Opinión

Las virtudes de la celulosa

Ing. Agr. Nicolás Lussich.

El sector forestal se encamina a constituirse en el principal rubro de exportación del Uruguay. Ya está cerca de superar a la carne, lo que se confirmará si finalmente UPM construye su segunda planta en el país. El crecimiento del sector ha estado liderado por la celulosa, de creciente demanda en el mercado chino, por su crecimiento demográfico con urbanización, y aumento de los ingresos. Se destina principalmente a elaboración de papeles de uso doméstico (higiénico, tissue, papel de cocina, etc.) y a papel y cartones de embalaje (de alta demanda en el comercio y la logística). Los eucaliptus que crecen en los campos forestales uruguayos se transforman en las plantas de Fray Bentos (UPM) y Punta Pereira (Montes del Plata) en un producto de alto valor, y que proyecta un escenario auspicioso, aunque la dinámica de mercados siempre puede variar.

Esto es positivo para la economía: Uruguay tiene dificultades serias para insertarse en la economía global y es bueno sumar un rubro competitivo y dinámico. Además, diversifica la actividad agropecuaria, con rubros con dinámicas distintas. Por un lado la ganadería, tradicionalmente competitiva y modernizada al punto de alcanzar altos niveles de calidad, y capaz de mantener y aumentar las colocaciones, aun cuando la competencia crece y los precios fluctúan; si el país fuera más proactivo en apertura de mercados, aún daría mucho más. En agricultura la historia es diferente: salvo en arroz Uruguay no está entre los productores de granos más competitivos. Aun así, con tecnología de última generación (transgénicos, siembra directa, agroquímicos, etc.), logró expandir su producción en respuesta a la demanda global. Hoy está en proceso de ajuste, pero difícilmente vuelva a los escenarios acotados de otras décadas.

La forestación tiene otras bases: fue impulsada por una política de Estado, premeditada, concebida estratégicamente en los 80 para colocar a Uruguay en un rubro de alta demanda proyectada, positivo para el ambiente a través de la plantación de árboles y con capacidad de descentralizar actividad en todo el territorio. Contó con un ordenamiento territorial efectivo, a través de la definición de suelos de prioridad. Por todo esto se subsidiaron las plantaciones, que se fueron acumulando -paulatinamente- hasta llegar a niveles suficientes como para pensar en la industrialización. Así llegó la primera planta de UPM y las industrias de aserraderos y tableros.

Uno de los puntos flojos de la forestación es que la celulosa adquirió una dinámica mucho mayor que la producción de madera aserrada, pero esto no es culpa de la pulpa: no ha sido fácil dar con buenos productos de madera sólida y los costos locales no ayudan. La producción de pinos ha tenido dificultades y así la forestación anda renga, con la celulosa firme pero con aserraderos en problemas. En los últimos meses nuevas empresas han ingresado en este rubro y ojalá sean exitosos. Para la producción de madera aserrada, la celulosa es una aliada clave para colocar allí los raleos y podas.

La producción de celulosa moderna tiene dos rasgos que pueden hacerla poco amigables para miradas desarrollistas tradicionales. Por un lado, requiere una escala cada vez mayor: cuando los primeros proyectos celulósicos comenzaron a formularse (Eufores, Botnia) se hablaba de plantas de medio millón de toneladas anuales; hoy se apunta a más de 2 millones. Son grandes gigantes, inversión multimillonaria concentrada en un lugar, con alta tecnología y algunos cientos de puestos de trabajo de alta remuneración. No se trata de grandes masas de trabajadores industriales (creo que eso ya no se da en casi ningún rubro industrial). Por otro lado, para invertir en una planta competitiva, como se plantea ahora UPM, tiene que haber una base forestal mínima propia, que otorgue a la empresa cierta seguridad de suministro. No se trata de una amplia base de productores forestales independientes (aunque los hay cada vez más), como sucede en otros rubros (lechería, ganadería). Pero esto no implica que la producción de celulosa no tenga un gran impacto económico y social: los servicios e industrias adjuntos a la planta (p.e. la industria química), la producción de plantas en los viveros y -sobre todo- el transporte de madera, multiplican empleos y valor agregado en la economía, ni más ni menos que cualquier otro rubro. Según un reciente estudio de CPA Ferrere para la Sociedad de Productores Forestales (SPF) la cadena forestal responde por 3,6% del PBI total de la economía, y sostiene más de 25.000 empleos, de los cuales casi 14.500 están directamente vinculados al proceso productivo (viveros, plantación y cosecha, transporte, industria, logística) y el resto está en servicios conexos (insumos, repuestos, combustible, etc.).

Una de las críticas más reiteradas a los proyectos de celulosa (incluido el nuevo de UPM) refiere a que tiene exoneraciones tributarias por régimen de zona franca. En efecto, este régimen exonera de impuesto al patrimonio y -lo más atractivo- del impuesto a la renta (IRAE). Pero el régimen de zona franca no es exclusivo para la celulosa: hay otras múltiples actividades que lo utilizan. Y además no es el único régimen que ofrece exoneraciones impositivas: la ley de inversiones y sus recientes decretos regulatorios permiten exonerar del IRAE y otros impuestos a variados proyectos de inversión (decenas de proyectos agroindustriales lo han usado). Por otra parte, la cadena forestal -obviamente- genera una buena suma en impuestos recaudados por la DGI, año a año. Según el citado estudio, son unos U$S 278 millones, generados directa e indirectamente (un 15% del valor agregado sectorial). Desde el sector forestal se plantea que “se generan muchos más impuestos por hectárea que en ganadería”. Pero son rubros muy diferentes pues la forestación (en particular la celulosa) requiere mucha más inversión en la cadena: precisamente son las plantas de celulosa las que permiten al productor forestal llegar directamente a los mercados de mayor consumo. Por eso no creo que sea una comparación feliz, lo interesante es la complementación; por algo las hectáreas forestales en Uruguay están limitadas por la regulación de suelos y ambiental. De forma de generar con el suelo nacional la mayor producción con el uso más sostenible del suelo.

Con el nuevo proyecto UPM aspira -obviamente- a tener una buena rentabilidad. La inversión en Fray Bentos fue un rotundo éxito: el desempeño de la planta es excelente y la celulosa se colocó fluidamente en los mercados de destino, hoy a precios récord. De tal manera que la inversión ya se pagó con creces, dejando ganancias sustanciosas a la empresa (que está en el mejor momento de su historia). En cierta forma, podría decirse que parte de la inversión que llegará a Paso de los Toros viene de las ganancias de Fray Bentos.

¿Podría Uruguay no haber concedido el régimen de zonas francas? Por supuesto. Podría haber hecho mucho más incluso: promover un clima económico y de negocios como para que sean uruguayas las empresas de celulosa que lideren a nivel global, compitiendo con los finlandeses, chilenos o brasileños. ¿Por qué no? Pero soñar es gratis, invertir no. Uruguay tiene muchas virtudes, pero también tiene serias limitaciones e incertidumbres en varios planos como para convocar, sin más, grandes proyectos de inversión. Por eso se negoció y -si se concreta la segunda planta- UPM hará varias contribuciones, aún en régimen de zona franca (ver cuadro).

 

Sería ideal tener una cancha pareja para todas las empresas, y que todas paguen los impuestos corrientes. Intuyo, sin embargo, que para eso hay que tener una economía competitiva, y socialmente comprometida con la generación de valor, esto es, de renta, con acumulación de capital. Pero eso de generar valor y rentabilidad, en Uruguay, tiene mala prensa. Además, los regímenes especiales tienen sentido en cualquier economía, para aprovechar oportunidades y utilizarlos estratégicamente. Como en la forestación.

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