Opinión

Una herencia complicada

La crisis por el Coronavirus golpea a una economía que ya venía con un deterioro importante, sin crecer, y con déficit fiscal y desempleo récord. Ahora, el desafío es doble: superar la epidemia y resolver los problemas previos. Porque no todo es culpa del virus.

 

Ing. Agr. MBA, Nicolás Lussich.

Se viven días clave en el desarrollo de la pandemia por Coronavirus: la construcción retomó la actividad con un detallado protocolo sanitario y la ministra Arbeleche anunció que se elaboran otros, para que más sectores vayan por el mismo camino. El contagio avanza lentamente, pero no se puede cantar victoria: el invierno se acerca y -según la visión de la mayoría de los expertos- el virus llegó para quedarse.

Al mismo tiempo, se han divulgado las previsiones de los organismos multilaterales para la economía mundial, regional y local, pintando un escenario grave: la economía global tendrá una recesión histórica, con una caída del PBI del 3%. La región caerá más todavía, con Argentina y Brasil con bajas de 5% en su PBI. En este escenario, las previsiones para Uruguay no son las peores: 2,7% de caída este año con recuperación fuerte el próximo, según el Banco Mundial (gráfico). Pero más allá de las comparaciones, es un golpe tremendo, particularmente para los integrantes de la sociedad más expuestos, con menos recursos.

Las proyecciones incorporan el impacto de la crisis causada por el Coronavirus, con la cuasi paralización de las principales economías del mundo y la región, en las últimas semanas. Pero hay algo más: Uruguay ya venía escorado, con serios problemas. En estos días se han dado a conocer indicadores del desempeño de nuestra economía previos a la irrupción del virus. El PBI no creció en 2019 y retrocedió en el cierre del año; seguramente también cayó en el arranque de 2020 (antes del virus). Además, el déficit fiscal a febrero cerró en 5% del PBI (récord de 30 años) con la inflación cerca de 9% y el empleo en retroceso, con la tasa de desempleo de febrero en 10,5%, máximo en casi 14 años. Es con esas ‘condiciones predisponentes’ que llega el virus a Uruguay (aparentemente entró en febrero), infectando a un ‘paciente’ que ya venía complicado.

Impacto económico y social. Con el trasfondo de importantes desequilibrios macroeconómicos, lo más preocupante es el empleo. Según los datos mensuales del Instituto Nacional de Estadística -y tomando promedios trimestrales- el empleo volvió a retroceder en el año móvil a febrero, con una caída de unos 6.000 puestos de trabajo. A su vez hubo un cierto aumento en el número de personas que busca trabajo (seguramente consecuencia de la caída en el ingreso de los hogares), por lo que los desempleados subieron en 15.000 individuos. A febrero, se estima que había 164.000 uruguayos que buscaban trabajo sin encontrarlo. Son 44.000 personas más de lo que se registraba en 2015.

El empleo en el campo ha sido el más golpeado en el año móvil a febrero (gráfica), seguido por el empleo doméstico, con caídas estimadas de 16.000 y 7.000 puestos de trabajo, respectivamente. Fueron compensados -parcialmente- por aumentos en el empleo en el sector salud y en la Administración Pública (5.000 puestos cada uno). La industria y la construcción ya habían hecho antes el ajuste y tuvieron variaciones menores.

Los vínculos laborales son los eslabones clave de la dinámica económica-social: si esa red se deteriora, los problemas sociales se agudizan. Y todo indica que la situación ya era difícil antes de la irrupción del virus, que agrava el problema. En estos días el nuevo gobierno ha tomado varias medidas para fortalecer las ayudas sociales, pero da la sensación de que el alcance no es suficiente. Es que la situación fiscal impone un cuidado extremo en el gasto; además, no se trata solo de plata: recomponer los vínculos laborales lleva tiempo y requiere de una dinámica económica que Uruguay perdió -reitero- antes del Covid-19.

El ternero les gana. En un país casi sin mercado de capitales y con mercados financieros acotados -más ahora con la epidemia-, el mercado ganadero sigue funcionando intensamente, reflejando la resistencia de la ganadería a la crisis y la optimista visión de largo plazo en el sector. Es lo que ha demostrado el remate por pantalla de Plaza Rural, con una gran oferta de ganado para el campo, a lo que seguramente continuarán otras firmas rematadoras. Se venderán más de 40.000 vacunos en dos semanas, seguramente el principal mercado de comercialización hoy en Uruguay, en cualquier rubro, que moverá más de US$ 10 millones. A los remates por pantalla los impulsó la aftosa y son inmunes al Coronavirus.

Allí los precios de los terneros, en plena zafra, han logrado valores muy buenos, iguales o superiores a los de un año atrás, en dólares (con un dólar más fuerte), con promedios por encima de los 2,30 U$S/kg. Es un reflejo de que -más allá de la crisis- las perspectivas de mediano y largo plazo son alentadoras para el sector cárnico (gráfica).

El precio de los novillos para faena se mueve entre 3,10 y 3,20 U$S/kg, valores también buenos a muy buenos en términos históricos, a pesar de la brusca caída reciente. La faena mermó, pero seguramente se recuperará en los próximos días. La exportación cárnica tiene una alta dependencia de China, que comienza lentamente a reactivarse. Europa seguramente demorará más en responder, pero lo hará. ¿Es posible que el resto de la economía uruguaya se ‘contagie’ del optimismo ganadero? No es tan fácil.

Cuestiones de fondo. La epidemia de Coronavirus se superará, aunque no se sabe cuándo. En estos días la actividad aumentó, pero con el riesgo de que una falsa sensación de éxito nos haga “pisar el palito”: más que nunca hay que mantener el distanciamiento social y trabajar bajo nuevas modalidades. No se trata de “volver a la normalidad”: hay una nueva situación y aun volviendo a la actividad, trabajar en forma diferente, con nuevos protocolos. Esto vale para la construcción, el agro o el transporte, y los sectores que se vayan sumando.

Una vez que la epidemia se supere, volveremos a enfrentar problemas previos no resueltos, a los que seguramente habrá que agregar más deuda y problemas fiscales (gráfica). La calificadora Fitch -que nos tiene con el Grado Inversor bajo la lupa- ha transmitido que mantiene la nota de la deuda uruguaya a pesar del deterioro fiscal, porque el país tiene la fortaleza institucional para encauzar la situación, según informó Búsqueda.

Pero solo con fortaleza institucional no alcanza. La falta de competitividad es un virus embromado, con síntomas agudos: pérdida de empleo, déficits fiscales febriles y dificultades para moverse. Y más allá de los números -que son elocuentes- hay cuestiones políticas y filosóficas asociadas a esta enfermedad. Pasan por las dificultades que ha tenido el país para combinar mejoras sociales y mejoras en la competitividad. Parecería que se contraponen permanentemente, cuando en realidad una cosa no puede sostenerse sin la otra. No puede haber beneficios sociales amplios y fuertes, si la productividad del empleo y la inversión no crecen. No se pueden hacer compromisos ambientales o de calidad de convivencia ambiciosos, si no se avanzar en insertar al Uruguay en la economía global con amplio acceso a los principales mercados. No es posible ampliar el gasto estatal de manera inflexible, inducida e indexada, sin tener recaudos y criterios que atiendan a la actividad que lo sostiene; de lo contrario, ante el primer escenario adverso el gasto sube, la recaudación cae y tenemos que endeudarnos cada vez más, un camino que ya se sabe cómo termina.

La recurrente insistencia en confrontar capital y trabajo -sin ser tan naif como para negar la contraposición- no nos lleva lejos: para que la economía se fortalezca, inversión y empleo de calidad van de la mano. Es lo que muestran los países exitosos, en Europa, Asia y también lo reflejó nuestro propio período de auge, que -lamentablemente- ha quedado en el pasado. Para que vuelva, muchos serán los cambios a adoptar, cuando pase le epidemia.