Llovió de manera importante y el panorama en el campo ha cambiado, como era lógico. También lo he hecho en la ciudad, con la crisis hídrica culminada, mientras se adjudicó una importante obra para darle mayor respaldo a la provisión de agua potable en el área metropolitana con el proyecto Neptuno. Más vale tarde que nunca; sin capacidad de inversión propia el Estado (OSE) hace el proyecto en base a un contrato de participación público-privada, endeudándose a largo plazo.
En el campo las inversiones para agua y riego se vienen haciendo a buen ritmo desde hace muchos años, básicamente desde que la tierra incorporó una valorización histórica que hace mucho más rentables los avances en productividad, como el riego.
Estas inversiones están dispersas por todo el territorio, campo a campo, represa a represa, pivot a pivot. Pero acumuladas resultan en cifras millonarias que suben varios escalones la capacidad productiva del agro uruguayo.
En este plano, el maíz es el cultivo clave por su gran productividad y altísima respuesta al riego. Muy sensible a la sequía en el período crítico de floración, pero con la mayor capacidad de producir grano en cantidad y calidad, es el principal cultivo del mundo y es lógico que esté asociado a la expansión de los sistemas de regadío en nuestro país. El área regada de maíz viene creciendo, a pesar de que -según datos de DIEA- tuvo un retroceso en la última zafra, principalmente por la sequía que dejó a muchos sistemas de riego sin reserva de agua.
Según voceros de las empresas semilleristas, es razonable pensar que el área total del cultivo alcance las 200.000 hectáreas esta zafra, aunque el asunto aún está por definirse. Se espera una fuerte siembra de primera y -especialmente- de segunda (luego de cultivos de invierno). Las importaciones de semilla el año pasado marcaron un récord histórico. El impulso se frenó por la seca, pero se espera que se retome este año.
El maíz es clave por ser un protagonista esencial en el Uruguay agrícola-ganadero. Nuestro país tiene una agricultura pujante que se combina con una ganadería de primer nivel, tanto directamente como alimento concentrado o ración, como por integrar las rotaciones cultivo-pastoriles sostenibles.
En el mosaico de tierras que constituye el Uruguay no todos los campos pueden plantarse con cultivos, o no todo puede plantarse todo el tiempo con cultivos. La producción ganadera y lechera está cada vez más asociada a los aportes de la agricultura en las raciones y en las rotaciones. En efecto, buena parte de la carne que el Uruguay exporta es maíz transformado, mejorando la calidad del producto y sin que esto le quite un ápice de su atributo natural. Según datos de Opypa, la ganadería de carne es la principal demandante de maíz en el Uruguay, seguida por la lechería, la avicultura y otros sectores.
El vínculo agrícola-ganadero también se da a través de las rotaciones en donde el maíz tiene un rol importante y seguramente lo tenga aún más en los próximos años, por nuevos desafíos que enfrenta la agricultura continua, como las malezas persistentes, nuevas exigencias ambientales y la necesidad de mantener y elevar la materia orgánica en los suelos.
Hay otro factor clave que explica la notable expansión del cultivo en los últimos años: la inversión en genética y en germoplasma que se ha hecho por parte de las principales empresas globales, y las adaptaciones y avances propios de la investigación local, han hecho que el maíz de hoy es prácticamente otro cultivo, muy distinto al de tan solo un par de décadas atrás. Y el trabajo de productores y técnicos hace que la inversión en biotecnología que ha acumulado este cultivo despliegue este nuevo salto productivo que se ha dado en las últimas cosechas.
La última seca fue un desparramo, pero aun así el maíz mantiene una proyección de crecimiento bien fundamentada. Entre los avances tecnológicos se destaca obviamente la biotecnología transgénica, que se ha complejizado y avanzado, acumulando eventos en nuevas variedades que dan más márgenes de maniobra a los sistemas de producción, y permite expandir el área de este cultivo en diversos campos y situaciones.
Fundamentos.
Dadas las perspectivas de un año Niño, las empresas semilleristas, proveedores de insumos y productores están mostrando nuevamente a una actitud más expansiva, no solo apuntando a aumentar los rendimientos en las áreas maiceras habituales sino áreas nuevas o menos frecuentes, para lo que se requiere la adecuada combinación de híbridos y agronomía.
Potencial productivo, estabilidad de rendimientos y sanidad, son los asuntos clave para el éxito del cultivo; el último es particularmente importante para las siembras tardías, de segunda, que han marcado un antes y después para el maíz. Por décadas, plantar en las puertas del verano era casi imposible por el ataque de plagas. Los transgénicos levantaron esa limitante y sobre eso se adicionan estrategias y productos fitosanitarios.
Hoy hay una oferta de híbridos muy amplia, que permiten encarar siembras bien tempranas (septiembre), intermedias o híbridos de ciclo más corto para siembras de segunda (diciembre-enero). Cada material genético se asocia a una determinada demanda de fertilización, en tiempo y cantidad, y a un manejo de aplicaciones de agroquímicos para la protección vegetal; estos elementos se adaptan según cada situación. Respecto al mencionado rol del maíz como eslabón agrícola-ganadero, hay además una creciente oferta de híbridos con capacidad doble propósito (graníferos con aptitud silera).
Para las áreas bajo riego, hay una oferta de materiales de alto potencial, con alta respuesta a insumos y fertilización, así como a aumentos en la densidad de siembra. Este es un aspecto clave de la nueva agronomía y del alto potencial que está logrando el maíz con riego: con el agua garantizada (salvo una seca excepcional como la última) el productor aumenta sustancialmente el potencial de cultivo levantando resto de los factores/limitaciones; de manera que el maíz con riego no solamente rinde más por el riego en sí mismo sino también por el conjunto de recursos que lo acompañan.
Esta lógica de elevar el potencial -apuntando a elevar más el techo que el piso de rendimientos- también está en las áreas sin riego, que es la mayor parte. Este es el camino para aumentar la productividad de un recurso finito, como la tierra, con la mayor productividad posible y de la manera más sostenible. En este plano, después de un período de moratoria de hecho en la incorporación de nuevos transgénicos (que le costó millones de dólares al Uruguay) la agricultura uruguaya está utilizando el mismo material genético de los países líderes, como Argentina. Entre otros puntos, hay que recordar que el maíz en Uruguay se planta con un área refugio obligatoria (no transgénica) para preservar la biodiversidad y proteger la propia herramienta biotecnológica.
Toda esta productividad y potencial de rendimiento no es gratis: el maíz es un cultivo de alta inversión por hectárea (más de 1.000 US$/ha para los cultivos de primera) y tiene en Uruguay un mercado complejo, que ha sido básicamente importador. La paridad de importación es clave como referencia de precio, aunque -si el cultivo sigue su expansión- será más frecuente y estable la exportación, siempre que la logística y los costos locales sean competitivos. Argentina es un factor de permanente distorsión, pero también un gigantesco proveedor-competidor. Los precios están volviendo a niveles pre guerra y pre pandemia. La respuesta siempre es la eficiencia productiva.