Historias que son cuentos

¿Mujer rural o mujer de campo?

No sé cuándo ni cómo nos conocimos, podría ser de toda la vida, aunque sé que no es así, pero parece. Me identifico, pienso, reflexiono y siento parecido. Esta es la historia de una de esas muchas mujeres que viven en el campo. A su pedido, no voy a revelar su nombre, pero su historia vale la pena conocer.

Milagros Herrera.

Esta es una historia de vida fantástica. No esperen encontrarse con grandes dramas ni acciones heroicas para el mundo, porque no lo hay. Es una historia de vida, no de película, y no por ello menos interesante y valorable.
El día que la llamé para proponerle esta entrevista le conté que mi intención  era reflejar sobre la vida de la “mujer rural”, fiel a su estilo me dijo primero que no, que ella no era una mujer rural como las que salían en la tele y en los diarios. Y tiene razón, no es una “mujer rural” en esos términos, tal vez es una “mujer de campo”.

¿Cuando y dónde naciste?

Nací en Montevideo en el año 62, pero me crié en Sauce, Canelones, en un tambo que tenía mi padre en sociedad con un vecino, soy la sexta hija de 7 hermanos.

¿Cómo fue tu vínculo con la vida rural?

Mi vínculo con el campo fue de siempre, la vida de niña en el tambo era muy libre, íbamos a la escuela de Sauce, convivíamos con distintas personas muy entrañables como un viejo casero que vivió toda su vida allí, formando parte de la familia al punto que un día mi madre. siendo él ya bastante viejo, le llamó la atención en una tarea y él le contestó “usted no me puede retar porque yo vine a esta casa antes que usted”.

Teníamos una quinta fabulosa con de todo: chanchos, gallinero, conejos etc., que formaban parte de mi vida cotidiana y por otro lado las inolvidables vacaciones en Zapicán.

¿Cómo era la vida en Zapicán?

Es el campo familiar por el lado de mamá, donde recuerdo que era todo muy austero, una linda casa, mucha gente muy querible, con agua corriente y sin luz eléctrica, sin una televisión que cortara charlas y juegos como las cartas, damas o la “ruleta del saber”, detalles de la infancia que te marcan para siempre.

El modo de vida era ayudar en las tareas rurales, andar a caballo en las yeguas viejas cuando éramos chiquitos hasta ir subiendo de categoría y llegar al famoso “ratón” que ya era un caballo, caballo. Aprender a nadar en las cañadas enseñados por papá; todos los mediodías papá y mamá cargaban una cubierta y nos llevaban a la cañada.
Recuerdo que ni bien terminaban las clases mamá ya juntaba todo y nos íbamos, volvíamos el día antes de volvieran a comenzar, obviamente sin ningunas ganas de hacerlo.

Hay olores como el de la naftalina que hasta el día de hoy lo detesto, porque cuando nos íbamos a Zapicán en diciembre, doña Blanca acondicionaba todo, las frazadas, la ropa que no se iba a usar, etc. en naftalina durante por lo menos 3 meses.

Entrar de nuevo a la casa de Sauce y aquel olor que invadía no sólo el olfato sino el alma, avisando que se había terminado la vida campera, son recuerdos imborrables.

¿Cómo llegas a Sarandí del Yí?

Bueno, pasan los años hasta que un buen día conocí en un Raid de Sarandí del Yí a Sergio, enseguida nos ennoviamos. Me casé joven, con 20 años, aunque en aquel momento era bastante normal.

Y nos vinimos a vivir a un campo arrendado a 18 kms de Sarandi del Yí por ruta 14 con un casco muy viejo, poco mantenido y con muy pocas comodidades: sin luz, sin estufa más que la cocina económica y agua de aljibe. Si bien instalamos un molino en un pozo donde se decía no se acababa el agua, a los 3 meses de instalado el molino aquel famoso pozo inagotable se secó.

Hacía muchas cosas, no sé como me daba el tiempo, las horas que pasaba lavando en pileta!, ¡los pañales que habré lavado!. Pintaba los cuartos, ayudaba a Sergio en el campo, cuanta tarea había, se hacía.
La verdad que lejos de generarme rebeldía me ayudó a crecer, pasábamos divino, jugábamos conga a la luz de una lámpara Aladin escuchando en la radio a Penino con sus comentarios de fútbol y luego la cartelera de ferias y remates ganaderos.

Así comenzó una nueva etapa que ella misma define como un desafío, pero también cuando realmente le tomó el gusto a la cosa, por distintos motivos, por la manera de trabajar, mucho más avanzada a lo que conocía, y también mucho más comprometida ya que las responsabilidades ahora como familia eran mayores.

¿Cómo se vivía el trabajo de campo, ya con una familia formada?

El trabajo y dedicación que supone llegar a entorar la vaquillona a los dos años, esperar el momento del tacto haciendo cálculos y llenos de expectativas, festejar cuando los resultados eran los esperados o volver desmoralizados de las mangas cuando no, es todo un desafío permanente. En el momento de la esquila, tener la mala suerte que coincida con un temporal, como sucedió, y el desasociego de salir a juntar la majada y arrimarla a las casas de la manera que fuera, el tratar salvar a fuerza de calor, café y aspirinas con bastante azúcar a las ovejas que estaban mal, tantas cosas… Pienso que el trabajo de campo lo más lindo que tiene es el desafío que todos los años sean distintos, no hay dos años iguales y cada año vuelve a renovarse la ilusión.

Las cosas anduvieron bien y compramos 60 hectáreas con una casita, modesta, y ahí vivimos 17 años y criamos a nuestros hijos. Y pudimos invertir en algunas comodidades como el molino y una motobomba para extraer el agua, el cargador aéreo para dar luz a las baterías, y después llegó el momento de instalar los paneles solares que alimentaban la radio para comunicarnos.

¿Cómo es criar hijos en campaña?

Siempre fue muy tranquilo y armonioso, sabíamos que éramos Sergio yo y los gurises, no se podía andar mal.
Los gurises en campaña se crían “impecable”. La importancia de la naturaleza, la idea de que la vida y la muerte es algo natural y así lo tomen, desde ayudar a sacar un cordero, cuando encarnerás, cuando ponés en cría a cualquier bicho, es todo parte de la naturaleza, lo toman natural, no hay picardía ni maldad, es la gran ventaja de quienes vivimos y criamos hijos en el campo.

Cuando yo te propuse esta entrevista te hablé de mujeres rurales y tú me dijiste que no te sentías una mujer rural en el concepto que lo manejan hoy en día. ¿Cómo te defines?

Vivo en el medio rural sin duda, pero a mí me desespera que cada vez que hablan de mujeres rurales muestran mujeres haciendo conservas, o tejiendo lana, me duele en el alma porque yo no hago ninguna de esas dos cosas y no me siento menos rural que esas mujeres, ni ellas menos rurales que yo porque no hacen todo lo que yo hice. Hablo en pasado porque hoy ya mi recado está desparramado, hace mucho que no salgo a caballo porque salen los demás y yo soy más útil quedándome en las casas haciendo otras cosas.

En su momento fui un peón entre comillas, porque ayudaba a mi marido a juntar ganado, a trabajar en el tubo, cuando estaba pariendo la majada tenía dos o tres potreros que los recorría diariamente y si tenía que agarrar una oveja en el campo para “parterearla” lo hacía. Ese aprender de la gente campera que yo aprendí con mi marido Sergio, de entrar a un potrero y por cómo ves que está el ganado sabes si hay algo raro o no. Es tomar decisiones sobre la marcha, es darte cuenta que sos a veces más útil si te vas al pueblo a solucionar que faltó una toma y solucionaste un trabajo rural que se estaba haciendo.

Por cosas de la vida misma en el año 2002 la familia se traslada a pocos kms al campo y casa de su suegro y la historia continúa. Con hijos e hijas ya grandes, con nietas, que seguramente puedan ser mujeres rurales o mujeres de campo, el titulo póngalo usted, en cualquier caso lo que las definirá será el amor a la familia y la pasión por el campo que mamaron.