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Acutain: “El potencial de África para producir alimentos es enorme”

Juan Francisco Acutain es un ingeniero agrónomo argentino que trabajó en Nueva Zelanda, Uganda y hoy está en Estados Unidos. Expresó que en soja y maíz los ugandeses cosechaban 500 y 800 kilos por hectárea respectivamente, al tiempo que la empresa en la que él trabajaba llegó a promediar 2.000 kilos para la soja y 5.000 para el maíz en grandes extensiones. Por ello, si bien acceder a tecnología, insumos, fertilizantes y maquinaria es tarea difícil, África tiene un potencial “enorme” y hay “muchísima tierra para sembrar”.

Juan Francisco Acutain en las chacras de Uganda

¿Cómo comenzó su vinculación con el campo?

Soy de Zárate, que es una ciudad de 100.000 habitantes a una hora de Buenos Aires. No es una ciudad rural, más que nada es industrial. La familia de mi abuelo tenía campo en provincia de Buenos Aires y en Chaco. Una tía es ingeniera agrónoma y empecé a ir al campo por ella, me empezó a gustar y cuando terminé el secundario decidí estudiar agronomía. A mí me gustaba más la ganadería porque en los campos de mi abuelo era lo que más se hacía, y por eso también me fui a Nueva Zelanda. Allá trabajé de varias cosas, pero estuve más que nada en campos de ovinos y en tambos. Cuando volví, me recibí y el primer trabajo que tuve fue en agricultura en Los Grobo. Ahí me gustó la agricultura y me quedé para siempre.

¿Siguen explotando los campos de tu abuelo?

A los 18 años, justo cuando yo empecé la facultad los alquilaron a los dos. Mi abuelo se murió y de mis tíos a ninguno le interesaba el campo, salvo mi tía que se cansó de tanto laburo sola y los alquilamos. Cuando empecé a estudiar agronomía no pude ir más al campo y ahí perdí un poco de contacto.

¿Y por eso decide irse a Nueva Zelanda a trabajar en el campo?

Fui con un amigo de la facultad con esa visa de trabajo y vacaciones y estuvimos casi un año allá haciendo un poco de todo. Principalmente quería conocer el tambo porque allá son de los mejores en eso, pero también terminamos viajando por ahí y haciendo otros trabajos temporales siempre relacionados a la agricultura o ganadería.

Juan Francisco Acutain

¿Cómo empezó en Los Grobo?

Empecé con una pasantía en un control de cosecha y quedé como empleado responsable de agricultura en Bolívar, luego Pehuajó y ahí quedé 4 años. Me había gustado la experiencia en Nueva Zelanda y quería volver a salir del país. Pensé en Australia porque era similar, pero no fue fácil conseguir laburo. Lo mismo con Estados Unidos, que no me interesaba tanto en ese momento, pero tampoco surgía nada, y apareció esto en África que era un proyecto de una empresa de Estados Unidos con socios argentinos, consultores y agrónomos que viajaban cada 3 o 4 meses. Me empecé a interiorizar de la agricultura allá y el potencial era súper interesante. Mi mujer estaba con ganas de vivir en otro país y nos decidimos por esa experiencia.

¿Cómo es vivir en Uganda?

Vivíamos en un campo a 4 horas de la capital. La capital, que es Kampala, está bien, es una ciudad más o menos moderna, grande, donde se consigue todo lo que se necesita para vivir. Pero te vas y es todo muy rural, hay mucha pobreza y no existen las comodidades a las que nosotros estamos acostumbrados. Estuvimos 2 años viviendo en el campo. Las compras de supermercado las hacíamos en Kampala cada 15 días para abastecernos. En la ciudad más cercana había una estación de servicio y supermercado pequeño para cosas básicas, pero nada más. Para productos como queso, leche pasteurizada o todo lo que fuera industrializado tenías que ir a la capital. A los 2 años mi mujer se mudó a un apartamento en la capital y yo viajaba los fines de semana.

¿Qué extensión y qué cultivos hacían?

Los cultivos más comunes allá son el maíz, la caña de azúcar, el arroz, la mandioca y el poroto. Casi la totalidad de la dieta del ugandés está ahí. El 90% de la agricultura es a mano, hay cero tecnología e insumos, casi no usan fertilizantes, la semilla es producida por ellos y no hay certificada ni híbridos, los cultivos son pésimos y hay muchas malezas. Como no hay posibilidades ni asesoramiento los rindes son bajísimos y no se ven grandes extensiones ni campos modernos, ni siquiera se ve maquinaria. La empresa en la que yo trabajaba era la más grande de Uganda para estos cultivos. Yo llegué y hacían 2.000 hectáreas y cuando me fui se hacían 6.000: la mitad maíz y la mitad soja. Se hacían dos cultivos de verano al año. Tenían un ciclo bastante corto, pero alcanzaba para hacer dos. La principal temporada es la segunda del año, que es un poco más larga y con más lluvia.

Juan Francisco Acutain

¿Cómo era el régimen de lluvias? ¿Hacían riego?

No hacíamos riego. Llovían unos 1500 mm al año. Enero y febrero son completamente secos. Entre marzo y junio teníamos la primera campaña, cosechábamos y entre julio y agosto sembrábamos de nuevo para cosechar en diciembre. No te podés demorar de esas ventanas porque las lluvias se cortan, y si a fines de noviembre te agarra en floración sabés que no va a llover más.

¿Qué hacían con la producción?

Un 50% quedaba en Uganda y un 50% iba a Kenia. Era súper complicado acceder a tecnología. Los productores locales usan pocos insumos, casi no usan fertilizantes y los productos son de mala calidad. Por ejemplo, usaban insecticidas viejos que son bastante tóxicos y nosotros ya no usamos más, o no utilizaban nada de herbicidas y sacaban las malezas a mano. Por eso es difícil que las empresas grandes vayan. Nosotros, sembrando 6.000 hectáreas de maíz al año comprábamos entre un 30% y un 40% de la semilla que se vende en Uganda. Muchas veces la semilla venía de Sudáfrica o de Zambia y había que pedirla y hasta pagarla con 6 meses de anticipación. Los distribuidores no son confiables, decían que la semilla estaba y no estaba, o llegaba tarde. Para la maquinaria lo mismo, la empresa era americana y usábamos todo John Deere y teníamos que tener en el campo stock de repuestos, porque los distribuidores locales solamente podían tener algún repuesto para los tractores más chicos.

¿Cómo era la seguridad?

Uganda en general es muy seguro. Te tratan muy bien y la gente está contenta de que vayas a trabajar en su país, conozcas su cultura, su idioma… Son muy abiertos. Yo manejaba sin problemas en cualquier lado, podía parar a comprar lo que necesitaba y no tuve problemas. Pero sí ves mucha gente armada: en la puerta de cualquier negocio que maneje plata veías un tipo con un arma larga o una AK-47, y para nosotros es un poco shockeante. En nuestros campos teníamos gente armada en la entrada. Alguna vez pasó de algún vecino que entrara a robar maíz, pero no más que eso.

¿Le ve potencial a África para la producción de alimentos?

Sí, por lo que conocí de Uganda, Kenia y lo que hablé con argentinos que están produciendo en otros países, el potencial es enorme. Para que te des una idea, el promedio de rendimientos de maíz era de 800 kilos, y nosotros sacábamos cerca de 5.000 y llegamos hasta 7.500. Y teníamos mucho espacio para mejorar en genética. En soja plantaban poco pero sacaban entre 300 y 500, y nosotros en grandes extensiones promediábamos los 2.000 kilos por hectárea, y hemos sacado hasta 3.500. El potencial existe y hay muchísima tierra para sembrar. La educación es muy mala, entonces conseguir empleados que trabajen bien es muy difícil, hay que entrenarlos, dedicarle tiempo y es difícil para ellos trabajar en esos campos, porque no tienen contacto con ese tipo de producción. En Uganda se ven cultivos horribles, llenos de malezas y explicarle lo que pretendemos lleva mucho tiempo. Cuesta, pero si conseguís la gente que le interesa la agricultura se pueden lograr cosas bunas. Requiere tiempo, paciencia y dedicación.

Juan Francisco Acutain

Y ahora está en un proyecto de cáñamo en Oregón…

Con la pandemia se nos hizo difícil vivir allá. Estábamos muy limitados, no podíamos viajar que era uno de nuestros intereses y pensamos que después de 4 años cumplimos un ciclo. Como queríamos seguir viviendo afuera, surgió esta chance en Estados Unidos y me pareció muy interesante, el cáñamo es un cultivo del que no se sabe mucho. En Estados Unidos se aprobó en 2018 y se puede plantar con registro, pero vas a la Universidad de Oregón a preguntar y no tienen mucha idea. No hay muchas empresas que vendan semilla y tampoco saben cuáles variedades funcionan. Está todo por hacer, me pareció similar a lo de Uganda en lo que refiere a desarrollar cultivos nuevos en lugares donde no se hacen. Es un proyecto interesante. En algún momento en Argentina se va a implementar.

¿Cuál es el principal uso para el cáñamo?

Trabajo en una empresa integrada que siembra y produce aceite de CBD, hacemos la extracción y venta de producto terminado, con packagging y se vende online, totalmente integrada. Por ahora solo hacemos aceite, pomadas, caramelo, bálsamos… Estamos empezando un proyecto para hacer fibra de cáñamo, materiales de construcción, aislantes, quizás textiles. Hay un mercado enorme pero pocas empresas lo han explotado bien. Por ejemplo, en aceite de CBD hubo muchas empresas sembrando cáñamo para ello, pensaron que el precio era bueno y era fácil de hacer y se fundieron casi todas. No es tan fácil como se pensaba, no es como la marihuana que como el precio es alto, a veces se puede hacer todo a mano y no pasa nada. El mercado se saturó, bajó el precio y hay que hacerlo más eficiente. El cáñamo va a terminar siendo como un commodity más, como la soja o el maíz que son eficientes con los precios actuales.

¿Tienen pensado volver a Argentina?

Sí. La idea nuestra es estar un par de años acá y vivir esta experiencia. Me gusta que el trabajo me dé la posibilidad de viajar, conocer otras culturas, ver otros países, pero nuestra idea es volver.

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