compañía de otros sectores empresariales. No hay crisis, pero sí mucha preocupación por el rumbo de la economía.

Las visiones urbanas sobre el campo han avanzado. En particular, buena parte de la izquierda y del movimiento sindical reconocen que el despliegue de los agronegocios le da un vigor económico y social genuino al país. La producción ganadera, lechera, agrícola, forestal y otras, han puesto al Uruguay en una mejor situación y eso se vio en todas las localidades del territorio, incluyendo la capital. No es producción “primaria”: es “de primera”. El agro no fue el único sector que impulsó el crecimiento, no tengo una visión ‘agrocéntrica’ de la economía, pero fue y sigue siendo clave.

El ciclo de expansión del agro y la economía coincidió con los primeros gobiernos del Frente Amplio, lo que dio lugar a muchas confusiones, entre un discurso oficialista que se adjudica todos los logros y un discurso opositor que no reconoce nada. En ningún caso nos acercamos a la realidad. Sí creo que a la dinámica agropecuaria, más que valorarla e impulsarla, se la “dejó correr”, mientras se perseguían ambiciosos objetivos sociales y de desarrollo, desde una visión de izquierda, con el Estado como herramienta principal. Mientras la expansión se sostuvo, el gasto pudo cubrirse, mal que bien. Pero en 2015 los precios de exportación cayeron, la región entró en problemas y la expansión estatal está llegando a un nivel insostenible.

Los productores e industriales se quejan por la falta de rentabilidad, y ahora se suma el turismo por el golpe de la crisis argentina. Pero percibo que aún no se les cree demasiado y ese es un problema que evoca lo del 99. El gobierno remarca que Uruguay es muy diferente a los vecinos, los mercados nos tienen confianza y tenemos Grado Inversor (parecido al 99).

Es cierto que la producción es más robusta: se han acumulado inversiones empresariales y, también ahora, estatales (rutas, centros de estudio, etc.). El avance de la productividad del campo y en sectores agroindustriales ha sido extraordinario. El problema, y lo describe con precisión el economista Gabriel Oddone en un reciente artículo, es que la productividad no aumentó de la misma forma en otros sectores, o dicho de otra manera, no estamos tirando todos del carro con la misma fuerza: hay sectores donde la productividad subió menos que los precios, en particular en los servicios (no transables). Abrir esos sectores a mayor competencia y mejorando las regulaciones, es clave para un mejor desempeño de la economía en general y del campo en particular.

¿Hay tiempo? El economista Isaac Alfie, ex ministro y alguien que sabe lo que es enfrentar problemas desde dentro de un gobierno, advierte sobre la gravedad de la situación fiscal, pero es optimista respecto a que puede corregirse con esfuerzo, sin shocks, reduciendo gastos, y esperando mejoras en la región. El tipo de cambio flotante ayuda y la concreción de la inversión de UPM es clave, tanto por su significado efectivo como simbólico. Acumular 3 plantas de celulosa sería la culminación de un proceso de industrialización que era solo teoría cuando se aprobó la ley forestal (1987). Ojalá que así sea. Tal vez esta vez mantengamos el Grado Inversor y evitemos la crisis. Empecemos por escuchar y entender más a los productores y empresarios.