La ganadería uruguaya atraviesa uno de los momentos más extraordinarios que se recuerde. Después de algunos años caracterizados por un fuerte proceso de inversión e intensificación, el sector finalmente parece estar cosechando buena parte de lo sembrado.
Sin embargo, los buenos tiempos también entrañan peligros. Quizás el mayor sea confundir una coyuntura favorable —de la cual somos esencialmente tomadores de precios— con una competitividad a prueba de balas.
El siguiente sería desconocer que este viento de cola no sopla a todos por igual, ya que, en un mercado internacional sostenido por una fuerte demanda, pero condicionado por la escasez de ganado, la industria se encuentra entre la espada y la pared, enfrentando una situación compleja que, hasta el momento, ha logrado absorber con solvencia.
Nada de lo que ocurre es producto de mera casualidad, pero cabe preguntarse dónde estaríamos parados sin esta fenomenal coyuntura de precios que impulsa al sector ganadero.
Uruguay continúa tropezando en materia económica: combustibles y energía excesivamente caros, alta carga tributaria, rigidez laboral y un marcado desequilibrio fiscal, forman parte de la “pesada mochila” que las empresas aún tienen sobre sus espaldas.
En época de vacas gordas, estas debilidades quedan disimuladas, enmascarando problemas de competitividad que nos invitan a interpretar como un triunfo lo que en buena medida, depende de condiciones externas.
Nuestro cuestionado DT Marcelo Bielsa solía decir que no aprendemos mucho de las victorias, pero en cambio sí podemos valorar el factor didáctico de las derrotas. “A veces, es mejor perder por las razones correctas que ganar por las razones equivocadas, ya que en el largo plazo lo importante, es la nobleza de los recursos utilizados”.
Es que buena parte del contexto internacional nos trasciende y no responde a un rumbo deliberadamente trazado. En 2002 nos afectó pero obligó a ordenar la casa, hoy nos “achancha” perpetuando un modelo económico caracterizado por un bajo crecimiento, un Estado sobredimensionado y una baja eficacia del gasto público.
La continuidad de ciertas políticas de Estado sostenidas durante décadas —no tanto por fuertes convicciones sino por nuestra propia lentitud para implementar cambios—, generaron un entorno estable que permitió invertir y planificar más allá de los ciclos de gobierno. El mérito existe y debe reconocerse, pero conviene identificar con precisión su origen: más que el resultado de una conducción moderna y visionaria, es el fruto de una acumulación histórica que el país, por voluntad o por inercia, supo preservar.
Mal de otros, consuelo de tontos
Mientras Argentina emitió durante años señales contradictorias que desalentaron la producción y contrajeron su stock, Estados Unidos no logró revertir los desequilibrios de una cadena cárnica extremadamente extractiva y concentrada. Hoy enfrenta un sector criador muy disminuido, con uno de los inventarios ganaderos más bajos de su historia. Uruguay, sin embargo, transitó un camino diferente.
Una combinación de señales de mercado relativamente estables, seguridad jurídica, apertura comercial, estabilidad política y exoneraciones impositivas, dieron confianza para invertir en algunos sectores puntuales como el agro. Frigoríficos y empresas netamente agrícolas fueron hábiles para reconvertirse e incorporar el feedlot como mecanismo de diversificación, capitalizando la actual relación granos/carne.
A ello se sumaron algunas señales positivas. Uruguay supo mantener un sector frigorífico relativamente atomizado y competitivo, evitando una excesiva concentración industrial. De igual manera, la resistida pero finalmente reivindicada exportación en pie, permitió desarrollar el sector desde su base sin dejar rezagados.
Hoy, pese a los excepcionales precios que reciben las vacas de invernada, los productores no han recurrido a una liquidación de vientres y nuestro stock bovino de hecho crece. Esto habla de un sector que pone luces largas y reinvierte en sí mismo.
Una ganadería, dos velocidades
En la última jornada de la UPIC quedó nuevamente expuesto el formidable grado de profesionalización alcanzado por los sistemas de engorde a corral.
En varios aspectos, nuestra ganadería comienza a adquirir rasgos del modelo americano o australiano, donde la necesidad de aumentar los pesos de carcasa se materializa en señales cada vez más claras. Pero luego, todas las miradas vuelven nuevamente sobre la cría, donde el porcentaje de destete reaparece como el principal chivo expiatorio.
La contra cara de este modelo más extractivo es una creciente demanda por terneros más pesados. Sin embargo, esta dinámica debe convivir con una cría mayoritariamente extensiva, sometida a restricciones estacionales de pasto que, por su propia naturaleza, aun entona otra frecuencia.
Esto reabre el debate ¿se puede producir terneros más pesados? ¿Es posible hacerlo sin incurrir en asignaciones ineficientes de recursos?
Allí es donde debemos tener cuidado, porque también podemos comenzar a equivocarnos.
El rol de los concentrados
Muchas cosas han cambiado en la ganadería durante los últimos años, excepto la biología.
La vaca de cría conserva esa doble condición: bajos requerimientos, pero gran ineficiencia fisiológica. Con relativamente poco podemos preñarla, sin embargo, no todo vale para lograrlo.
Detrás de los magros resultados reproductivos también subyace una larga tradición de empresas criadoras acostumbradas a no derrochar megacalorías, que se les exige apretar el acelerador.
La mejora de la alimentación en base al uso de concentrados ha sido la clave en la transformación productiva del sector. Sin embargo, en la cría, ello debe realizarse con precisión quirúrgica, priorizando las categorías jóvenes y no los vientres. El destete precoz y el entore de 15 meses son alternativas válidas, respaldadas por certezas técnicas y una favorable relación de precios.
Calidad de carne vs cría
Este nuevo modelo productivo que asoma muestra un creciente interés por producir carne de calidad. Sin embargo, gran parte de los corrales no logran superar un magro 30-40% de las carcasas con marmoreo o incurren en grandes concesiones para lograrlo. Si bien esto responde a encerrar genética incompatible o utilizar inadecuados períodos de encierre, el problema comienza mucho antes, con deficiencias nutricionales acumuladas desde la gestación, que no solo limitan el potencial genético de marmoreo que tendrá el ternero, sino que comprometen la posibilidad de volver a preñar esa vaca.
Manejo del pastoreo
Una alternativa que merece explorarse con mayor decisión y empeño, porque es capaz de levantar varias restricciones, es el pastoreo rotativo intensivo (como el PRV). Desarrollado en los años 60 sin mayor amplificación, esta excelente herramienta “low cost” es capaz de mejorar la eficiencia de pastoreo, aumentar la carga y, con ello, el estado nutricional y el número de vacas en producción, condición necesaria para soñar con esos 4 millones de terneros que demandan la industria y los corrales. Paradójicamente, en un país con una tradición pastoril tan marcada como Uruguay, esta herramienta ha permanecido incomprensiblemente fuera del radar de los centros de investigación, privándonos de acceder a datos locales de calidad. Mientras tanto, emprendimientos privados y organizaciones de productores han asumido la iniciativa de evaluarla y difundirla prácticamente sin apoyo institucional.
Reflexiones
Si bien no desconocemos cuánto ha avanzado la ganadería, no queremos caer en conformismos en plena cresta de la ola. Futbolísticamente hablando, Uruguay está ganando sin jugar del todo bien. Este presente responde casi exclusivamente al empuje y la inversión de los empresarios agropecuarios, potenciados por una coyuntura excepcional de precios, más que a una agenda de reformas especialmente transformadora.
Que el sector ponga luces largas es admirable y demuestra confianza en el futuro. Al gobierno exigimos hacer lo propio. Mientras Uruguay se descansa en el resultado, nuestros vecinos reconstruyen su ganadería, reparando el daño hecho y avanzan hacia sistemas de tipificación que premian la calidad. Su controversial gobierno impone una agenda reformista de mayor disciplina fiscal y un profundo proceso de desregulación, tan necesario allá, como de este lado del charco.
Tarde o temprano, el desequilibrio macroeconómico crónico al cual estamos sometidos volverá a reclamar otro esfuerzo del sector empresarial. El riesgo es truncar el ciclo virtuoso que atraviesa uno de los únicos rubros genuinamente competitivos y generadores de empleo que tiene Uruguay.