Opinión

Menos inversión, más optimismo

Inversión del agro cayó a mínimos históricos y puede topear el crecimiento. Pero si los costos bajan y mejora el acceso a mercados, volverá a tomar impulso.

Ing. Agr. Nicolás Lussich.

Dispersas por los campos y chacras, las inversiones en el agro no tienen la visibilidad de los grandes proyectos energéticos, industriales o comerciales, pero -a igual monto- tiene el mismo o más impacto en la dinámica económica.

En el campo, la producción global y la productividad (rendimientos) no crecen solas, como alguna mirada ignorante o prejuiciosa puede suponer: hay que poner muchos medios para eso: plantar praderas y mejoramientos, renovar instalaciones, introducir nuevas maquinarias, silos, etc.; lo mismo a nivel agroindustrial.

La inversión tuvo una fuerte expansión en años recientes, hasta 2014-2015. Pero ese virtuoso impulso decayó y hoy está en mínimos históricos, tanto en la economía en general como en el agro en particular. En 2018 se vendieron 589 tractores y cosechadoras nuevas, mínimo desde 2006. Medidas en dólares, las importaciones de maquinaria apenas superaron los 90 millones de dólares.

Parte del descenso puede explicarse por una lógica corrección después de años de alta inversión en maquinaria: se incorporaron decenas de nuevas cosechadoras o aplicadores, Y seguir acumulando inversión tiene un límite; además, las áreas agrícolas retrocedieron. Sin embargo, la caída ha sido abrupta y está mostrando un problema más profundo de rentabilidad; y sin ésta, no hay inversión.

La caída en la rentabilidad no se debe tanto a los precios (es cierto que ya no son los del boom, pero son razonables) sino al aumento de costos, tanto a nivel salarial y en los servicios, como en las tasas e impuestos. Estos últimos aumentaron para cubrir un gasto en expansión, a pesar de lo cual el déficit crece. En cuanto a salarios y servicios, allí incide la política salarial y la expansión de sectores no transables (salud, educación, comercio), que están cargando costos excesivos a los sectores que compiten con el exterior, entre ellos el agro. El aumento del salario es la mejor de las noticias, siempre que sea sostenible y no implique cargar costos de unos hacia otros. En el agro la productividad de los trabajadores ha subido notoriamente, en otros sectores es más dudoso.

Si se pretende impulsar la inversión también hay que mejorar la inserción comercial. La demanda externa por productos del campo sigue dinámica, pero si queremos que el ingreso de los uruguayos mejore genuinamente, tenemos que buscar mejorar el ingreso de nuestros productos en los mercados demandantes, pagando menos aranceles y -en lo posible- sin cuotas u otras restricciones. De lo contrario, el ingreso de la economía (y de las personas) tendrá un techo.

Dudas y esperanzas. La inversión cayó a niveles tan bajos que es tentador pensar que -de ahora en más- solo hay que esperar una recuperación. Algo de eso se está viendo: luego de tocar un mínimo en 2018 (gráfica), los proyectos de inversión recomendados por la Comisión de Aplicaciones de la ley de Inversiones (COMAP) aumentaron en lo que va de este año, incluyendo varios vinculados al agro: inversiones en establecimientos ganaderos y agrícolas, industria semillerista, racioneras, avícolas, tops de lana, aserraderos, etc.. Si es un simple “rebote” o el inicio de una tendencia más firme, se verá en los próximos meses.

La recuperación de la producción agrícola y un dólar más entonado también son elementos que ayudan a mejorar la rentabilidad y generar más optimismo a futuro, tal como se percibió en la Expoactiva. Asimismo, la ganadería recompone áreas y eso exigirá más inversiones. En este sentido, muchos contratistas de maquinaria para granos han virado a contratistas para servicios forrajeros.

También está latente más inversión en riego, que aún no se ha desplegado lo suficiente por los consabidos problemas de competitividad. Este tipo de inversiones se concretan si el escenario es auspicioso a largo plazo, y allí las dudas llegan más desde dentro que desde fuera. La demanda por alimentos parece firme, pero ¿qué sucederá con la capacidad de la economía para aprovecharlo? ¿Bajarán los costos? ¿Se reducirá el déficit fiscal sin afectar las inversiones en infraestructura? Aún no hay respuestas claras.

Otra limitación lógica para que la inversión se recupere es el endeudamiento sectorial, que subió en forma importante aunque se ha estabilizado por debajo de los US$ 2.500 millones en los últimos años. En su mayor parte se aplicó -precisamente- a inversiones, que hay que repagar -al menos parcialmente- antes de encarar otras nuevas. Así, más que pensar en máquinas nuevas los productores se concentran en mantener y reparar lo que ya tienen.

De todas formas, invertir es innovar, más que nunca hoy donde el ciclo de nuevas tecnologías se hace cada vez más corto y las formas de producción, las maquinarias y equipos suman innovaciones año a año. Si la inversión se frena, se arriesga perder pie en la carrera por la productividad agropecuaria global. Por el contrario, si hay innovación (más precisión de siembra, nuevos materiales para conservar forraje, control de chacras con drones e IA, etc.), muchas de estas inversiones se pagan solas, con más productividad.

Hoy el escenario luce difícil, pero el potencial del campo está intacto. Porteras adentro hay cosas para hacer, pero mucho ayudaría que los costos que vienen de afuera aflojen. Para que la inversión y el campo levanten.