Durante diez días, mientras miles de personas recorren la Expo Rural del Prado, detrás de una parrilla y un quiosco hay un grupo de voluntarios que trabaja con un objetivo que va mucho más allá de servir un plato de comida. Cada mesa atendida, cada chivito de cordero vendido y cada jornada que termina después de varias horas de trabajo contribuyen a reunir los recursos con los que el Servicio de Ayuda Rural del Uruguay (SARU) sostiene buena parte de su tarea durante todo el año.
Son diez días de trabajo para financiar doce meses de ayuda. SARU tiene más de 70 años de historia y actualmente alcanza a entre 260 y 270 niños y jóvenes, principalmente vinculados al medio rural, para que puedan continuar estudiando.
“Yo siempre les digo a las colaboradoras que es como si hiciéramos un beneficio por mes durante diez meses. Acá hacemos los diez días juntos”, contó a Rurales El País Desirée Cardoso, presidenta de la institución.
La Asociación Rural del Uruguay (ARU) cede sin costo los dos locales que SARU explota durante la Expo Prado: la tradicional parrilla y el quiosco de comida al paso. Lo que allí se recauda determina, en buena medida, el presupuesto con el que la organización trabajará durante el año siguiente.
“Nos ajustamos al presupuesto de los diez días del Prado”, explicó Cardoso.
Estudiar cuando el liceo queda lejos
La razón de ser de SARU nació de una realidad que todavía persiste en el interior: para muchos hijos de familias que viven en el campo, terminar la escuela significa enfrentarse a un problema tan básico como decisivo: cómo llegar al liceo.
Las distancias pueden ser grandes y no siempre existe un transporte que permita ir y volver todos los días. Por eso, una parte central de la tarea de SARU es apoyar residencias que reciben a esos jóvenes mientras cursan Secundaria.
Actualmente trabaja con hogares de Carlos Reyles y Guichón, cada uno con unos 26 estudiantes. Y la demanda supera ampliamente la capacidad disponible.
“Es más la lista de espera que la lista de los que se retiran del hogar después de cumplir esa etapa”, señaló Cardoso.
SARU aporta materiales solicitados por los liceos y alimentos no perecederos para complementar lo que reciben las residencias. Pero con el tiempo su red de ayuda se fue extendiendo.
Colabora con clubes de niños en Vergara y Rincón; con la Fazenda de la Esperanza, en Melo; y con un residencial de adultos mayores en Fraile Muerto.
También acompaña al centro juvenil ATR de Carlos Reyles, donde adolescentes de la localidad encuentran actividades después del liceo. Allí participan de talleres de percusión, baile criollo, maquillaje artístico y electricidad, entre otras propuestas.
“Es una maravilla cómo funciona”, destacó Cardoso.
Llegar más lejos
El acompañamiento no necesariamente termina cuando los jóvenes completan el liceo.
SARU tiene actualmente cuatro estudiantes en la residencia universitaria de Tacuarembó, a quienes brinda becas económicas para colaborar, entre otros gastos, con sus traslados.
También apoya a un joven de Carpintería, Durazno, que viaja a Montevideo para realizar un curso en Don Bosco y necesita solventar los pasajes para regresar los fines de semana.
En José Enrique Rodó la ayuda tiene otro objetivo. Allí SARU entrega canastas a seis familias para contribuir a que sus hijos permanezcan estudiando y no tengan que abandonar el liceo para salir a trabajar.
Detrás de distintas formas de colaboración aparece siempre la misma idea: que vivir en el medio rural no se transforme en una barrera para estudiar.
Una vida vinculada a SARU
La historia de Desiree Cardoso con la institución empezó mucho antes de llegar a la presidencia.
Bebé Pons de Palma, una de las mujeres vinculadas a los comienzos de SARU, era prima de su padre. En la década de 1970 la convocaba, junto a otras jóvenes, para colaborar durante la Expo Prado.
“Nos llamaba para que a la tarde viniéramos con amigas a atender unos locales”, recordó.
Después Cardoso se casó y se fue a vivir al campo, cerca de Paso de los Mellizos. Allí permaneció durante unos 13 o 14 años, formó su familia y tuvo a sus hijos.
Paradójicamente, fue la educación la que terminó acercándola nuevamente a SARU.
Cuando llegó el momento de que sus hijos continuaran estudiando, la familia se trasladó y, alrededor de 1989, Pons de Palma volvió a convocarla para colaborar con la institución.
Esta vez no se alejó más.
Pasó por diferentes tareas, estuvo alrededor de 23 años en la tesorería y décadas después de aquellas primeras tardes como voluntaria en el Prado asumió, por primera vez, la presidencia de SARU.
La propia historia de Cardoso guarda así varios puntos de contacto con la institución que hoy encabeza: vivió durante años en el medio rural, formó allí su familia y también conoció el momento en que la educación de los hijos comienza a condicionar las decisiones familiares.
Una organización sostenida por voluntarios
SARU surgió por iniciativa de matrimonios que vivían en el campo y veían las dificultades que enfrentaban los hijos de trabajadores rurales cuando terminaban Primaria y querían seguir estudiando.
Con el paso de las décadas, la comisión quedó integrada fundamentalmente por mujeres. Hoy también se han sumado colaboradores jóvenes que destinan parte de sus fines de semana a trabajar con la organización.
Durante el Prado esa característica queda especialmente a la vista: las propias integrantes y colaboradores de SARU atienden las mesas y trabajan en los locales.
Además de la actividad gastronómica, la institución incorporó propuestas durante la tarde para generar recursos adicionales. Este año, por ejemplo, realiza una actividad con la narradora Malu Grus, centrada en historias de mujeres.
Cada ingreso cuenta porque los alimentos que SARU distribuye no provienen necesariamente de donaciones: buena parte se compra con el dinero recaudado.
Incluso cuando alguien quiere colaborar desde Montevideo, la institución procura evitar el costo de trasladar mercadería hacia el interior. Por eso prefiere recibir aportes económicos y comprar directamente en las localidades donde se necesita la ayuda.
“Los jóvenes son el futuro del país”
Después de diez días de parrilla, cocina, atención de mesas y organización, el cansancio aparece. Pero Cardoso asegura que también aparece otra cosa.
“Deja mucha satisfacción, mucha alegría saber que con esta actividad del Prado se logran fondos para poder solventar, ayudar y apoyar a los jóvenes para que puedan llegar a la etapa de cursar terciario y que no queden solamente con una primaria”, afirmó.
Para SARU, además, estudiar no necesariamente significa que esos jóvenes deban abandonar definitivamente el medio del que provienen. El objetivo es que puedan capacitarse y encontrar también oportunidades para desarrollarse en sus propias zonas.
El campo cambió y también cambió la formación necesaria para trabajar en él.
“Todos sabemos que ahora los tractores son con computadoras, todo es con drones, todo hay que saber manejarlo. Hay que calificarse, hay que estudiar y hay que prepararse”, sostuvo Cardoso.
Por eso, mientras miles de personas recorren la Expo Prado, para las voluntarias de SARU cada plato servido tiene otro significado.
Son diez días intensos, pero de ellos depende buena parte de los doce meses siguientes: que un joven tenga dónde vivir para poder ir al liceo, que otro pueda pagar el pasaje para estudiar, que una familia no tenga que retirar a su hijo de clase para mandarlo a trabajar o que alguien que comenzó en una escuela rural pueda llegar, años después, a la educación terciaria.
“Los jóvenes son el futuro del país”, resumió Cardoso.
Y detrás de la parrilla de SARU, entre mesas, pedidos y el tradicional chivito de cordero, se trabaja justamente para eso: para que el lugar donde un joven nació no determine hasta dónde puede llegar.