Historias que son cuentos

Muchas cosas se pierden con la luz…

 

Milagros Herrera.

En casa, cuando era chica, como en casi todos los establecimientos de campaña en aquella época no había luz eléctrica.

Velas, algún farol de mantilla a kerosén o a gas y más adelante el famoso motor a nafta era lo que utilizábamos.

Las velas ya eran un tema, inevitable que el más chico termine soplando una y quedáramos a oscuras buscando nuevamente donde estarían los fósforos, y preguntando ¿quién fue el último que los agarró? También estaban los juegos con el cebo y sí, también se terminaba apagando las velas con el reto correspondiente. Pero la atracción de la vela una y mil veces volvía a ser más fuerte.

Los faroles eran un tema serio, estaban prohibidos para nosotros, cualquier cosa que hiciéramos cerca del farol hacía quemar la camiseta… creo que todavía dudo si no sería un tema personal del farol con nosotros.

Nuestros horarios no admitían mucha discusión, la hora de acostarse podía extenderse “media vela más”, para terminar el capítulo de un libro, una última mano de conga o el final de alguna historia de mi abuela sobre su juventud.

Y un poco más grandes, en verano con buena luna o en invierno cerca de la estufa, se daban largas charlas, a veces con amigos o en familia. Los temas parecían inacabables, nada nos distraía. Oíamos y nos oían.

Incluso cuando instalaron el motor, los horarios no cambiaron, era pregunta corriente “¿a qué hora se apaga el motor?” y dependiendo de la época del año o el día de la semana, ya que los sábados se podía apagar media hora más tarde. Aquella luz que era “muy parecida” a la de Montevideo empezaba a bajar su potencia, y casi como un instinto se hacía silencio y oíamos los últimos golpes de aquel aparato casi mágico anunciando el definitivo final del día.

Fue instalado detrás del viejo galpón de esquila, en una pieza que en otro tiempo fue “el galpón chico de Manicero”, un padrillo tordillo de carrera, que supo dormir guardado. Aquella habitación terminó  rebautizándose como “la pieza del motor”.

Ir a la pieza del motor a apagarlo era un medidor de valentía entre nosotros. El recuerdo clarito de ir muy convencida y tranquila, pasando primero la porterita chica del jardín, luego una cuadra de distancia hasta el galpón, y luego un corredor entre el galpón y los bretes.

El trayecto era relativamente iluminado por un foco sobre el tanque del agua y otro sobre el galpón que aseguraba reconocer el camino, ver las referencias y llevar calma.

Claro, la vuelta ya no era lo mismo… todo lo reconocible desaparecía, o peor, tomaba formas extrañas, las distancias se alargaban, el silencio permitía oír de verdad los sonidos del campo, pero transformados en seguros animales o aparecidos. Todo aquello terminaba en una inevitable carrera a todo pulmón hasta la puerta de casa.

Sí, hasta la puerta, porque allí se tomaba aire y se entraba como si hubiera venido caminando sin ninguna perturbación, mire si se daban cuenta los hermanos que uno se había asustado…

El motor fue un gran medidor de valentía.

Con el tiempo, conversaciones sobre cálculos económicos, cables, columnas, distancia de tendido, autorizaciones, posibles socios, empezaron a sonar muy seguido…

Todo indicaba que iban a instalar la luz eléctrica.

Y así fue, todavía tengo el recuerdo de mamá prendiendo y apagando luces y repitiéndonos una y mil veces: “miren, hay luz. ¿Se dan cuenta?, se levantan de noche al baño y hay luz…”.

Con la luz llegaron muchos cambios buenos: la heladera y el calefón dejaron de ser a super gas, el agua pasó a depender de una bomba eléctrica y no del viejo molino, el teléfono no necesitaba más de batería y un buen día llegó también la televisión.

Cuando quisimos acordar lo más importante cuando entraba la noche era que uno subiera al techo para girar la antena y otro abajo tratara de sintonizar “algo”, siempre más parecido a un diluvio que a una imagen de noticiero en la pantalla del televisor.

Un nuevo diálogo diario formó parte de nuestras vidas a esa hora: “¿ahiiii?” gritaba el del techo, cuando movía la antena, “Nooo” contestaba el otro que abajo sintonizaba, “más a la derecha”, “¿ahiiii?”. “¡A la derecha, no a la izquierda!”. “¿La derecha tuya o la mía?”

Eternos diálogos a gritos pelados, que fueron imponiéndose sobre las largas y tranquilas charlas donde oíamos y nos oían y  luego definitivamente sepultadas por el volumen de la misma televisión ya con antena satelital.

Con la luz, ganamos muchas cosas y perdimos algunas otras…

Pero, de vez en cuando, es buen momento para apagar alguna luz y encontrarnos en la oscuridad.