Economía

El acuerdo con UE nivela una cancha que venía despareja para el Mercosur

Es un buen momento para avanzar en facilitación del comercio entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico.

Andrés Rebolledo – Especialista en Relaciones Internacionales y Comercio. Foto: El País

Luis Custodio. 

Para el economista chileno Andrés Rebolledo, el acuerdo entre UE y Mercosur representa un enorme avance para los cuatro países del bloque, que les pone en la misma línea que México, Chile y los países andinos en su relación con Europa, en lo que podría ser la base para un futuro acuerdo regional. Rebolledo es especialista en relaciones internacionales y participó activamente en las negociaciones de acuerdos internacionales durante más de 20 años en los gobiernos de la Concertación. También fue ministro de Energía y embajador en Uruguay. La ventaja temporal que Chile obtuvo sobre otros mercados al convertirse en el país de Latinoamérica con más acuerdos comerciales, es para el Mercosur la necesidad imperiosa de acortar distancias y no seguir resignando oportunidades, asegura el experto. La temporalidad de las ventajas que otorgan los acuerdos obedece a que, en la medida que todos avancen, las diferencias deberán obtenerse en otros rubros. El desafío es de los Estados, sostiene: agregar valor a su producción y ser competitivos para mantener mercados que demanden sus productos. A continuación, un resumen de la entrevista.

—¿Qué valor le adjudica al anuncio de un acuerdo entre Mercosur y Unión Europea?

—Fue una excelente noticia, se necesitaba un avance de este tipo. Avances como ese, junto con las manifestaciones que se escuchan en la actualidad sobre la necesidad de reestructurar a la baja el arancel externo común, generan expectativas positivas.
En un contexto global de incertidumbre, con una guerra comercial, cambiaria, tecnológica que nos va a seguir preocupando por mucho tiempo, llegar al final de un proceso de 20 años de negociación debe ser observado como una reafirmación de la necesidad de avanzar en esa dirección. En estos contextos es cuando más sentido cobra negociar apertura de comercio y normas justas que aseguren el acceso.

—Buena parte de las críticas apuntan precisamente a que un proceso de dos décadas no refleja un gran avance de aquello que comenzó a discutirse en los noventa…

—Lo esencial es haber llegado a este acuerdo. Precisamente, los acuerdos siempre son vivos, en el sentido que se pueden ir profundizando. Esa ha sido la experiencia de Chile. Hay un momento en que debe prevalecer el pragmatismo y hay que cerrar la negociación; se alinearon los intereses en el Mercosur y los europeos, y es el momento para aprovechar y cerrar el acuerdo; siempre se puede mejorar.
En la experiencia de Chile, 24 acuerdos con más de 60 países que representa el 95% de nuestro comercio con el mundo cubierto por alguno de estos acuerdos y con un arancel promedio con el mundo que es 0,4%, lo importante ha sido tener vocación para cerrar acuerdos. Y han sido acuerdos muy distintos entre sí, con una alta complejidad de administración, pero básicamente encarados con un gran pragmatismo. Eso es fundamental para países chicos como Chile o Uruguay.

—Si nos ubicamos en el acuerdo que firmó Chile con la Unión Europea, vigente desde 2003, ¿es similar al que han alcanzado Mercosur y Unión Europea?

—Es similar, sí. En primer lugar, es un acuerdo que va más allá de los tratados de libre comercio que se han negociado en formato estándar durante mucho tiempo. Comprende tres pilares: comercio, política y cooperación. El primero de ellos es un TLC de los habituales y es similar al que pusimos en vigencia hace más quince años en Chile: un acuerdo profundo y abierto en bienes industriales, con alguna salvedad que se desprende fundamentalmente de los temas que le preocupan a Brasil; un acuerdo en bienes agropecuarios en base a cuotas y aranceles que no llegan a cero, como consecuencia de la sensibilidad que tienen los europeos en la materia. Cabe decir que esa gradualidad se ha ido cumpliendo ya y que las exportaciones chilenas, que han crecido en volumen, un 99% ya entran con arancel cero a la UE. Los otros dos pilares que constan en el acuerdo, son un avance importante comparado con otro tipo de negociaciones con otros bloques o países. Europa tiene un paradigma de negociación distinto, cuentan con su propio modelo de integración e incorpora esos otros aspectos relevantes.

—Aquel acuerdo de Chile con la UE, ¿tuvo ajustes en este período?

—Lo primero fue que negociamos con la UE de quince países, y hoy son muchos más. Eso llevó todo un proceso de incorporar otros mercados, lo que llevó a pequeñas negociaciones puntuales, ampliación de cuotas, aspectos administrativos, etc. Pero se convirtieron en nuevas oportunidades. Lo segundo es lo que está sucediendo ahora, una renovación de todo el acuerdo, en sus tres pilares. Se están negociando tres cosas: que crezcan las cuotas nuevamente, la ampliación de las listas de identificaciones geográficas de los productos —en su momento fue solo vinos y licores y ahora se incorporan quesos y otros bienes industriales—; y un tercer elemento ampliar acuerdos en e-commerce, datos y otras nuevas modalidades de comercio. Claramente son todas mejoras.

—La postura abierta a negociar acuerdos en Chile ha sido constante; desde la dictadura, que lo hizo en forma unilateral, hasta los gobiernos de la Concertación y luego la derecha que negociaron más de veinte tratados…

—El que no negocia pierde, eso está claro en Chile. Estos acuerdos son ventajas temporales que hay que aprovechar bien, mientras se hacen los deberes internos para ser competitivos y estar preparados para cuando desaparezcan. Porque van a desaparecer esos beneficios, porque en algún momento mi competidor va a tener las mismas ventajas que hoy tengo yo. Es importante tener en cuenta que los TLC son un instrumento, no un fin en sí mismo; la tarea sigue siendo interna de los países.
Para esa ventaja temporal que digo que debe aprovechar Chile cada día, para el Mercosur es más exigente aún, porque se trata de ponerse al día y reducir la ventaja que le han sacado otros competidores. Se trata de nivelar la cancha.
Un ejemplo de esas ventajas que ha logrado Chile es que, a partir de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, la aplicación de nuevos aranceles no resulto una amenaza para las exportaciones de Chile. Unos 350 productos que Chile exportaba a China e India y sobre los cuales, como respuesta a las decisiones de Trump, habían tenido también un alza de aranceles, se mantuvieron con preferencias en base a los acuerdos que ya tiene Chile con esos países. Es más, se transformó en una ventaja adicional para nuestro país.
Y en la medida en que se avanza en más acuerdos, los aranceles ya no son la cuestión más importante; se trata ahora de normas que es necesario negociar, adecuar y compatibilizar.

—En Chile se reclama que han faltado políticas más profundas para revisar los costos sociales y económicos del proceso de apertura…

—Es perfectamente demostrable que los acuerdos comerciales han sido fundamentales para el crecimiento económico de Chile. Las exportaciones explican el 40% del PIB y el 20% del empleo. El incremento en el producto per cápita y el crecimiento de la producción en muchos sectores tiene un perfecto correlato con la apertura comercial. Eso se puede medir de distintas formas y hay información suficiente para corroborarlo.
Claro que hay tareas pendientes; es imperioso trabajar en incorporar más valor agregado a las exportaciones, eso no lo resuelven los TLC.
Entre los críticos al acuerdo hay una confrontación de modelos desde el punto de vista ideológico. Pero también hay, y eso es un aspecto muy pendiente, una necesidad de dar el paso a una manera distinta, más transparente y abierta, de relacionarse con la sociedad civil y con el Congreso. El legislativo recibe el acuerdo ya negociado y solo puede decir sí o no. Efectivamente, en la etapa previa no existe un diálogo muy fluido y eso podría reformularse, buscando acuerdos que den otra base de respaldo a los acuerdos.

—El TLC entre Uruguay y Chile fue una demostración de lo costoso que resulta avanzar en la región.

—Es significativo, sí. No debería haber ocurrido así. Ahora, una cuestión que me preocupa, es cómo poder avanzar más en acercamientos en Sudamérica. Es hora que la Alianza del Pacífico y el Mercosur comiencen a conversar en serio buscando acercamientos. Ni siquiera hablo de convergencia, algún día podrá ser, pero sí avanzar en conversaciones entre dos paradigmas que parecían muy distintos inicialmente, pero a la luz de lo que está pasando en ambos sub-bloques, creo que es posible acercarnos con puntos de acuerdo en temas como la facilitación del comercio, los asuntos de homologación y armonización normativa; hay muchos asuntos que a veces tienen que ver más con lo microeconómico en los que la Alianza ha tenido avances y es un buen momento extender esos asuntos a la conversación con el Mercosur.