Historias que son cuentos

“La pulpera de Santa Lucía”… pero en Illescas

Era rubia y sus ojos celestes        
reflejaban la gloria del día
y cantaba como una calandria
la pulpera de Santa Lucía

Milagros Herrera.

Esta canción que en realidad es un vals cuya letra pertenece a Héctor Pedro Blomberg y que oímos muchas veces interpretado por el gran Santiago Chalar, resuena en mi cabeza cada vez que entro al almacén de ramos generales “Las tres hermanas” en el pueblo Illescas.

“Pinocha”, como todos la conocemos, es quien lo atiende hace ya más de 50 años. Mary Norma Álvarez Pizzorno es su nombre. Rubia de ojos celestes y excepcionalmente linda.

Nació en el año 46 y se crio en el pueblito El Arrayán, en épocas en que en la escuela había 83 niños con una sola maestra.

Muy jovencita se enamoró de quien fue su marido por 57 años. Como en todo pueblo chico se conocían de siempre. Se veían en fiestas de las escuelas, bailes del club, tanto en El Arrayán como en Illescas de donde “El Cosa” (como le llamaban) Fernández era oriundo. Pinocha tenía 18 años cuando se casaron y decidieron poner el comercio que atiende hasta hoy en día.

 

Su marido fue rematador, comprador cueros, tuvo local de feria entre otras muchas actividades, por lo que fue ella quien siempre atendió el almacén bastante sola, y en la medida que fueron llegando, a tres sus hijas. Sin duda una mujer con carácter, carácter que también se fue forjando con las distintas obligaciones de su forma de vida. Nunca se creyó linda, ni le importó, y nunca tuvo un problema con nadie. Eso sí, bar no había, es que el “Cosa” no quería. Tal vez temiendo que la llevara el  payador de Lavalle, me gusta pensar.

“Se trabajaba muchísimo, especialmente los días de feria. En el almacén había de todo. Llegó a funcionar como carnicería y estación de combustible al mismo tiempo.  La nafta y el kerosene la  despachábamos con una bomba casera y que por su precariedad cuando terminaba el día y me bañaba, quemaba la piel de la barriga de tanto contacto con el combustible. Parecía que se me iba a caer”, recuerda “Pinocha” sin un dejo de queja.

El horario era extenso desde las 8 de la mañana hasta las 9 o 10 de la noche. Pero, como es costumbre en el interior, todos sabían que si necesitaban algo importante fuera del horario comercial era tan solo golpear la puerta del fondo donde vivían.

Sin duda una vida de trabajo, pero que disfrutaban mucho por sus formas de ser, siempre enérgicos, activos y entusiastas

 

De su marido, fallecido ya hace algunos años, quedan los mejores recuerdos. En mi caso recuerdo las veces que iba con mis hijos aun chicos, quienes de ojos grandes no daban crédito de todo lo que había, y el “Cosa” les decía “agarren los que quieran mijos, y lo llevan”. Yo con una de esas miradas de madre, que solo los hijos entienden, los atajaba, ¡pero se iban con los bolsillos reventando de caramelos!. El mismo se guardaba al tiempo que decía “no seas mala, dejálos pobrecitos”. Un hombre solidario, ameno, conversador y siempre dispuesto a dar una mano. Todos sabían que contaban con él si necesitaban una gauchada. Si había que llevar a alguien  a tener familia, algún herido que trasladar a Batlle y Ordoñez para ser atendido, se recurría al “Cosa”. Sobre estas anécdotas”  “Pinocha” recuerda  puntualmente una, “era de madrugada cuando trajeron a un herido desde el paraje Los Ladrillos. Había habido una pelea y cuando llegó el hombre al almacén, venía con toda la barriga abierta, tanto, que se le veían hasta los intestinos. Allá salió “Cosa” raudo y veloz a llevarlo para ser curado.” Es que como dice Pinocha, a su marido le gustaba hacer el bien. Y por estas actitudes el almacén de ramos generales “Las tres hermanas” siempre fue conocido como “Lo del Cosa”

Como vemos, el almacén cumplía con muchas funciones más allá de las obvias. Pero tal vez. una de las mas invisibles sea la social. “Es que para atender a la gente hay que tener carácter tranquilo. Porque la gente viene y te cuenta todo, toda la vida, y yo muda, no sé nada nunca, solo escucho” dice Pinocha. Cuanta gente habrá descargado las preocupaciones de la solitaria vida en campaña en sus oídos!

Eso lleva también a  hacerse buenos amigos, como cuando llego una empresa a trabajar en la ruta 7 y el vínculo se fue transformando. Primero fueron nuevos clientes y forasteros, luego la confianza, las charlas y hasta la visita de sus familias hicieron que se fuera estrechando la relación .Un día fue un “Pasen, quédense a almorzar” y aquello se trasformo en casi una gran familia  postiza. “Es que la vida es más linda compartiendo” reflexiona.

Hoy su marido no está. Sus hijas no viven en Illescas y la invitan a irse del pueblo con ellas, pero la rubia de ojos celestes piensa en su casa, en el almacén, en tantos años felices y se queda.

 

Era rubia y sus ojos celestes
reflejaban la gloria del día
y cantaba como una calandria
la pulpera de Santa Lucía.

Era flor de la vieja parroquia.
¿Quién fue el gaucho que no la quería?
Los soldados de cuatro cuarteles
suspiraban en la pulpería.

Le cantó el payador mazorquero
con un dulce gemir de vihuelas
en la reja que olía a jazmines,
en el patio que olía a diamelas.

“Con el alma te quiero, pulpera,
y algún día tendrás que ser mía,
mientras llenan las noches del barrio
las guitarras de Santa Lucía”.

La llevó un payador de Lavalle
cuando el año cuarenta moría;
ya no alumbran sus ojos celestes
la parroquia de Santa Lucía.

No volvieron los trompas de Rosas
a cantarle vidalas y cielos.
En la reja de la pulpería
los jazmines lloraban de celos.

Y volvió el payador mazorquero
a cantar en el patio vacío
la doliente y postrer serenata
que llevábase el viento del río:

¿Dónde estás con tus ojos celestes,
oh pulpera que no fuiste mía?”
¡Cómo lloran por ti las guitarras,
las guitarras de Santa Lucía!

Autor(es): Héctor Blomberg, Enrique Maciel