Opinión

Rumbo al 13 de enero

El sector lechero acumuló inversiones y productividad, pero es castigado con un insostenible aumento de costos internos, ineficiencias y pasividad comercial.

 

Ing. Agr. Nicolás Lussich.

Los productores lecheros han dicho basta. Después de años de vértigo, con aumentos en las inversiones, las exportaciones y la producción, con vaivenes de mercado no aptos para cardíacos, con oportunidades que se abren y luego países que retraen su demanda por crisis económicas, hoy tienen más endeudamiento, menos precio y una rentabilidad comprometida. Y son muchos menos productores que antes.

Es una tremenda injusticia pues por su esfuerzo productivo han podido mejorar la calidad de vida miles de trabajadores, transportistas, comerciantes. A mi juicio, uno de los puntos más críticos de la situación es la pérdida de las industrias locales, arraigadas en pueblos y ciudades con las cuales compartían beneficios mutuos que ahora se pierden. Los casos de Ecolat en su momento, y ahora el de Pili, sumados a otros menos notorios, son pérdidas irrecuperables. Los uruguayos nos llenamos la boca -hace décadas- con el concepto de “descentralización”, pero cuando las papas queman, si te he visto no me acuerdo.

La lechería es un sector altamente competitivo en una economía con serios problemas de competitividad. Para entenderlo mejor: los lácteos -lo mismo que el arroz y varios otros rubros del agro- logran aumentos de productividad que son raros de ver en otros ámbitos. Muy por el contrario, muchos sectores de servicios (en los que el Estado tiene un rol clave) tienen baja productividad y avanzan lento (si es que lo hacen). Así, cuando el sector lechero tiene que instrumentar estrategias de crecimiento se da contra las paredes: no hay nuevos mercados abiertos, incorporar trabajadores idóneos es difícil y caro, y los precios externos bajan pero el dólar ni se entera, con subas modestas que no compensan, sobre todo cuando comparamos con la región.

La asamblea de productores de esta semana expresó además la indignación con la acumulación de promesas no cumplidas, de reconocimientos al “alto valor social del sector”, sin acciones que los respalden. Los productores saben que los mercados y precios fluctúan, que el clima a veces ayuda y otras veces complica; lo que no admiten es que se les quiera vender gato por liebre: las “ayudas” al sector han quedado minimizadas por la gravedad de la crisis. Y es posible que algunos programas sociales del gobierno que apuntan a mejorar las condiciones de los productores familiares sean injustamente subvalorados, tapados por la ola de reclamos por problemas más generales en la economía. Es que estos son graves y no se compensan con ayudas puntuales.

Aún en esta circunstancia difícil, hay argumentos para mantener la esperanza. La producción de leche combina tradición con modernidad, sencillez con sofisticación. Todo esto es clave para responder a los desafíos de una demanda creciente pero cambiante, que quiere saber más qué se produce y cómo se produce. Con consumidores cada vez más conscientes y preocupados por su salud y la del ambiente.

Reclamos. El sector está reclamando más devoluciones de impuestos, como tienen otros rubros exportadores. También reclaman -con total justificación- que Venezuela devuelva lo que debe: US$ 39 millones a Conaprole, la única empresa que ha quedado con cuentas por cobrar luego del polémico acuerdo de 2015. Además, quieren mejores condiciones financieras para sobrellevar el alto endeudamiento; ante la movida, el BROU ya anunció medidas en este sentido: refinanciaciones caso a caso y sin afectar la categoría crediticia. Algo es algo.

Los productores emplazaron al gobierno para que dé más respuestas antes del próximo 13 de enero. Ese mismo día se cumplirán 20 años del inicio de la crisis más profunda que vivió el Uruguay en varias décadas. Un 13 de enero de 1999 Brasil devaluó drásticamente su moneda, dejando a nuestro país en situación crítica (Brasil era destino del 40% de las exportaciones totales), en lo que fue el preámbulo (el verdadero inicio) de la crisis de 2002. Lejos estamos de una situación como esa, pero hay una similitud que me preocupa: en aquel momento el gobierno uruguayo (del Dr. Sanguinetti) ignoró el trance, esperando que la inflación en Brasil emparejara los tantos, cosa que no ocurrió. Además era año electoral, y no era recomendable “hacer olas”.

El año que viene también es año electoral. Esperemos que aquella falta de capacidad de ver los problemas de fondo no se reitere. Sería muy costoso. Las soluciones no pueden esperar a las próximas elecciones. Ni para la lechería ni para el resto de la producción.

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